Santander

Vidas truncadas I

Interior de la Residencia Geriátrica Redós de Sant Pere de Ribes (Barcelona) Foto: Europa Press

El pasado 3 de mayo, The Economist publicó un excelente artículo titulado «Antes de tiempo, ¿habrían fallecido la mayoría de las víctimas del COVID-19 sin el virus?». La respuesta a esta inquietante pregunta tiene una gran trascendencia social y política, puesto que, si la abrumadora mayoría de víctimas de la epidemia hubieran sido personas en su mayoría de avanzada edad (como de hecho lo han sido) y afectadas por otras dolencias previas (como suele ser habitual en personas mayores), se podría concluir (eso sí, un tanto a la ligera y algunos lo hicieron) que las víctimas habrían fallecido a la postre por otras causas al poco tiempo. De resultar acertada esta conclusión, los ciudadanos podrían asimilar la devastación producida por el COVID-19 a los efectos de una plaga inevitable y enjuiciar con cierta benevolencia la gestión política de la crisis realizada por sus gobiernos.

Aunque al inicio del artículo en The Economist se incluían las opiniones de algunos ciudadanos que con escaso pudor y menos seso se expresaban a favor de la selección natural, por ejemplo, la conclusión alcanzada en el artículo no dejaba lugar a dudas: las víctimas del COVID-19 han perdido bastantes años de vida. Jorge Manrique nos recordaba en las espléndidas coplas dedicadas a su padre, escritas hace ya unos cuantos siglos, que la muerte a todos nos iguala, a «los que viven por sus manos/e los ricos», una certidumbre que, sin embargo, no invalida el lícito y casi universal deseo de retrasar cuanto nos sea posible el momento de alcanzar esa igualdad perfecta tan esquiva en la tierra, y a poder ser el hacerlo, como le acaeció a su padre, «cercado de su mujer/i de sus hijos e hermanos/e criados».

Hace unos días la cadena 2 de TVE emitió ya de madrugada -a las horas de máxima audiencia suele castigarnos reponiendo programas y series bastante grotescos desempolvados de los inagotables fondos de su videoteca- un programa especial dedicado a rememorar a algunas víctimas del COVID-19. Quienes tuvimos la suerte de verlo, pudimos escuchar a familiares expresar el dolor y la indignación que les ha causado la pérdida de sus padres, abuelos o amigos, y relatarnos la pesadilla interminable padecida por algunos de ellos para localizar sus restos. Apresuradamente y un tanto al azar, anoté algunas frases conmovedoras: «si se hubiera previsto ese pico, mi padre no habría fallecido», decía un hijo muy dolido; «mi madre se contagió yendo a recoger unas pruebas al Hospital de Valdemoro», unas palabras que expresan la frustración por una muerte tonta que quizá nunca debió haberse producido; y, por último, «tengo tantos recuerdos tuyos como lágrimas apretándome», la frase de una hija desolada que retumba en mi cabeza como «… doce/golpes de azada en tierra».

Las víctimas del COVID-19 han perdido bastantes años de vida

En otros artículos que he dedicado a examinar esta saga de muerte, dolor y lágrimas, he sostenido con datos, gráficos y argumentos que el gobierno Sánchez-Iglesias ignoró las advertencias y recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), recogidas en el informe conjunto realizado con el gobierno de China entre el 22-26 de febrero y que publicó el 28 de febrero. Durante esos días cruciales previos a la irrupción del COVID-19, Illa, ministro de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, y Simón, director del Centro de Coordinación de Alarmas y Emergencias Sanitarias, no sólo no alertaron a la población del peligro inminente de contagio ni prepararon el sistema sanitario y asistencial, tal y como pedía la OMS, sino que se dedicaron a tranquilizarnos y asegurarnos que en España no se producirían más allá de unos pocos contagios perfectamente controlados.

Cuando se declaró el estado de alarma el 14 de marzo, la expansión incontrolada de la epidemia estaba ya en marcha y el pico de casos que se produjo en la segunda quincena de marzo y la primera quincena de abril colapsó el sistema hospitalario, a pesar de los esfuerzos casi heroicos del personal sanitario que sufrió la tasa más elevada de contagios. En esos días fatídicos perdieron la vida miles y miles de personas que, con sus achaques y alegrías, podrían estar todavía hoy a punto de iniciar sus vacaciones de agosto, disfrutando de una calidad de vida similar a la que tenían en enero y febrero pasados.

