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Tiemblan los cimientos de la “Prehistórica” Universidad española

La precariedad laboral de casi 33.000 profesores asociados pone en jaque al Gobierno español

ministro de Universidades, Manuel Castells. Fuente: Gobierno de España

La excelencia internacional universitaria de la que tanto presume España tiene un precio, 5 euros la hora. Así lo llevan denunciando desde hace años muchos profesores asociados que, según el último informe de Datos y cifras del Sistema Universitario español, conforman el 25% del entramado docente en las universidades del país.

Esta misma semana ha sido noticia una carta abierta que la Asociación Estatal del profesorado Asociado de las Universidades Públicas ha remitido al ministro de Universidades, Manuel Castells. En ella se formulan, explica la presidenta de la asociación y profesora de la Universidad de Valencia, Isabel de la Cruz, tres reivindicaciones:

En primer lugar, “dado que, como consecuencia del Covid-19, muchos profesionales han perdido su trabajo, se pide que se proceda a la renovación automática de los contratos de profesor asociado de cara al próximo curso.

En segundo lugar, se reclama al ministro soluciones en cuanto a la estabilidad laboral para los profesores y, exigiendo que se cumplan las sentencias del Tribunal Supremo que obligan a convertir en indefinido a tiempo parcial los contratos renovados por tercera vez.

Cabe mencionar, que esta carta ha recibido el apoyo de más de mil firmas del Personal Docente Investigador de diversas categorías (asociado, titular y catedrático) vinculado a 39 universidades públicas de todo el país.

Una universidad de calidad

Detrás de los ranking que califican la calidad de la enseñanza, donde están modestamente posicionadas las universidades de este país, hay 33.000 docentes universitarios que, aun con unas condiciones laborales precarias, son una gran fuente de conocimiento. Por tanto, un personal que enriquece el sistema universitario.

El prestigioso ranking Times, elaborado anualmente por la publicación Times Higer Education (THE), alabó en 2018 la mejora de la universidad española en la clasificación mundial respecto a años anteriores. Las Universidades Pompeu Fabra y Autónoma de Barcelona se posicionaron en los puestos 135 y 136 respectivamente. A partir de ahí, otros seis campus españoles aparecieron entre los 500 mejores del mundo. Concretamente, la Universidad de Barcelona, la Universidad de Navarra, la Universidad Autónoma de Madrid, la Rovira y Virgili de Tarragona y la Universidad de Valencia.

Ese mismo año, Roberto Fernández, el presidente de la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas (CRUE) y rector de la Universidad de Lleida, solicitó al Parlamento un pacto de Estado que asegurase el futuro de la universidad. Más financiación y desarrollo de políticas que mejoren la situación del profesorado.

Personal docente e investigador. Curso 2017-2018 Fuente: Ministerio de Educación y Formación Profesional

Según se desprende de la tabla 11.2.2, uno de cada cinco profesores universitarios en España tiene un contrato de asociado. Eso, sin tener en cuenta los que pertenecen a las Ciencias de la Salud, que tienen unas condiciones diferentes. Contando con estos profesionales, la universidad española tiene en estos momentos un ratio de 1 de cada cuatro docentes con este tipo de contrato. Pero: ¿Qué es un profesor asociado?

La RAE lo define así: “Profesor que, desarrollando regularmente su actividad fuera de la Universidad y siendo especialista de reconocida competencia, es contratado de forma temporal y con dedicación parcial para que aporte sus conocimientos y experiencia profesional a la Universidad.

Una definición que choca, frontalmente, con la de Antonio Manuel Poveda, profesor asociado en la Universidad de Alicante, y que así se refiere a la figura legalmente establecida de profesorado asociado:

“Se dice de modo grandilocuente que su perfil es el de profesional de reconocido prestigio, pero luego resulta que no tienen trayectoria profesional, es más, ni tienen el contrato de trabajo en una empresa externa. Conozco hasta casos ficticios, amigo que contrata a bajísimo sueldo y media jornada a un amigo o pariente para que pueda presentar ante la universidad su gran contrato de profesional de reconocido prestigio”.

