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Hablemos del milenarismo

A Hegel se le apareció el espíritu de la historia en la forma de Napoleón montado a caballo, después de la batalla de Jena (1806), en la que venció a los prusianos. El inhabilitado presidente Torra lo ve cada vez que una cuadrilla de alborotadores -algunos, parientes suyos cercanos, según propia confesión- cortan calles, detienen el tráfico de una autopista, irrumpen en el aeropuerto, o invaden una estación de ferrocarril. En su alegato final ante el TSJC, el 18 de noviembre pasado, afirmaba: «Ante la historia, vuestra condena [la que le habían impuesto] será vuestra propia condena.» Y eso que se trataba sólo de un juicio por un quítame allá esa pancarta durante la campaña electoral. ¿Qué dirá si un día lo juzgan por algo más grave, digamos por encabezar una facción dispuesta a dar la murga a todos los ciudadanos del país que presuntamente presidía? Si de esto no hay pruebas, indicios no faltan. Diez días después, en Twitter, hacía suyas las palabras de Paul Engler, un teórico de la agitación: «Si los catalanes queréis ganar, tenéis que polarizar mucho más, escalar mucho más, y aceptar altos niveles de sacrificio.» Ante un planteamiento tan claro, cualquier mesa de negociación que el gobierno central se avenga a entablar está condenada a convertirse en un diálogo de besugos.

Confrontacionistas contra dialogantes

Los políticos deberían dejar a los filósofos la especulación sobre si la historia tiene algún sentido, si se dirige hacia alguna meta, si nos es dado conocerla, o si no es más que «un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada» como dice Macbeth. La democracia se desvanece si creemos estar a merced de fuerzas inescrutables, como un esquife en medio de las olas; sólo puede existir si aceptamos nuestra capacidad de elegir y asumimos las consecuencias de nuestros actos. Cuando uno afirma que el veredicto de la historia ya está escrito, puede prescindir de argumentos y limitarse a afirmar una y otra vez la bondad de su causa; pero eso significa un rechazo en toda regla de la política y la conversión de lo que parecía un partido en un movimiento milenarista.

Uno de los momentos más graciosos de las últimas campañas lo protagonizó Josep M. Terricabras en abril de 2014: si Cataluña es independiente, dijo, «seremos más amigos que nunca de los españoles». Y ganó un escaño en el Parlamento europeo, por la coalición que encabezaba ERC. ¿Cómo reaccionan los elegidos del destino cuando la realidad rechaza su ficción? Si surgiera el tema, oiríamos aducir que, si no hemos llegado aún a esa arcadia fraternal, es por culpa de los españoles, cuya catalonofobia prevalece sobre cualquier otra consideración, o bien que, por culpa del régimen del 1978, que manipula con malas artes la opinión pública, la buena gente no puede darse cuenta de las ventajas que acarrearía la ruptura de España. Estas dos posturas vienen a ser las que dividen actualmente el bloque independentista, como se vio esta semana en el Parlamento catalán: confrontacionistas contra dialogantes; los que siguen apostando fuerte con el farol de la insurrección, contra dialogantes que esperan obtener ventajas de su apoyo a la coalición gobernante en Madrid.

Las falsas premisas

Todo el proceso se ha basado en premisas falsas que han ido cayendo una detrás de otra. Dijeron que había un 80% de la ciudadanía a favor del eufemismo que se llamó «derecho a decidir». Dijeron que era suficiente que el Parlamento proclamara la independencia para que la comunidad internacional la reconociera. Dijeron que el Estado se vería obligado a aceptar la secesión y que renunciaría a utilizar los instrumentos legales y coercitivos de que dispone. Dijeron que el artículo 155 de la Constitución era de imposible aplicación. Dijeron que el mundo nos estaba mirando y que la Unión Europea impondría el respeto a las decisiones democráticas adoptadas por el pueblo catalán. Dijeron tantas cosas, y todas han sido falsadas por los hechos subsiguientes. No obstante, la ilusión de los fieles persiste y el apoyo a los dirigentes se mantiene estable en conjunto.

A pesar del anquilosamiento de las consignas y del déficit de liderazgo, a pesar de la previsible acentuación de las rivalidades entre todos los que se reclaman del independentismo, a pesar de los perjuicios innegables que causa al país entero la persistencia de la inestabilidad, la fe en la inexorable llegada de la república impera por encima de la razón política. La sociedad catalana ha perdido atractivo, pero las bajas pasiones inflaman todavía el debate público y nadie quiere reconocer que ha cometido errores de bulto. Las encuestas detectan escasa confianza en los políticos, pero un importante contingente de población se mantiene movilizado. Esta movilización, mantenida ya por inercia, obedece al temor a caer en la decepción, puesto que las grandes esperanzas son como las bicicletas: si se deja de pedalear un momento, uno puede caerse de bruces. Y la decepción, sobre todo a ciertas edades, puede ser muy fastidiosa.

Lo único cierto es que estamos peor que cuando empezó todo este jaleo, y que el espíritu de la historia no está ni se le espera. Darse cuenta de ello no es lo más grave, lo peor es tener que reconocer que ya no se puede hacer nada por remediar el daño causado. Aunque aquí la mayoría de la población, por temperamento y por memoria histórica, rehúye la obcecación, no se puede descartar que algún estallido de rabia enturbie el lento aterrizaje de los procesistas. Ni los confrontacionistas ni los dialogantes han denunciado todavía las consignas nihilistas -«sólo el pueblo salva al pueblo», «el pueblo manda, el gobierno obedece»-, y las mantienen activas, como los rescoldos aislados después de un gran incendio que amenazan con reavivarlo. Los movimientos milenaristas a veces acaban generando suicidios colectivos. Es lo que cabe esperar cuando hay dirigentes que piensan en hacernos «aceptar altos niveles de sacrificio» sin que nadie se lo discuta.

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