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Urkullu y el principio de realidad

Urkullu durante un mítin/ Europa Press

En Galicia ha ganado el PP, y en las Vascongadas, el PNV. Francesc-Marc Álvaro, en la VanguardiaGalaxias diferentes, pero no tanto— intenta extraer enseñanzas para Cataluña: «Cada uno a su manera, ha ofrecido estabilidad ante una etapa extremadamente incierta (…) Los magníficos resultados de EH Bildu y de los galleguistas del BNG indican que el electorado ha premiado también la apuesta por el pragmatismo (…) En Cataluña, ni ERC ni los de Puigdemont lo tendrán fácil para proyectar una imagen de tranquilidad que sea similar.» 

La tranquilidad es un objetivo abandonado por el frente independentista, no en 2017, sino unos años antes; un abandono que se podría simbolizar en el abrazo del oso entre Àrtur Mas y David Fernández en noviembre de 2014. 

Otro dato a tener en cuenta. Podemos en el parlamento gallego ha pasado de 14 diputados a cero, y en el vasco, ha bajado de 11 a 6, «algo algo que puede encender las alarmas en el espacio que los comunes articulan en Cataluña», afirma Álvaro. El cuento de la lechera sobre su contribución a una estabilidad de izquierdas en Cataluña es ahora más improbable. Y la Barcelona colauense no es ninguna promesa de estabilidad ni de buen gobierno.

Por último, dice Álvaro que la alianza basca entre PP y Ciudananos «ha servido solo para expulsar a los votantes populares más moderados». La diferencia con Cataluña es que allí el votante moderado tiene donde refugiarse, aquí todavía no. Y los socialistas, mientras dependan de un gobierno de coalición con Podemos, lo tienen complicado.

Concluye diciendo que «el éxito electoral del PNV no será exhibido por ERC ni por JxCat como un espejo o una aspiración, porque aquí parece que nadie desea ser como el lehendakari Urkullu». No, aquí nadie quiere ganar cómodamente elecciones en tranquilidad democrática ni gobernar sin alimentar la crispación.

El principio de realidad

La clave puede estar en el principio de realidad de Urkullu, «incompatible con la trayectoria de Puigdemont», como dice Isabel García Pagán en La Vanguardia. 

La ruptura entre ambos, a consecuencia de la frustrada mediación vasca en octubre de 2017 para evitar lo peor, es definitiva. Sucedió lo peor, y el PNV tomó nota. Para conjurar las interpretaciones interesadas y las especulaciones sobre si alguien engañó a alguien, Urkullu envió«más de trescientas páginas —que siguen sin ser públicas— documentando sus gestiones al Archivo Histórico del País Vasco, la Fundación Sabino Arana y el archivo del monasterio de Poblet».

Desde el punto de vista de Madrid, un efecto colateral de aquellos días es el incremento de la imagen de seriedad del PNV y el descrédito de los nacionalistas catalanes. Afirma García Pagán: «La oferta política del nacionalismo vasco no corre riesgos —camino por el que se despeñó Juan José Ibarretxe, CDC y ahora el PDECat—, responde a certezas. Cuenta con un apoyo transversal y ha arrastrado a la izquierda abertzale al pragmatismo ubicando la reivindicación soberanista en los límites de una reforma estatutaria.»

Otro detalle: «JxCat no puede reivindicar la victoria de Urkullu, pero tampoco puede hacerlo la ERC más pragmática de Junqueras», que se entiende mejor con Bildu: «Fue Arnaldo Otegi quien encontró en los republicanos la guía para normalizar la actividad política de Bildu y en ERC aseguran que copian hasta argumentarios.»

El principio de realidad se ausentó hace tiempo de Cataluña. Aquí, a diferencia de las naciones civilizadas, se considera de buen tono negar las evidencias y vivir de ensoñaciones.

Un moderado giro a la derecha

José Antich desgrana el resultado de estas elecciones autonómicas en ocho claves para interpretar los resultados de Euskadi y Galicia. La primera es que «la suma del PNV y Bildu logra un récord histórico» al conseguir 53 escaños de 75, con lo que «superan ampliamente los dos tercios y tienen a su alcance cualquier modificación que quieran llevar a cabo, estatuto de autonomía incluido»; sin embargo, «el nacionalismo conservador y la izquierda independentista tienen agendas diferentes», con lo que no parece previsible que coincidan en hacer ningún estropicio en los próximos años.

Otra es que en Galicia repite el éxito del «modelo Fraga de partido galleguista y distante de Madrid». Es curioso que al PP, el partido más unionista de España, le van mejor las cosas cuando tiene potentes líderes regionales; no es sólo Feijóo, basta recordar a Rita Barberá o Esperanza Aguirre. ¿Sería una buena idea recuperar algo así como una Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA)?

Una tercera clave es que la coalición entre PSOE y Podemos, que gobierna en España, «se ha estrellado» en el País Vasco, donde bajan de 20 a 16 escaños, y en Galicia, de 28 a 15. «Pedro Sánchez no puede estar satisfecho de los resultados alcanzados por más que la debacle de Pablo Iglesias matiza sus pobres cuentas». Es un magro consuelo ver a tu socio minoritario con problemas mayores que los tuyos. Concluye Antich: «Si en el eje nacionalista – unionista el primero refuerza sus posiciones, en el ideológico sigue siendo la derecha clara ganadora.»

Ante los problemas actuales, ante la crisis, ¿está basculando la opinión pública lentamente hacia la derecha?

Albert Batlle, dispuesto

Sin prisa pero sin pausa, Albert Batlle se perfila como líder del espacio electoral que han dejado vacío los nacionalistas democráticos de antaño. En una entrevista en El Periódico afirma: Llamamos a la confluencia de todo el catalanismo, «el catalanismo que se ha sentido huérfano durante estos larguísimos ocho años en los que hemos estado ensimismados con el ‘procés’. Hemos partido el país en dos mitades y hay que recomponer todo esto reivindicando los mejores valores del catalanismo. Nuestra autonomía y nuestro autogobierno son muy importantes, pero la emergencia sanitaria y social, además de importante, es urgente. No podemos perder tiempo, estamos en la fase de la reconstrucción».

Sobre su papel, no puede ser más claro: «Me he ofrecido a impulsar esta alternativa. Estaría dispuesto a encabezar esta confluencia.» Desgraciadamente, después la entrevista cae en un tema capcioso, el de la regularización de inmigrantes, sin que el entrevistador logre conseguir del entrevistado una respuesta clara, más allá de las banalidades de costumbre —«estoy por una política de integración plena y de respeto a la dignidad de cualquier persona»— y del insuficiente rechazo del lema «papeles para todos». Dice Batlle que «son soluciones simplistas que un responsable institucional no puede…» Pues son precisamente responsables institucionales y gente a sueldo de la administración quienes sostienen las proposiciones más insensatas en este y en otros asuntos. 

Si Albert Batlle quiere hacerse oír en este amplio y huérfano espacio que va de la derecha al centroizquierda deberá hablar en términos más concretos y comprensibles, más allá de comprometerse a buscar «soluciones complejas a problemas complejos».

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