Dos modelos de gestión contrapuestos

Las respuestas de los gobiernos al COVID-19 han sido muy diversas y también lo están siendo el número de casos y víctimas contabilizadas. Citaré dos modelos de gestión muy dispares, si no opuestos, cuyos resultados han sido también muy distintos. En China, un país enorme de 1.439 millones de habitantes y controlado por un partido único (PCC), esta primera oleada del COVID-19 se ha saldado con 84.292 casos totales y 4.634 fallecidos, y unas cifras de contagios diarios que se miden por decenas desde hace muchas semanas, lo que permite considerar que la epidemia está casi controlada. En Estados Unidos, una democracia bien asentada de 331 millones de habitantes, se han registrado 4.705.889 casos y han fallecido 156.747 personas hasta el 31 de julio, y aunque el número de contagios diarios ha disminuido considerablemente, la cifra es todavía muy elevada (70.924 el 31 de julio) para poder considerar controlada la epidemia.

En Estados Unidos (…) se han registrado 4.705.889 casos y han fallecido 156.747 personas hasta el 31 de julio

Si bien el porcentaje de fallecidos sobre casos totales en Estados Unidos, 3,33%, es significativamente menor que en China, 5,49%, las cifras de casos totales y fallecidos por millón de habitantes en Estados Unidos, 14.217,2 y 473,6, respectivamente, están muy alejadas de las muy modestas cifras registradas en China, 58,6 y 3,2, respectivamente. El índice de supervivencia de los infectados resulta claramente favorable a Estados Unidos y dice mucho a favor de su sistema sanitario, pero las abultadas diferencias en casos y víctimas por millón de habitantes indican que los gobiernos de la federación de Estados Unidos no supieron o quisieron frenar la expansión de la epidemia y los resultados cosechados han sido, comparativamente hablando, desastrosos.

¿Cuántas vidas podrían haberse salvado con un modelo sanitario y de gestión políticas diferente en cada país? No pretendo ofrecer aquí una contestación tajante a una cuestión hipotética y tan compleja, pero sí argumentar y sugerir que se podrían haberse salvado muchos miles de vida, especialmente en Estados Unidos. En efecto, si la tasa de mortalidad en China hubiera sido igual a la de Estados Unidos (3,33% en lugar de 5,49%), el número de chinos fallecidos habría sido 2.782, en lugar de 4.634, y se podrían haberse salvado 1.852 vidas. Pero si la expansión de la epidemia se hubiera controlado en Estados Unidos con la misma eficacia que en China, de modo que el número de infectados por millón de habitantes hubiera 58,6 en lugar de 14.217,2, el total de infectados estadounidenses habría sido 19.397 y de fallecidos, obtenido al aplicar a esta cifra la tasa de mortalidad de Estados Unidos (3,33%), 646 en lugar de 156.747, habiéndose podido salvar la inmensa mayoría de los fallecidos.

Años de vida perdidos

La cuestión general que planteaba el artículo en The Economist podría reformularse a la luz de los cálculos anteriores preguntándonos si los 1.852 chinos o 156,747 estadounidenses fallecidos que podrían haberse salvado, seguirían hoy vivos o habrían muerto por otras causas al poco tiempo. De ser este el caso, de poco servirían los esfuerzos de mejorar la eficacia del sistema sanitario o los protocolos seguidos en Estados Unidos para controla la epidemia. Pues bien, aunque muchas de los fallecidos a causa del COVID-19 eran personas de edad avanzada, y lógicamente bastantes de ellas padecían otras enfermedades, se puede concluir que casi todos ellos seguirían hoy entre los vivos y que muchos de ellos seguirían estándolo durante bastantes años. No se trata de una afirmación gratuita sino fundamentada en las estimaciones de años de vida perdidos (YLL=years of life lost) que proporciona la OMS y se ha incluido en el Anexo I y en los resultados de dos estudios específicos realizados con víctimas del Covid-19.