Esta figura profesional nació de la Ley de Reforma Universitaria de 1983 para un perfil concreto: alguien que tiene su trabajo, cuenta con una reputación y dedica unas horas semanales a ir a la universidad y compartir con los alumnos los conocimientos y experiencias que “gracias a su trayectoria” ha recogido durante años. 

¿El problema? Los docentes consultados lo tienen claro. El papel del PDI asociado ha ido virando sin freno alguno hacia la absoluta ilegalidad, creando, en su lugar, una figura servil y precaria en la que se sustenta gran parte de la universidad del país. El falso asociado.

Falso asociado

Bajo esta expresión, se esconde una precariedad laboral que es inaceptable, sostiene Poveda. El concepto pretende hacer creer que hay una parte del PDI asociado que no debería tener derecho a impartir docencia, porque no tiene otro trabajo fuera del mundo académico. En definitiva, el asociado es alguien que asume largas jornadas laborales tras una categoría profesional que no le corresponde. “Pero es barato”.

Vicent Monroig Climent es profesor de Filosofía de Secundaria desde hace 35 años y, desde hace 10, profesor asociado de la Universitat de València-Estudi General (UVEG). Se presentó en el año 2010 a una plaza para impartir docencia en el Máster de Secundaria y la ganó. Durante ese curso, asumió una asignatura teórica de 8 créditos.  “Como por aquél entonces yo era nobel estos trances de la Universidad, no entendía que mi tarea pudiera ser otra que la de impartir docencia”.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Al cabo del tiempo, y durante 10 años, ha estado impartiendo 9 asignaturas (entre grado y máster). “Durante años, después de que se acostara mi hija, me quedaba hasta las 3 o las 4 de la madrugada, y así, tres o cuatro días a la semana. Preparando clases y corrigiendo tareas”.

Jannet Trejo-Quintana es actualmente profesora en la Universidad Nacional Autónoma de México y conserva muy buenos recuerdos de su estancia como docente asociada en la UAB. Recuerda con cariño a sus compañeros, con los que compartía horas de investigación y confidencias. Sin embargo, a ella tampoco se le olvidan esas largas horas de correcciones, ya que llegó a tener hasta cuatro grupos de 40 o 50 alumnos.

“Cuando llegué a la UAB, me sorprendí de la carga de trabajo. Me dieron muchas asignaturas y, además, tenía que participar en varios proyectos de investigación”. Cuenta que muchas veces no pudo finalizar algunas de las tareas que le habían asignado, a pesar de dedicar hasta 10 u 11 horas diarias. En ocasiones, incluso sábados y domingos.

“Pero, no entiendo…, le comentó una una vez un profesor titular (por no haber finalizado una tarea). Si estás corrigiendo trabajos en grupo, pones notas en grupo y se acabó”. Trejo se indignó de sobremanera. “Me interesa que cada estudiante obtenga de mí una retroalimentación personalizada. Que sepa que sigo su trayectoria y que no es un número”, sostiene la mexicana.

Un sueldo indigno

“Mi salario bruto en 2019 para un contrato de 6+6 horas (investigación y docencia) tenía que haber sido de 7.802, 74€”, cuenta Monroig. Pero como dividen el salario bruto en 14 pagas “ y dicen que como funcionario de carrera no tengo derecho a cobrar pagas extraordinarias, de dos ocupaciones públicas, me pagan 1.114,68€ menos”. Es decir, este profesor cobra por 180 horas de clase (más las tutorías, la preparación de clases y corrección de trabajos) un salario bruto de 6688,06€.

Hay quien argumenta que el PDI asociado «cobra tan poco porque ya tiene otro sueldo fuera de la universidad», sostiene Monroig, con indignación. “Que tenga un trabajo principal bien remunerado después de 30 años, no significa que mi puesto en la universidad no sea precario y mi salario, miserable. Me gusta la docencia, asegura, pero no quiero que me tomen el pelo».

