Deshonor y desprestigio

El president de la Generalitat, Quim Torra, en una sesión plenaria. Foto: Europa Press

¿Qué ocurre cuando un gobierno desacreditado hace recomendaciones? Que nadie le escucha. Y si alguien le escucha, no le da importancia a lo que dice. Y si da importancia a lo que dice, da mucha más a lo que le apetece. Como irse de vacaciones. El gobierno Torra ha recomendado quedarse en casa a los habitantes del área metropolitana de Barcelona más dos comarcas de Lérida. Las mismas recomendaciones que hace tres días se dieron a tres barrios de Hospitalet del Llobregat, ahora se extienden a medio país.

El resultado: Más de 414.000 vehículos salen de Barcelona. Un millón y medio de personas están desperdigándose por toda Cataluña, y concentrándose en segundas residencias y en los lugares habituales de ocio. Dice el consejero Buch, de Interior: «No haremos controles que obliguen a volver a casa, en todo caso serán informativos. Hace falta que todos tomemos conciencia.» ¿A qué precio?.

Vivimos en un estado de alarma no declarado, con unas restricciones que son sólo consejos que nadie cumple. La portavoz Budó advirtió: «Hay que actuar con celeridad para evitar encontrarnos en la situación del mes de marzo. Si la evolución de la epidemia se mantiene, tendremos que tomar medidas más restrictivas en breve.» No cuesta mucho entender que la epidemia se va a mantener y que las medidas ya había que haberlas tomado.

No hacer nada por impedir la diáspora vacacional sólo servirá para agravar la situación. Y dentro de dos semanas, la operación salida de agosto. A ver qué se les ocurre recomendar.

Peor que en toda España

Cuando lo dice el editorial del Ara, próximo al gobierno de la Generalitat, es para tomárselo muy en serio: «Las cosas no se están haciendo bien.» Es muy significativo que citen esta afirmación de Benito Almirante, jefe del Servicio de Enfermedades Infecciosas del Hospital Vall d’Hebron: «Después de tres o cuatro semanas de gestión propia, estamos peor que en toda España.»

Se podría decir que contra el estado de alarma vivíamos mejor. Con las competencias en sanidad secuestradas, se podía dar la culpa al gobierno de Madrid de todo lo que sucediera y se podía afirmar que aquí, con la independencia, lo habríamos hecho todo mejor. Con el retorno a la normalidad competencial, se puede ver cuánto había de cálculo político en ese planteamiento.

Prosigue el Ara: «Más temprano que tarde habrá que empezar a pedir responsabilidades políticas. ¿Puede un gobierno políticamente dividido en dos partes gestionar con garantías una crisis sanitaria de consecuencias sociales y económicas tan graves como la que estamos viviendo? Ahora mismo ya es una obviedad que tanto aquí como en todas partes seguramente se aceleró demasiado con el desconfinamiento y que el reconfinamiento, en cambio, ha sido demasiado lento.»

Una cura de humildad va bien en cualquier circunstancia. Es lamentable que, en este caso, la lección a un gobierno tenga que ser sufragada con sufrimiento humano: «Cataluña sale mal parada. Tenemos un problema de gestión. Se ha sido poco eficaz, nada efectivo (…) Cuando tocaba el liderazgo de la administración para organizar el rastreo del covid-19, los resultados no han acompañado.»

Sin duda, «en el entorno sanitario se reclama un liderazgo político más claro, una mejor comunicación de las medidas, una toma de decisiones más serena y validada por los expertos», y el país entero, posturas políticas al margen, no podría estar más de acuerdo.

Deshonor y desprestigio

Salvador Sostres, en el Abc, consideraba el viernes esta mala gestión como un ejemplo de la ineptitud de los políticos independentistas: «Pocos diagnósticos, menos seguimientos y el rastreo inexistente. Torra y su consejera de Salud, Alba Vergés, han demostrado ser los políticos más inconsistentes de Europa. Ha sido tal la dejadez, ha sido tan exagerada la falta de previsión y de iniciativa, que Barcelona concretamente y Cataluña en general han despertado esta semana de repente y no era una pesadilla. La independencia era esto

La idea de independencia no desaparecerá como no han desaparecido las ganas de celebrar fiestas muy concurridas en espacios demasiado pequeños. Porque la cabra siempre tira al monte, y porque existe una tendencia centrífuga en Cataluña que se manifiesta de diferentes maneras en sucesivas generaciones. Pero sí podría extenderse una decepción muy grande ante la incompetencia manifestada por los actuales gobernantes independentistas.

Concluye Sostres: «Ni la ridícula declaración de independencia de Puigdemont, ni la broma de los tres años de cárcel o la cobardía de los fugados han provocado el deshonor y el desprestigio con que hoy tenemos que volvernos a quedar en casa.»

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