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Miguel Ángel Quintana Paz: «Hay que distinguir a los ofendiditos de los que se quejan por ofensas normales y corrientes»

Es uno de los 30 filósofos del mundo con más seguidores en Twitter. Profesor de Ética e investigador, analiza en esta entrevista con El Liberal el papel de la red social y la actualidad

Vista del perfil de Quintana Paz en Twitter.

Miguel Ángel Quintana Paz, @quintanapaz en Twitter, es uno de los 30 filósofos del mundo con más seguidores en esta red, según la página TrueSciPhi. Y ocupa el primer lugar de los que suelen tuitear en español. Fuera de Twitter también tiene vida. Es profesor de Ética en la Universidad Europea Miguel de Cervantes de Valladolid, a la que llegó tras un periplo investigador y docente bien variopinto. Viena, Turín, Boston, Nueva York, Bruselas, Roma, Malta, Bogotá, Argentina y Salamanca fueron sus principales estaciones de paso. Su último libro, Reglas (editorial Ápeiron), trata de extraer algunas enseñanzas filosóficas de historias detectivescas como las de Sherlock Holmes.  

Un profesor de Ética en Twitter y que, además, tiene más de 30.000 seguidores. ¿Andamos escasos de valores? 

Una de las cosas que me resultan más divertidas de Twitter es que, siempre que digo algo que molesta a un grupo u otro de ofendiditos, me llegan varias respuestas de tuiteros escandalizados: «¡Oh! ¿Cómo puede un profesor de Ética decir eso?». Parecería que la Ética debiera conformarse con hacer afirmaciones biempensantes, mansurronas, que o bien coincidieran con las opiniones morales mayoritarias o al menos no desafiaran demasiado a nadie. Un poco lo que siempre han hecho Adela Cortina o Victoria Camps y, en su día, hiciera Aranguren. Es paradójico, porque el pensamiento ético surgió en buena parte para justo lo contrario: alterar las ideas que creíamos tener seguras. De modo que, respondiendo a tu pregunta, más que escasos de valores, andamos escasos de conocimientos: está claro que la gente ha olvidado lo incómodas que resultaron para casi todos figuras claves de la Ética como Sócrates o Spinoza. 

La pandemia del COVID-19 lo ha puesto todo patas arriba. Nos decían que, de esta, saldríamos mejores. ¿Nos tratan como a niños sin que lo seamos? ¿O se ha convertido España en un inmenso patio de colegio? 

Que vivimos tiempos de infantilismo generalizado no es algo que nos haya descubierto la pandemia. Ya Carl G. Jung hablaba del puer aeternus, del “niño eterno”, como esa clase de personalidad que evita a toda costa las responsabilidades adultas; lo que en la cultura popular conocemos como Peter Pan. 

Hay algo de niñatos en esta costumbre que ha adoptado nuestro Gobierno de ofenderse muchísimo si alguien les pone de manifiesto su incompetencia.

Miguel Ángel Quintana Paz

En este sentido, los primeros que se han portado como niños han sido los miembros de nuestro Gobierno. Primero, al creer que, si cerraban los ojos a la pandemia, esta no iba a llegar a España. «No te veo, no existes, no te veo, no existes», parecían canturrear socialistas y podemitas, como críos solipsistas, mientras jugaban a un corro macabro de la mano de Fernando Simón y su fatídica predicción de que «a lo sumo, habrá uno o dos casos en España». En segundo lugar, se han portado de modo infantil al creer que, si negaban muy fuerte que su irresponsabilidad haya tenido consecuencias, los demás no íbamos a ver el estropicio montado. Y, en tercer lugar, también hay algo de niñatos en esa costumbre que ha adoptado nuestro Gobierno de ofenderse muchísimo si alguien les pone de manifiesto su incompetencia. ¡Hasta el punto de ordenar a la Guardia Civil que vigilara si hay discursos hostiles al Gobierno en redes sociales! Un poco como los críos cobardes acuden a las faldas de su mamá cuando las cosas se ponen feas. 

Su cuenta de Twitter es un compendio de filosofía, poesía, política y actualidad. Parece difícil combinar cuestiones tan diferentes. Sin embargo, sus tuits demuestran lo contrario. Y, lo más sorprendente, gustan a muchísima gente. 

Bueno, seguro que disgustan a muchísima más. Y no creo que haya que estar especialmente orgulloso ni de una cosa ni de la contraria. La verdad es que para mí Twitter funciona a menudo como un cuaderno de notas: voy garabateando en él lo que se me ocurre mientras leo. Y, como intento que mis lecturas sean plurales, supongo que eso se refleja también allí. Además, enseguida te das cuenta de que, hables de lo que hables, casi siempre hay algún tuitero que sabe de ese tema mucho más que tú (y otros cien que creen saberlo). Eso impone cierta autoexigencia intelectual que me gusta. Decía Otto Weininger que al final la lógica y a ética son lo mismo: el resultado de imponernos una elevada exigencia a nosotros mismos. 

