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Antonio Robles: «La izquierda ha cambiado los valores de solidaridad, igualdad y libertad por valores identitarios»

Exdiputado de Ciudadanos y actual portavoz de dCIDE (Centro Izquierda de España), Antonio Robles (Fermoselle, Zamora, 1954) es una de las figuras más conocidas dentro del activismo constitucionalista en Cataluña. En su nuevo libro, Equidistantes exquisitos (Ediciones Hildy), Robles retrata a aquellos periodistas e intelectuales que no solo callaron ante los abusos del nacionalismo catalán, sino que «para hacerse perdonar la cobardía ayudaron a estigmatizar a quienes los denunciaban».

Según Arcadi Espada, un equidistante es aquel que entre la vida y la muerte «escoge la enfermedad». ¿Nos equivocamos al pensar que la verdad está siempre en un punto medio?

Bueno, la calificación de Arcadi es una manera de remarcar la mediocridad de la equidistancia, la falta de carácter del equidistante por conveniencia. Pero en la vida «el justo medio» de Aristóteles también tiene cabida y, según el contexto, puede ser la mejor opción. No la equidistancia retratada en el libro. Esa es cobardía, complejo, sumisión, colaboración con el abuso.

¿Y cómo define usted a aquellos a los que, en relación al nacionalismo catalán, llama «equidistantes exquisitos»?

Son personas, que en un contexto de arbitrariedad, exclusión, abuso, supremacismo y agresión al Estado de Derecho y a la libertad por parte del catalanismo, callan, justifican, o peor aún, estigmatizan a quienes se rebelan contra el mal, o directamente colaboran con los agresores. La más sibilina de las equidistancias es la del cobarde que coloca en pie de igualdad al agresor y al agredido, pero por arte de magia siempre acaba reforzando al agresor. Si el nacionalismo nos ha traído hasta aquí, en buena parte, se debe a esa colaboración.

Es bien curioso que partidos de izquierdas nacidos para defender la igualdad de los ciudadanos frente a las desigualdades sociales, se dediquen a apuntalarlas cuando tales desigualdades las defienden los territorios

El libro arranca con una carta abierta al cómico Pepe Rubianes, al que usted considera uno de los equidistantes más paradigmáticos ¿Cuál es la razón?

Por ser un pobre hombre aplastado por el síndrome de Cataluña, que ha de demostrar un odio gratuito a España para hacerse perdonar el hablar en castellano. Su intervención en TV3 y el tono patético con que escupió aquello de: «Y que se metan a España ya en el puto culo a ver si les explota dentro» representaba la sumisión del siervo al amo, una forma triste y desolada de renunciar a la inteligencia y a la dignidad para mendigar acogida a la audiencia nacionalista.

Al contrario que en el conjunto de la sociedad catalana, entre los denominados equidistantes hay pocos -si no, ninguno- que no se muestren a favor de la inmersión lingüística en catalán. ¿Cómo explica que, diciéndose no nacionalistas, respalden dicha medida?

La hegemonía moral que el nacionalismo impuso desde la Transición a base de explotar su victimismo cultural y lingüístico aprovechando el hartazgo de 40 años de franquismo, logró identificar España y su lengua común con ese hartazgo. Y en esa trampa cayeron periodistas, intelectuales y toda la izquierda. La normalización lingüística fue vista así como la panacea de la democracia y la libertad, y no como lo que fue, una trampa para eliminar la lengua española de la escuela, y las instituciones. No hubo coraje, y sobraron complejos y miedos. Y lo que es peor, para hacerse perdonar la cobardía ayudaron a estigmatizar a quienes lo denunciaban.

También suelen manifestarse a favor del derecho a decidir. Pero, ¿es éste verdaderamente un «derecho»?

En absoluto. Este concepto es el paradigma de la manipulación del lenguaje con el que el catalanismo ha infectado de fraudes la misma democracia. De hecho, El ex director de la Fundación Catdem de CDC, Agustí Colomines inventor de la estafa, afirmó en La Rambla de BTV, que «el derecho a decidir era una chorrada que nos inventamos» para sustituir «el derecho de autodeterminación», porque tal derecho no era posible venderlo internacionalmente al aplicarse sólo a países sometidos a colonización, pero prohibido en Estados democráticos consolidados. De hecho, el supuesto derecho a decidir pretende robar el derecho a decidir del resto de españoles sobre su soberanía, sobre la soberanía que nos pertenece a todos.

Si la pandemia creció exponencialmente, se debió a que el Gobierno antepuso la ideología y la propaganda del 8M a la seguridad sanitaria

Pero más allá de lo evidente, en una democracia, el derecho a decidir está regulado por las propias reglas del orden constitucional. Ningún Ayuntamiento de España podría decidir declarar la guerra a Francia, o ninguna mayoría parlamentaria podría tener derecho a decidir si podían o no votar las mujeres. Lo primero está regulado, lo segundo es un axioma democrático que no se puede votar. Por poner sólo dos ejemplos. La manipulación es tan burda como el comportamiento mafioso de unos fascistillas de medio pelo que quieren pasar por demócratas. Es el colmo.