Historias virales

Merece la pena recordar un caso que ocasionó un gran revuelo mediático. Valentín Ferrero, un doctor universitario de Zamora, llegó a dejar su trabajo como docente para participar en Boom, un programa de televisión de Antena 3. Su sueldo como profesor asociado en la Facultad de Bellas Artes de Altea, reconoció, apenas alcanzaba los 250 euros.

«Me gastaba más dinero en gasolina para ir a clase que el sueldo que cobraba. (…) De todos modos, tengo que decir que fue muy doloroso tomar la decisión porque me encanta mi profesión. Me encanta la docencia y la relación con los alumnos».

Otra anécdota curiosa, es la que vivió otro profesor que hizo arder Twitter con la publicación de su nómina. Aun así, y a pesar de obtener 250.000 visualizaciones, 53.000 interacciones, 1.100 retweets y 2.300 “me gusta”, la publicación desapareció a las 48 horas. Sea como sea, tal reacción pone de manifiesto que, este es un problema real. Un debate abierto.

Eternos becarios

A pesar de las miserables condiciones económicas, muchos de estos profesionales reconocen que son las ganas y la vocación las que, al principio, hacen que el plano económico no sea su prioridad. “Cuando empecé, para mí era como consolidar de una vez mi formación, empezar mis andaduras como docente en la universidad” comenta Trejo, quien llegó a la UAB desde México con tan solo 33 años.

“A veces tienes ideas innovadoras que pueden producir buenos resultados, tanto en la parte investigadora como en la docente, y no te dejan, porque “eso no se hace así”. Se hace como dicen los profesores mayores “eres la eterna estudiante”, estás a la sombra de ellos.

Esto es así, hasta el punto de que aparecerás de segundo autor en textos que has escrito prácticamente en su totalidad. Siempre el titular será primero”, reivindica. Una situación que, sin duda, es una gran fuente de frustración que culmina envenenando las relaciones laborales en el ámbito universitario.

Soluciones: escenario a medio plazo

Luis Benítez de Lugo es profesor asociado en la Universidad Autónoma de Madrid y ha querido transmitir a este diario una serie de soluciones al problema existente:

El escenario ideal a medio plazo sería que en las universidades públicas españolas hubiese muchos menos profesores asociados que ahora, porque muchos colegas, a pesar de contar con un reconocido prestigio, no encuentran otra puerta de acceso a la docencia universitaria.

Una buena parte de esos contratos asociados deberían desaparecer para que esas personas tengan la posibilidad de desarrollar carreras académicas a tiempo completo. Si la ANECA les ha reconocido capacidad docente como titular, no tiene sentido que no encuentren contratos ni de ayudantes.

Inicialmente, cuando cuenten con las acreditaciones para trabajar como ayudantes, contratados o titulares, cada cual debería poder impartir clase en su respectivo nivel en régimen de interinidad para tener opción de promocionar a esas figuras de forma estable. Es decir, a través de un concurso público, por supuesto. De esta forma, desaparecerían muchos contratos de asociados. Los que queden deben ser profesionales externos de prestigio, a tiempo parcial, bien retribuidos, con cargas docentes reales ajustadas a su experiencia profesional y con contratos indefinidos.

Todo esto sin necesidad de volver a concursar cada cierto tiempo ni encadenar una eterna (e ilegal) sucesión de contratos anuales. Además, con posibilidad de acceder al reconocimiento de sexenios de investigación y transferencia si lo desean, con el incentivo económico que ello supone. Asimismo, deberían tener derecho a participar en todas las convocatorias de proyectos financiados por las Administraciones públicas; cosa que ahora no sucede, para perjuicio de todas las partes: universidades, proyectos y asociados.

Esta es una reclamación justa a la que deberían acceder el Ministerio y los responsables autonómicos de universidades. Una solución digna que, probablemente, necesita algo más de financiación que tener una plantilla con aproximadamente un 25% de profesorado asociado precario. Sería un escenario desde luego mejor: de más calidad, sometido a menos tensiones y más saludable para la calidad de nuestro sistema universitario. 

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