Es también una cuenta en la que se ofrece una visión muy distinta de la actualidad, sobre todo la internacional. ¿Podemos utilizar Twitter para aprender? ¿Se puede utilizar para enseñar? 

Durante varios años utilicé una cuenta de Twitter para complementar mis clases, así que la respuesta a la segunda pregunta es un fundado sí. Y, en cuanto a aprender a través de Twitter, la verdad es que ni en mis más húmedos sueños de adolescente habría imaginado tener al alcance de mi mano en cualquier sala de espera de dentista las palabras que están emitiendo ahora mismo muchos de los mejores psicólogos, los mejores constitucionalistas, los mejores científicos de todo el mundo. Es verdad que todo eso se halla entremezclado con el zumbido de troles e ignaros. Pero es un precio que me parece barato, y que intento además aminorar usando el botón de bloqueo o de silenciamiento en Twitter sin ningún empacho. ¡Ojalá existiera algo parecido a ese botón en la vida real! 

La censura y la autocensura están a la orden del día. En la red social y fuera de ella. Incluso intelectuales progresistas norteamericanos acaban de lanzar un manifiesto alertando de ello (Intelectuales de todo el mundo firman un manifiesto en Harper’s Magazine contra «el clima intolerante»). ¿Cómo percibe esta situación? 

En este asunto todos tenemos mucho que aprender. Para empezar, conservadores e izquierdistas, que a menudo han jugado con truco: denunciaban cada freno a la libertad de expresión que se imponía a los que pensaban como ellos, pero no las que se imponían a los contrarios. Hay una vía estupenda para mostrar tu nobleza como persona, y es cambiar las tornas: quejarte más cuando no dejan hablar a tu rival que cuando no te dejan expresarte a ti. 

Hay una vía estupenda para mostrar tu nobleza como persona: quejarte más cuando no dejan hablar a tu rival que cuando no te dejan a ti.

Miguel Ángel Quintana Paz

Pero también los liberales, pese a ser tradicionalmente más amigos de la libertad de expresión, tenemos mucho que aprender. Durante largo tiempo, verbigracia, ha habido cierta obsesión en fijarse solo en cómo los gobiernos limitaban la libertad. Creo que esto ha dejado de tener sentido en un mundo como el actual, en que megaempresas como Google o Facebook poseen tamaños superiores al PIB de varios Estados. Y, por tanto, muchísimo poder. Se me dirá: «Bueno, pero Google no puede meterte en la cárcel, mientras que un Estado sí». Ahora bien, ¿de verdad es la cárcel la única limitación a nuestra libertad posible? 

En realidad, esa obsesión con el Estado como la principal amenaza contra nuestras libertades tenía sentido durante la Guerra Fría, pero esta terminó hace ya 30 años. Prefiero con mucho la posición de uno de los padres fundadores de los EEUU, James Madison: hay tres amenazas principales a la libertad humana, que son los gobiernos, las finanzas y las iglesias. Y hay que vigilar bien atentos para que no nos quiten libertades ninguna de las tres. 

Hábleme de los ofendiditos. Están viviendo su momento, al menos políticamente. Y redes como Twitter han facilitado que esto suceda. Usted escribió en 2017 el primer artículo en que se usaba ese nombre, que luego ha cobrado fortuna, para caracterizarlos: Los ofendiditos. ¿Cómo definirlos? 

Ante todo, hay que distinguir a los ofendiditos de los que se quejan por ofensas normales y corrientes. Por supuesto que hay cosas que a uno le pueden ofender, y es legítimo, o a veces incluso loable, que así suceda. A mí me ofendería, por ejemplo, que despidieran a alguien por ejercer su libertad de expresión. Eso no me convertiría en un ofendidito, ni en alguien con male tears; simplemente sería el resultado de mi apuesta por la libertad.  

Es decir, uno puede ofenderse razonablemente ante actos injustos. Pero también existen, por lo tanto, ofensas que no son razonables, porque no se producen ante una acción injusta, sino que solo reflejan la susceptibilidad del que se queja. Todos podemos caer en esto último: ofendernos ante algo que donde en realidad no procede.  

Existen ofensas que no son razonables porque no se producen ante un acción injusta sino que solo reflejan la susceptibilidad del que se queja.

Miguel Ángel Quintana Paz

El ofendidito, sin embargo, va más allá. No es que se esté ofendiendo donde no procede; es que niega la distinción misma que acabamos de hacer. Para él no existen ofensas razonables y otras nada razonables; para él, si se siente ofendido, eso ya es por sí solo prueba de que tiene razón. Su emotividad se ha convertido en el criterio único con el que juzgar el mundo. Descartes se atrevió como mucho a decir «Pienso, luego existo», no «Pienso, luego tengo razón». El ofendidito va mucho más lejos y afirma «Me ofendo, luego tengo razón». Es un ataque a nuestra civilización, que desde Platón insiste en distinguir entre lo real y lo aparente; para el ofendidito, toda ofensa que le parezca oportuna es ya, tan solo por eso, real y oportuna. 

