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Ecos independentistas: Junts per Puigdemont

Carles Puigdemont durante el acto del Consell de la República en Perpiñán (Francia). Foto: Europa Press

Un grupo de gente da vueltas en torno a un círculo de sillas. A la señal acordada, todos buscan asiento. Como el número de sillas es inferior al de jugadores, hay quien no lo consigue. Este viejo juego de niños ilustra lo que está pasando en lo que hemos convenido en llamar «espacio postconvergente».

Se han creado organismos pomposos en el exilio, se han ensayado liderazgos, se han multiplicado las organizaciones, y al final todo acaba afluyendo a un partido único al servicio de un líder indiscutible.

Jordi Juan, director de la Vanguardia, cree que el partido creado por y para Carles Puigdemont es más de lo mismo: «Los catalanes que le apoyan saben que sus votos irán a parar a una formación que mantendrá la misma estrategia de confrontación con el Estado que la protagonizada en la actual legislatura por Quim Torra.»

Más bien esperan que esa confrontación represente un salto cualitativo respecto al «apretáis, y hacéis bien en apretar» con que Torra se dirigió a los CDR. No más de lo mismo, algo mucho más es lo que esperan.

La confrontación de Torra se ha basado en gestos infructuosos y palabras inoperantes; la confrontación si no protagonizada al menos dirigida en primera persona por Puigdemont infunde esperanza a sus seguidores. La esperanza de que esta vez sí.

Un terreno de juego más claro

El editorial del Ara afirma que la aparición del partido de Puigdemont «aclara el terreno de juego de la política catalana». Y como quien no quiere la cosa, recuerda que «en las democracias liberales representativas, desde hace más de un siglo la política se hace básicamente a través de los partidos» y que «las entidades y movimientos de la sociedad civil pueden ser muy influyentes, pero (…) no se pueden presentar a unas elecciones».

Pues esa ha sido precisamente una de las ficciones de los últimos años: impulsar desde el poder movimientos de masas para hacer creer que los políticos independentistas actúan bajo el mandato imperativo de un pueblo en marcha.

«El pueblo manda, el gobierno obedece», esa era la idea. ¿Hay que recordar que Àrtur Mas, en las elecciones al Parlamento de 2015, iba de nº 4 por Barcelona, por detrás de «representantes de la sociedad civil»? ¿Y que Carles Puigdemont iba de nº 3 por Girona, por detrás de un célebre cantante y de una dama muy conocida en el ambiente del baloncesto?

Pues parece que esta «sociedad civil» creada y movilizada para llegar a la independencia en 2017 ya está en gran parte amortizada. Ahora tenemos un partido, la ERC de Oriol Junqueras, aliado estratégico y sin embargo entrentado a otro partido, el Junts de Carles Puigdemont. Además está, quién sabe dónde, la CUP, esperando el momento de complicarlo todo un poco más; mientras tanto, según sus tweets, ayer convocaban a manifestarse en Madrid contra la monarquía y hoy celebran la revolución cubana.

Volviendo al editorial del Ara, «el refundado JxCat aparece como un partido al servicio de la causa de la independencia y al abrigo del liderazgo indiscutido del ex presidente en el exilio. Estratégicamente, apuesta por la confrontación y la agitación permanentes, es decir, para mantener la tensión con el Estado (…) llevando el choque al límite».

Es difícil imaginarse a altos cargos de la administración autonómica y local, de Convergència de toda la vida, apostando por la agitación permanente, pero esto es lo que dicen que quieren hacer.

La contraposición con ERC salta a la vista. JxCat «no renuncia al autogobierno autonómico, pero pone la institución prioritariamente también al servicio de esta estrategia de confrontación» mientras que ERC son partidarios de «anteponer el diálogo y la acción de gobierno como palancas para sumar más voluntades en el seno de la sociedad catalana».

Planteada la competición por el electorado independentista, la «estrategia unitaria» que todos reclaman, parece cada vez más lejos, pero los empates técnicos en las elecciones hacen milagros.

El hiperliderazgo de Puigdemont

Lluís Orriols, en el Ara, habla muy pertinentemente del partido Junts per Puigdemont y afirma que su liderazgo es más decisivo para JxCat de lo que fue el de Pujol para Convergència.

«Convergència trascendía a su líder y era capaz de cultivar vínculos programáticos sólidos con una porción muy significativa de la sociedad catalana» y «CiU demostró tener una transversalidad política difícil de imaginar hoy». En cambio, «el éxito de JxCat sí ha estado estrechamente ligado a factores de tipo carismático»

A partir de «la declaración de independencia y la posterior activación del 155 (…) una idea muy poderosa vinculada a la figura de Puigdemont se extendió entre el independentismo: la restitución del “presidente legítimo”.»

La proclamada transversalidad no es otra cosa que la capacidad de cosechar apoyos en todos los campos: «Muchos votantes de la órbita de ERC se pasan a las filas de JxCat cuando Puigdemont entra en escena (…) Las encuestas indican que el único factor que puede explicar el éxito de JxCat (en comparación con el PDECat) es el atractivo electoral de Puigdemont.»

Por eso y sólo por eso «JxCat terminó imponiéndose a ERC en el último momento» y podría volver a hacerlo.

Dónde está Mas

El director del Punt, Xevi Xirgu, se pregunta dónde está Mas, qué piensa de todos estos movimientos y cuál es su postura: «Si ahora Mas guarda silencio, no da entrevistas (puedo dar fe de ello, porque le he pedido una insistentemente y no me la ha concedido), no da comunicados y no convoca ruedas de prensa, por algo será. Los silencios de Mas no son ninguna casualidad.»

Un pronunciamiento claro de Mas a favor o en contra del partido de nuevo cuño de Puigdemont, o de apoyo a los convergentes que se niegan a diluirse en él, podría decantar la balanza. Sin llegar a pensar, como Xirgu, que Mas es «un hombre de orden, cordura y un montón de cualidades detrás», su opinión aún cuenta mucho. Al fin y al cabo, se lo debe a unos y a otros; con él empezó todo. Él dejó la Generalitat en manos de Puigdemont, y el partido, en las de Marta Pascal.

¿No ha llegado el momento de que explique qué parte de su lema —«cap fred, cor calent, puny ferm, peus a terra»— le parece de mejor aplicación a corto y medio plazo? ¿No vivimos tiempos en que conviene, sobre todo, «cap fred» y «peus a terra»?

Ciertamente, concluye Xirgu, «un día u otro debería decirlo. Pero me lo imagino como un padre teniendo que elegir entre sus hijos». Debe ser una ironía, porque en la política los afectos filiales no existen. Tal vez está esperando un buen momento, pero el sentido de la oportunidad de Mas nunca ha sido su fuerte.

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