¿Y por qué parte de la izquierda española suele mostrarse tan reacia a denunciar los casos de adoctrinamiento escolar en Cataluña?

Porque ha cambiado los valores de igualdad, solidaridad y libertad, por valores identitarios. En buena medida por el lenguaje tóxico nacionalista que han asumido con toda naturalidad, frente a España, como espacio del bien común. En gran parte por la confusión que la izquierda arrastra desde la dictadura, entre el régimen franquista y el Estado español. El nacionalismo de Franco estuvo tan obsesionado en identificar su régimen con España, que la izquierda hace lo imposible por distanciarse de España para defenderse del estigma franquista. Es como si la izquierda alemana actual confundiera el régimen nazi con Alemania. Es la respuesta de una izquierda reaccionaria infectada de populismo que le ha llevado a defender todos los ismos étnicos nacionalistas y sus estrategias pedagógicas, desde la exclusión de la lengua común como lengua vehicular, al adoctrinamiento escolar en la plurinacionalidad, el multilingüismo y el odio a España.

El «derecho a decidir» es el paradigma de la manipulación del lenguaje con el que el catalanismo ha infectado de fraudes la misma democracia

Es bien curioso que partidos de izquierdas nacidos para defender la igualdad de los ciudadanos frente a las desigualdades sociales, se dediquen a apuntalarlas cuando tales desigualdades las defienden los territorios. Persiguen la igualdad económica entre los ciudadanos tomados uno a uno, pero sacralizan la desigualdad económica de los territorios. Esa falta de un proyecto nacional de la izquierda frente al nacionalismo disgregador ha provocado una agudización de las diferencias económicas, sociales, culturales y lingüísticas entre los españoles en función de dónde vivan. Todo ello camuflado por el lenguaje ambiguo y tóxico que la izquierda ha tomado de los nacionalistas, y que ha dejado indefensos intelectualmente a muchos demócratas. La consecuencia nefasta de esa alianza con el adoctrinamiento escolar de los nacionalistas ha sido la renuncia a defender una idea democrática de la nación española. De hecho, ha permitido poner en duda su legalidad y su legitimidad.

Varios líderes separatistas se han servido de la pandemia del coronavirus como un instrumento más para erosionar la imagen de España, pasando del «España nos roba» al «España nos mata». ¿Le ha sorprendido?

En absoluto, ya sabe, la mentira esparcida entre el rebaño propio, cuanto más gorda, más vitoreada.

Ante las crisis provocada por el virus, el Govern ha emprendido una campaña para estimular el turismo del resto de España en Cataluña apelando a la «unión» y ocultando la simbología separatista de las imágenes promocionales. Pero, ¿puede sentirse «como en casa» un turista nacional en la Cataluña del 2020?

Cometeríamos un error vender en el resto de España la Cataluña nacionalista. Sería hacerles un favor, ellos quieren que el resto del mundo confundan la Cataluña real con su Cataluña identitaria, monolingüísta que detesta España. Y no es así. Hay más catalanes no nacionalistas que nacionalistas, una Cataluña española, abierta, bilingüe, tolerante que debe ganar visibilidad entre los españoles. Y la mejor manera de hacerla visible, es que nos visiten y ejerzan de ciudadanos en su patria sin complejos. Nos haríamos mutuamente un gran favor.

Hay más catalanes no nacionalistas que nacionalistas, una Cataluña española, abierta, bilingüe y tolerante que debe ganar visibilidad entre los españoles

En el último artículo recogido en el libro, que data de finales de 2019, deja muy claro su desacuerdo ante el modo en que Pedro Sánchez aborda la cuestión territorial. ¿Cómo valora, sin embargo, su gestión frente a la crisis del coronavirus?

No tengo palabras, creo que no podría haberlo hecho peor, en todos los sentidos. Es como si un grupo de gañanes se hubiera apoderado de los mandos de un cortacésped y hubiera arrasado toda vida inteligente sobre la tierra. Y lo peor, si la pandemia creció exponencialmente, se debió a que antepusieron la ideología y la propaganda del 8M a la seguridad sanitaria. Espero que algún día se pueda demostrar y sean condenados por actos criminales. ¿Era tan difícil generalizar los test a toda la población para aislar los focos de infección, proteger al resto y abrir la economía para evitar una pandemia económica? Por poner sólo un ejemplo. Pues no sólo no lo han puesto en marcha, sino que han impedido y siguen impidiendo a Ayuntamientos y empresas hacerlo por su cuenta. Como el perro del Hortelano, ni come ni deja comer.

¿Debilitará la pandemia al secesionismo o, por el contrario, lo reforzará?

Creo que de momento lo ha dejado como un cien pies patas arribas. No dejará de patalear, pero sus días de gloria han pasado. Espero que esta izquierda reaccionaria en el poder, no le ayude a darse la vuelta. ¡Pero cualquiera se fía de ese par de impostores que nos dirigen!

Óscar Benítez
Óscar Benítez
Periodista de El Liberal. Antes, fui redactor de Crónica Global y La Razón; y guionista de El Intermedio.

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