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La utopía separatista de la demografía

La portavoz del gobierno catalán, Meritxell Budó, entrevistada en el Punt-Avui, nos recuerda que la legislatura no acaba hasta diciembre de 2021. Parece que el gobierno, a pesar de reconocer, como hizo el propio presidente Torra, que no tiene recorrido político, ha decidido seguir adelante cueste lo que cueste. 

«La gente nos pide soluciones, no elecciones», dice la portavoz, enunciando un lema que tanto podría ser el de estos próximos meses como el de una dictadura. «Hemos gestionado la crisis sanitaria y ahora nos toca gestionar la económica y social, de una magnitud importantísima. Para ello necesitamos todas las herramientas posibles, y eso no es compatible con un escenario de elecciones».  

Sobre las patentes discrepancias entre las dos fuerzas coaligadas, Meritxell Budó, que es de JxCat, afirma que «con ERC tenemos más cosas que nos unen que no que nos separan. En el camino que hemos hecho hasta ahora, aunque también, seguro, en el camino que tendremos que empezar a hacer a partir de ahora. Hemos gobernado juntos dos legislaturas y con mucha probabilidad volveremos a gobernar juntos otra vez en una próxima legislatura».  

Que lo que el proceso ha unido, no lo separe la inestabilidad generada, esa parece ser la aspiración. Pronto se percibe que se impone agotar la legislatura, no por la urgencia de combatir la crisis sino por el propósito táctico de acentuar las contradicciones entre los socios: «Si (…) queremos lograr la independencia de Cataluña (…) tendremos que compartir de qué manera queremos hacerlo. Esta semana lo decía el presidente Puigdemont: si no lo hacemos juntos, no lo conseguiremos. (…) Es lo que nos pide la ciudadanía, que aparquemos nuestras diferencias. Nos debemos al mandato del 1-O». Y así, bajo la alta inspiración que viene del exilio, llegar a las elecciones tras una larga y agotadora campaña sobre quién es más independentista o quién tiene una estrategia más adecuada o quién es más fiel al mandato de aquel día. 

Interrogada sobre el anuncio de contratar a 9.000 docentes más para el próximo curso, afirma que, «para cubrir el gasto, pedimos una inyección de liquidez del gobierno español hacia el catalán, así como la flexibilización del objetivo de déficit, para tener más capacidad de gasto». Es decir que se trata de otro castillo en el aire. Y de nuevo, el viejo truco: primero se anuncia un gran proyecto cuyo cumplimiento depende de otros, y si no se hace realidad, la culpa no será del que lo ha anunciado sino del que no se lo ha querido facilitar. 

Lo del 1-O es pura retórica

Incluso el habitualmente circunspecto Josep Ramoneda reclama Elecciones desde el Ara: «Cataluña necesita una política para el tiempo en que estamos. Insistir en el mandato del 1-O es pura retórica. Con las urgencias sanitarias, económicas y educativas que hay sobre la mesa, estas apelaciones son pura fantasía. Y lo sabe todo el mundo. Estos años han demostrado lo que se puede esperar de Europa. Pensar ahora que los gobiernos y las instituciones europeas estarían apoyando un referéndum de autodeterminación es pura ficción». 

El mandato del primero de octubre de 2017 es pura retórica desde el día 2, lo saben tanto los que la usan como los que la rechazan. El problema es que esa retórica aún tiene mucha audiencia y un considerable apoyo electoral, a pesar de los destrozos ocasionados y del parón provocado en el país entero, que no todos los males empiezan con la pandemia. 

Ramoneda cree que las elecciones han de servir para que JxCat «encuentre la manera de articularse de manera consistente» y se consolide «la estrategia de corredor de fondo» de ERC. Pero, ¿quién se atreve a ponerle el cascabel al gato? Es decir, ¿quién se atreve a anunciar a sus electores que aquellos años hablando de derecho a decidir y de estructuras de estado fueron años perdidos? 

El payaso resentido

Para entender a los que se alimentan espiritualmente de las ilusiones generadas en torno al primero de octubre de 2017, se puede leer en Vilaweb una entrevista a Jordi Pesarrodona, que fue concejal en Sant Joan de Vilatorrada, municipio de unos 10.000 habitantes, y se hizo célebre el 20 de setiembre del mismo año por la foto en que se le ve con una nariz postiza de payaso, impertérrito al lado de un guardia civil, más impertérrito todavía, en la puerta de la Consejería de Interior.  

Hace pocos días Pesarrodona ha cesado su militancia en ERC y se despacha a gusto sobre su anterior partido: «ERC claudica constantemente a cambio de una mesa de diálogo que no acaba de llegar nunca, a cambio de una gestión de competencias que no acaban de llegar, a cambio de una renta mínima universal que no llegará hasta el 2021. Veo que ERC no va a buscar la independencia sino que piensa en gestionar la autonomía».  