Los principales resultados del primer estudio que motivó el artículo de The Economist estiman en 14 años para los hombres y 12 años para las mujeres el número medio de años perdido por las víctimas del COVID-19, cifras que se reducen a 13 y 11 al corregir los resultados para tener en cuenta el índice de morbidez de los infectados. El Cuadro 1 muestra los resultados desglosados para hombres y mujeres y varios grupos de edad a partir de 50 años. La primera columna es el índice de morbidez que indica el número de enfermedades prevalentes de las víctimas, y el resto de las columnas muestran la cifra media de años de vida perdidos para cada subgrupo. La última fila del cuadro nos muestra la media de años perdidos para cada uno de los grupos de edad.

Como el lector puede constatar, el número de años perdidos disminuye a medida que aumenta el índice de morbidez y la edad, pero incluso en los casos de infectados con mayor número de dolencias preexistentes las estimaciones de años perdidos indican que casi todos ellos habrían pasado este verano entre los vivos. Obsérvese también que tanto los hombres como las mujeres con más de 80 años podrían haber vivido algo más de 4 años de no haber padecido el COVID-19 y aquellos con edades comprendidas entre 50 y 59 años un cuarto de siglo más. Aunque los autores no proporcionan resultados para los grupos con edades inferiores a 50 años, cabe suponer que estas personan habrían sobrevivido bastantes años más.

Cuadro 1. Años de vida perdidos según índice de morbidez, grupos de edad y sexo

Tanto los hombres como las mujeres con más de 80 años podrían haber vivido algo más de 4 años de no haber padecido el COVID-19

Un estudio publicado en MedRXIV el 6 de junio analiza las muertes producidas en Estados Unidos por COVID-19 entre marzo y mayo de 2020 junto con las de fallecidos por otras causas en los mismos meses de 2018, a efectos de realizar comparaciones, a ser éste el último año para el que se dispone de datos desglosados por causa de muerte y grupos de edad. Según los cálculos de los autores que se incluyen en el Cuadro 2, el número de fallecidos por Covid-19 entre marzo y mayo de 2020 fue 104.381, superando el número de fallecidos por Cardiopatías isquémicas, la segunda causa principal de muerte en los mismos meses de 2018. El estudio estima en 1.128.186 el número de años perdidos, lo que sitúa al Covid-19 como la segunda causa de mortalidad en cuanto a años de vida perdidos se refiere. Por otra parte, la media de años perdidos es 10,8, una cifra no muy distinta a las obtenidas en el estudio anterior, aunque bastante inferior a la media de años perdidos (15,1 años) por todas las patologías.

Cuadro 2. Años de vida perdidos de las víctimas de Covid-19 en Estados Unidos

Nos fastidiaron ustedes a base de bien

Algo así podrían decirles las víctimas del COVID-19, si pudieran expresarse a través de un médium, a los responsables políticos que no adoptaron las medidas adecuadas para prevenir la expansión de contagios ni prepararon el sistema sanitario para minimizar el número de víctimas. La experiencia internacional indica que, si bien las condiciones sanitarias reducen significativamente la tasa de mortalidad y salvan vidas, la variable crucial para minimizar el número de víctimas y el número de años de vida perdidos es adoptar una estrategia decidida y autoritaria para frenar la expansión de los contagios. China, a pesar de las limitaciones del sistema sanitario, presenta tras esta primera oleada de la pandemia cifras de víctimas (y años perdidos, por tanto) muy bajas, en tanto Estados Unidos, pese a contar con un mejor sistema sanitario, deja por el camino a decenas de miles de personas y cosecha pérdidas millonarias en años de vida.

Lo ocurrido en Estados Unidos ejemplifica con ligeras variaciones -algunos países cuentan con peores sistemas sanitarios y sus economías no están tan desarrolladas- aplicarse a la mayoría de los países que han afrontado la pandemia con elevadas dosis de infantil autocomplacencia, como ya apunté en otro artículo (“El COVID-19 desnuda a la clase política de Occidente”, publicado en El Liberal el 23 de mayo). Para librar con éxito una guerra o hacer frente a una epidemia hace falta, desde luego, contar con una buena logística, pero sobre todo con un cuartel general competente y bien informado, y una cadena de mando que asegure la pronta respuesta de todas las unidades en el campo de batalla. En Vidas truncadas II, examinaré con detalle cómo lo ha hecho el SIS en España.

Buen mes de agosto, a pesar del coronavirus.

Anexo I. OMS: tabla estándar de años de vida perdidos (YLL)

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