Santander

Vencidos, no convencidos.

El independentismo ha fracasado. Mantiene poder de convocatoria, pero ha fracasado. Todos los grandes hitos prometidos por el independentismo siguen sin llegar. Empezaron prometiendo un viaje a Ítaca y lo más lejos que han llegado ha sido a Bruselas escondidos dentro de un coche mientras huían de la justicia española. Tras años y años de retórica grandilocuente y de propaganda institucional los apoyos internacionales no llegaron. Tras años afirmando que eran mayoría nunca consiguieron demostrarlo. Tras prometer la independencia acabaron haciéndonos perder a todos, temporalmente, el autogobierno. No han conseguido nada de lo que prometieron. El Estado de Derecho ha actuado de forma implacable, y el independentismo, a día de hoy, se encuentra en un callejón sin salida. Se encuentra en un KO técnico.

Muy diferente es aquello que muchos llaman «la batalla del relato». El independentismo ha conseguido dividir a la sociedad catalana y ha conseguido que muchos, inasequibles al desaliento por más que hayan visto la imposibilidad de que se cumpliera todo lo que les prometieron, sigan confiando en sus líderes y en sus proclamas. El independentismo consiguió engañar a muchos.

Reconocer que uno se ha equivocado siempre es complicado, pero reconocer que te han engañado y que tú has sido lo suficientemente crédulo como para caer a cuatro patas es todavía más complicado. Molesta, y es comprensible que moleste. El constitucionalismo tiene mucho trabajo todavía para que aquellos que siguen convencidos de que la independencia es todavía posible se den cuenta de que, no solo es inviable sino que además, es poco deseable.

El problema principal es la carga emotiva que han sido capaces de generar. Mientras unos defendíamos el status quo otros eran capaces de defender algo que emocionaba. El independentismo ha trabajado siempre de maravilla aquello de los mapas mentales. Han controlado el marco de discusión y se han adueñado de todos los conceptos que tocan lo más emocional de nosotros mismos. Han llenado sus discursos de alusiones a la libertad, la dignidad y la democracia tergiversando torticeramente su significado, pero consiguiendo asociarlos a su causa.

Trabajando estos conceptos emocionales consiguieron que su relato fuera efectivo, y cuando trabajas a nivel retórico la emocionalidad sin frenos acabas generando, de forma casi automática, fanatismo. Los causantes principales de este fanatismo han sido Omnium Cultural y la ANC, co-responsables de un proceso de fanatización que, difundido gracias a los voceros oficiales y subvencionados de la revolución de las sonrisas nos han traído hasta la situación de violencia en la que nos encontramos.

Los ciudadanos que no hemos sido absorbidos por la retórica independentista hemos tenido la suerte de que afortunadamente el Estado de Derecho existe en Cataluña. Jueces y fiscales han hecho su trabajo. Las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado han hecho su trabajo en estos días tan complicados en los que la violencia del nacionalismo más atroz se abría paso a sus anchas por toda Cataluña. Ellos han parado el golpe. Ahora nos toca a nosotros hacer nuestro trabajo. Nos toca volver a salir a la calle para acabar de parar el avance del totalitarismo en nuestras calles. Nos toca volver a salir para recordarles que ni las calles son suyas ni el silencio es nuestra enseña. Nos toca volver a mostrar que Cataluña no les pertenece. Que Cataluña no son ellos. Nos toca volver a decir que , aunque les moleste , Cataluña es y será siempre tan catalana como española.  Este próximo domingo tenemos oportunidad de volver a evidenciar la pluralidad de Cataluña, pero después de hacerlo, no podremos contentarnos con lo que hemos conseguido. No podremos contentarnos con esta aparente victoria.

La victoria real está todavía muy lejos. Pasa por convencer a aquellos que todavía se encuentran muy lejos de nuestras posiciones. Pasa por ser capaces de volver a hablar de lo que de verdad importa a los ciudadanos, y que eso vuelva a ser importante para todos. Hasta que no seamos capaces de, como ciudadanos, volver a poner en el centro de nuestras discusiones políticas la igualdad, la justicia social o la lucha contra las desigualdades no habremos vencido del todo. Lo normalidad debe volver a nuestra tierra, y para hacerlo debemos convencer. Debemos convencer de cosas que son evidentes. De que el «procés» no nos ha hecho vivir mejor, de que todo esto no nos ha hecho avanzar en igualdad de derechos, de que la situación de las familias no es mejor que hace diez años, de que la generación que sube vivirá peor que sus padres y de que a eso, hay que ponerle remedio. Hasta que no seamos capaces de convencer de que esto es lo que de verdad importa seguiremos instalados en un debate estéril que solo nos llevará a la confrontación y a la frustración. El único camino posible para llegar a todo esto es la sinceridad. La sinceridad de aquellos políticos a los que la historia, muy probablemente juzgará por haber sido tremendamente irresponsables. Pero como los políticos independentistas no van a querer enmendar su error, el trabajo es nuestro. Si queremos vencer, entre todos, vamos a tener que convencer.

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