Después del primer paso, que es la decepción ante la política de cada día, viene el segundo, que es la sempiterna petición de unidad: «Todos los partidos soberanistas e independentistas se tienen que unir por el objetivo de la independencia». El tercero es sentirse representante de «la gente»: «Intento pisar mucho la calle, y ves que la gente pide la unidad. Y esto lo reclamé dentro del partido. Y no me dieron nunca una respuesta clara». Es decir, las élites que maquinan en contra de la buena gente, elemento básico de todos los populismos: «ERC siempre había escuchado mucho a la militancia. Por eso he dado este paso [dejar el partido]. No sabría decir en qué momento han dejado de escucharnos. Pero lo han hecho, y han tirado adelante».

Ahora se siente «huérfano de todos los partidos» y «militante de base, de la calle». Para que quede más claro: «Con quién me identifico más es con los CDR, porque ni con Òmnium ni la ANC tampoco me identifico». 

Fue concejal y cobró un sueldo de la administración, pero se declara partidario de los tumultos callejeros: «¿Por qué los jóvenes no pueden ir con la cara tapada y crear disturbios? Primero, no los crearon ellos, los disturbios. Y segundo, deben protegerse. Si yo tuviera un hijo, le pediría que fuera con un fular y que sólo se le vieran los ojos. Si te identifican con veinte años, te arruinan toda la vida».  

Este es el mundo de Pesarrodona, donde hacer alboroto es un derecho y donde los padres envían a sus hijos a incendiar las calles de sus vecinos.  

El vandalismo que se pretende antirracista

El primero de junio, lunes de Pascua, hubo una manifestación que empezó en Salt y acabó en Gerona con desperfectos en un supermercado y un coche policial. Aquí, un breve video del saqueo. No fue en un oscuro suburbio sino en una zona céntrica, a pocos pasos del Palacio de Justicia y delante de un hotel de cuatro estrellas, afortunadamente ahora sin forasteros. Se oyeron muchos gritos de «puta policía». 

Mostafà Shaimi, professor de la UdG, lamenta que haya gente a quien no le gusta lo sucedido. «Incluso TV3 (el TN mediodía) resaltó más los disturbios que la motivación y el contenido de la manifestación». Y se pregunta si en Cataluña votaríamos a Trump. ¿Qué más había que resaltar? La «motivación» de los que entraron violentamente en un Aldi era bastante transparente. 

Parece que hay un cierto interés en importar las escenas de violencia y saqueo que suceden estos días en los Estados Unidos, a partir de la propaganda generada en torno al «asesinato» de George Floyd y el «racismo estructural».  

Argumenta Mostafà Shaimi que «en Cataluña hay expresiones preocupantes de racismo» porque, para empezar, estamos divididos en «cuatro categorías político-jurídicas: a) nacionales españoles, b) comunitarios, c) inmigrados legales y d) inmigrados sin autorización de residencia». Ciertamente, esa serie va «de más derechos a menos». Y así será siempre, porque tener una nacionalidad no es lo mismo que no tenerla, y no es lo mismo estar dentro de la ley que fuera. Es absurdo pretender que un inmigrante ilegal pueda votar al día siguiente de llegar a un país.  

Pero, en Cataluña, nos dice, «primero, debemos reconocer que tenemos un problema que se llama racismo para luego combatirlo». Vienen tiempos en que nos repetirán consignas como ésta por todos los medios. 

La independencia es demográficamente inevitable

Andreu Barnils, en Vilaweb —Que la força ens acompanyi—, descubre por qué el independentismo ganará: por razones demográficas.  

«La mayoría de los catalanes nacidos en España [entiéndase: fuera de Cataluña] son unionistas. La mayoría de los nacidos en Cataluña son independentistas. Y el lento pero constante aumento del independentismo se podría explicar porque paulatinamente se van muriendo los catalanes nacidos en España. Los que llegaron en los años cuarenta, cincuenta y sesenta nos van dejando. Por ello el apoyo al unionismo cae. En el año 2000 los catalanes nacidos en España eran el 27%. Hoy son el 16,8%. Diez puntos menos». 

Así como Marx creía inevitable el triunfo de la revolución encabezada por el proletariado industrial, Andreu Barnils cree que la independencia caerá como un fruto maduro; pero no porque los partidarios de la independencia vayan convenciendo con sus argumentos racionales a segmentos crecientes del electorado sino porque la gente vota mayormente según donde haya nacido: «Las ganancias de conseguir cambios de opinión entre los rivales siempre serán muy pequeños al lado del peso de la demografía. El independentismo aumenta sobre todo porque los unionistas son gente mayor. Y se van muriendo. Así de bestia. Y así de crudo». 

Pero, por si acaso, dado que el problema no es «ser más» sino «ser más fuertes», sigue manifestándose partidario del cuanto peor, mejor, y de «una insurrección nada fácil, que se ha de preparar en la clandestinidad». 

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