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¿Para qué sirve la CUP?

El paréntesis de relativa calma en el gobierno de la Generalitat propiciado por la pandemia parece definitivamente superado. Lo dice el editorial del Ara: éste es un gobierno sin “recorrido político”, recogiendo una expresión del mismo presidente Torra que, sin embargo, es incapaz de actuar a partir de su propia sentencia.

Recuerda el editorial que «enseguida se ha visto que ni siquiera durante la pandemia ambos partidos han sido capaces de pactar una estrategia común, por ejemplo de cara a Madrid. La política con minúsculas se ha impuesto a la política con mayúsculas». Actuando de esta manera «se está poniendo en riesgo el prestigio y la credibilidad del autogobierno». Sin duda, pero habría que añadir que en riesgo ya lo pusieron entre todos hace un par de años, ahora se trataba de recuperarlo con una cierta dignidad y de recomponer una sociedad descompuesta.

Y no, «no se entiende (…) la negativa del presidente a poner fecha a unas elecciones que él mismo anunció con la máxima solemnidad hace unos meses (…) cuando lo que está en juego es nada menos que la reconstrucción económica, social y sanitaria tras la pandemia». Marea pensar qué sentido de estado tendría esta gente si estuviera al mando de un Estado.

Reinventar la Crida

La discrepancia estratégica entre las dos principales fuerzas del independentismo ya tiene solución. La expone Agustí Colomines La comedia de la unidad, en el Nacional—: «El independentismo no requiere otra unidad que la unidad popular.» Se sobreentiende que no hay otro pueblo que el que se adhiere al independentismo. 

Colomines no tiene muy buena opinión de la coalición entre JxCat y ERC que gobierna, es un decir, la Generalitat: «El Govern Torra es como esos matrimonios que no se divorcian porque no pueden pagar dos pisos y tienen hijos en común.» 

A su parecer, la división entre ambas fuerzas no reside tanto en la ideología como en la estrategia: «Los buenos estudios sociológicos no avalan que el corte entre independentistas sea ideológico como sostienen los gurús de ERC. Cataluña es un país donde gente de derechas y conservadora vota a ERC para parar a Puigdemont y gente de extrema izquierda vota a Junts per Catalunya exactamente por lo contrario, porque Puigdemont es el símbolo de la resistencia.» No hay que hacer muchos estudios para comprender que tanta esquizofrenia no puede ser buena para el conjunto del país. 

En contra de Salvador Cardús, que se resigna a ello —¿Y si fuera bueno tener dos estrategias?—, Colomines cree que la coexistencia de dos movimientos contrarios «hace imposible la independencia». 

¿Cómo se suprime la división partidaria y se consigue la «unidad popular»? Fácil, reactivando la Crida Nacional per la República, que «nació para superar el paradigma que la unidad se basaba en los partidos» —otros dirían para subordinarlo todo a la figura del presidente en el exilio— y «sin la influencia nefasta de los antiguos convergentes» —entre los que Colomines no se incluye—. 

Se trata de crear un «bloque de la ruptura» que «avale la estrategia diseñada desde Bruselas y que pasa por combinar el activismo con la política, el Consell per la República y presidir la Generalitat». 

Teniendo en cuenta que la Generalitat ya la presiden; el Consell per la República, sea lo que sea, se creó hace más de dos años; el activismo, o sea los cortes de calles, carreteras, vías ferroviarias y aeropuertos, ya lo practican cuando les parece, aquí sólo falta que todo el mundo «avale la estrategia» diseñada por el infalible exiliado.

Eso sería, dice Colomines, «actuar como actúan todos los movimientos de liberación nacional y no como lo haría Jordi Pujol».

Se va a romper la cuerda

Cuando todo el mundo lo ve mal, Vicent Partal lo ve peor, hasta el punto de decir que el independentismo político pone rumbo a la colisión:

«Si la relación entre ERC y JxCat ha sido siempre difícil, ahora todos podemos convenir en que se encuentra en una situación límite, extrema. Si alguien juega a tirar de la cuerda al máximo para obtener rentabilidad electoral, debería saber que la cuerda está a punto de romperse, quien sabe si definitivamente. Las formas cuentan y se van perdiendo todas, como es fácil de comprobar dando una vuelta por las redes sociales de unos y otros, llenas de insultos y descalificaciones por doquier, o escuchando algunos discursos y declaraciones de los políticos con menos finezza, como fue el caso de Gabriel Rufián ayer». 

A Rufián la finezza le viene y se le va según convenga, pero lo de ayer en el Congreso de los Diputados no fue para tanto. Cargó las tintas contra JxCat evocando la política de CiU en otros tiempos, pero no más de lo que se hace habitualmente en ámbitos y medios catalanes. Tal vez haya hecho más daño al decir que a los ciudadanos de Cataluña «sólo les sirven los hechos, no la magia». El independentismo mágico —a cuyos mejores trucos no fue ajena ERC, todo hay que decirlo— tiene todavía muchos adeptos. 

Partal coincide con Joan Puig en que Junqueras y Puigdemont han de intervenir porque «únicamente si ambos se ponen de acuerdo se podrá frenar aún esta escalada». Es curioso que en un moviemiento que se pretende tan abierto, tan transparente, tan asambleario, tan participativo y tan promotor del empoderamiento ciudadano, al final todo esté pendiente de lo que acuerden o no los dos grandes líderes.

¿Para qué sirve la CUP?

La prensa independentista está pasando más bien por alto la réplica de Pedro Sánchez a la representante de la CUP en el debate sobre la ampliación del estado de alarma. 

Le lanzó la pregunta: «¿A quién le son ustedes útiles? Realmente, ¿se lo han preguntado alguna vez? ¿A la gente que lo está pasando mal, que no tiene ingresos? ¿A los marginados, a los excluídos a los cuales usted hace referencia cuando sube a esta tribuna? Yo creo que ustedes no son útiles a nadie. O mejor dicho sí, ustedes les son útiles a los revolucionarios de salón.» (Aplausos.)

Un gran momento de un orador escasamente brillante. No se había oído nunca una descalificación tan maligna y tan acertada del embrollador partido que con tanta admiración y tanta delicadeza es tratado en Cataluña.

Àrtur Mas se debe estar diciendo: Ah, si yo me hubiera atrevido.

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