¿De qué manera nos afecta como sociedad esta imposición generalizada de ideas por parte de colectivos minoritarios? Efectivamente, deben tener los mismos derechos y obligaciones que el resto, pero… 

A mí me gustaría que, más que fijarnos en cómo las minorías nos imponen cosas a los demás, nos fijásemos en cómo se las imponen a sí mismas. La otra estrategia me parece débil: siempre puede haber quien diga «Oh, vale, las minorías nos están imponiendo sus cosas, ¡pero ya era su turno, tras tantas imposiciones por parte de las mayorías!». De hecho, así piensa hoy casi toda la izquierda, lo que en España se junta a cierta tendencia católica por favorecer al pobre o al débil. Además, casi todos acabamos formando parte de una u otra minoría, ¡hay tantas! De modo que un planteamiento egoísta podría hacer que no viésemos mal ese plus de legitimidad que se da hoy a todo lo minoritario. Ese es, de hecho, su atractivo hoy para muchos, junto a toneladas de sentimiento de culpabilidad por parte de otros. 

Un planteamiento egoísta podría hacer que no viésemos ese plus de legitimidad que se da hoy a todo lo minoritario. Ese es su atractivo para muchos.

Miguel Ángel Quintana Paz

De ahí que crea que nuestro foco debe centrarse más bien en lo opresivas que resultan estas minorías identitarias hacia sus propios miembros. Lo opresivo que resulta que, solo por ser mujer, ya tengas que hacer caso a todo lo que te digan las autonombradas defensoras de la mujer. Lo autoritario que es que, solo por ser catalana, ya tengas que obedecer todo cuanto te imponen los autodenominados definidores de la buena catalanidad. Tengo muchos amigos gais que ven como lo más natural verse limitados a votar solo a la izquierda, solo porque esta se haya autoerigido en su presunta defensora, con decenas de asociaciones (subvencionadas por esa misma izquierda, y a veces la derecha) apoyando la idea de que si eres gay solo puedes votar bien si votas de un modo. 

Nadie es solo gay o solo mujer o solo catalana; todos somos mil y una cosas más: hijos, convecinos, lectores de prensa, lectores de Stendhal, taxistas, católicos o budistas, amantes del bádminton, consumidores de lasaña, fans de Teresa Berganza… Nos extirpa sangrientamente muchas partes de nuestra identidad quien quiere jibarizarla para que nos veamos solo como parte de tal o cual minoría oprimida. 

Lo primero que debe hacer todo el que pretenda dominar a una masa inabarcable es clasificarla aplicadamente con convenientes etiquetas.

Miguel Ángel Quintana Paz

Es una pena, porque muchos pensadores posmodernos subrayaron la importancia de esa pluralidad indomeñable que somos cada uno de nosotros. Y lo liberadora que podía ser. Pero han quedado acallados bajo el estruendo emitido por otros pensadores, presuntamente también posmodernos, que prefieren que nos monopolice a cada uno una sola identidad. Y han ganado estos, los autoritarios. Al fin y al cabo, lo primero que debe hacer todo el que pretenda dominar a una masa inabarcable es clasificarla aplicadamente con convenientes etiquetitas. 

¿Tiene futuro España? A través de Twitter, da la impresión de que la cosa podría llegar a estallar. 

Y posiblemente estallará, pero dentro de las fronteras estrictas del propio Twitter. Haremos una de esas guerras internas que nos importan tanto, repletas de acusaciones e invectivas, pero que a mi frutero de confianza le sonará a un videojuego raro si se la cuento. Además, no olvidemos que mucha gente usa Twitter por el anonimato que le proporciona; serían incapaces de salir a la calle vestidos en los calzoncillos con los que tuitean habitualmente y correr el riesgo de que su vecina del quinto se entere de que piensa esto o aquello sobre Jorge Javier Vázquez o sobre Rajoy. Se habla mucho de los beneficios que a veces nos trae un vicio como la hipocresía; mas creo que la cobardía, la bravuconería y la mera pereza son asimismo vicios a los que les debemos suculentos beneficios. 

¿Si no existiera Twitter, habría que inventarlo? 

No estaría mal reinventarlo, pues a la hora de eliminar cuentas u ocultar tuits tiene un sesgo claramente progre que su fundador, Jack Dorsey, ha reconocido sin ambages. Supongo que cuando eres tan inmensamente rico deseas tenerlo todo, incluido el poder de decidir sobre qué pueden o no hablar los demás.  

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