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Por qué el feminismo está perdiendo credibilidad

Concentración con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer Foto: Europa Press

El movimiento feminista atraviesa una época de peligrosa conformidad intelectual. Si bien el gran logro del feminismo fue reivindicar algo tan importante como que las mujeres son seres humanos y sujetos políticos, hoy muchas de sus demandas y teorías son de lo más descorazonadoras. Muchas personas (entre las que me incluyo) nos identificamos como feministas, entendiendo el feminismo como la lucha por la igualdad de género. Sin embargo, nos sentimos ciertamente perturbadas y en ocasiones, hasta avergonzadas, de que el engranaje teórico del feminismo se haya convertido, a grandes rasgos, en una doctrina ideológica, en un dogma de fe.

Si decidí ser feminista fue porque el feminismo me ofrecía una alternativa a los tradicionales espacios y roles a los que se había destinado socialmente a las mujeres. Esa alternativa pasaba por la independencia y la libertad, pero también por impulsar políticas que, basándose en el conocimiento de la realidad, redujeran la desigualdad de género. Actualmente, la situación que percibo es muy distinta.

Con ello no quiero decir que no haya nada que hacer o que no existan preocupaciones feministas legítimas. Tampoco voy a renunciar a ser feminista: creo que todas las personas que defendemos los derechos humanos deberíamos estar en contra del sexismo. Más bien, lo que deseo es marcar distancias con respecto a un estilo de feminismo que además de imponer el engaño táctico es cada vez más tramposo, autoritario, iliberal y antidemocrático.

Es obvio que en el movimiento feminista se dan cita multitud de corrientes de pensamiento. No obstante, las corrientes actuales más influyentes, que vienen a constituirse como el feminismo hegemónico, comparten la idea de que vivimos en una sociedad patriarcal. Es decir, que las mujeres siguen siendo una clase dominada por los hombres, que serían los opresores. Este discurso, donde el patriarcado se presenta como ahistórico y meramente descriptivo, simplifica la complejidad del pasado e interpreta la realidad actual como si fuera una narrativa inalterable.

Esta imagen del mundo social, no solo es que sea estúpida, es que es muy irresponsable

¿Acaso no es contradictorio mantener que vivimos en un patriarcado mientras que el estado español, por ejemplo, aprueba, protege y promueve las llamadas políticas de igualdad? ¿Qué evidencia empírica existe sobre que la sociedad española es un patriarcado? ¿De verdad que alguien nos quiere hacer creer que las familias, en general, educan a sus hijos para ser violadores y a sus hijas para ser esposas y sumisas? Esta imagen del mundo social, no solo es que sea estúpida, es que es muy irresponsable cuando está en boca de algunas figuras políticas, académicas y culturales.

Seguramente hubo un momento de la historia de la humanidad en el que el patriarcado tuvo una gran influencia en la organización de la sociedad y por tanto, en la posición social de las mujeres. La sociedad occidental ha ido integrando y reconociendo paulatinamente los derechos de las mujeres. De hecho, gran parte de ese logro según comparte el movimiento feminista se lo debemos a los antiguos movimientos de mujeres, por ejemplo, a las sufragistas. Con ello no quiero decir que la violencia y la discriminación contra las mujeres haya dejado de existir. Pero cabe no perder la perspectiva: esto no es la antigua Mesopotamia ni la Edad Media y no, tampoco es la circunstancia de nuestro país similar a Arabia Saudí. Así pues, por más que se empeñe cierta retórica feminista en explotar el lenguaje y la cultura de la indignación, lo cierto es que es absurdo e inexacto mantener que estamos oprimidas por un patriarcado.

Una de las consecuencias de la creencia de que vivimos en una sociedad patriarcal es la continua victimización de las mujeres. Ahora parece que nadie puede hablar sobre la causa de la mujer sin señalar antes que es una víctima. ¿Quién va a ser tan insensible cómo para dudar de una víctima? Obviamente, es una víctima imaginaria, no una víctima real, pero como explica Daniele Giglioli en Crítica a la víctima semejante ficción se construye siempre integrando elementos reales o con cierta credibilidad.

Por ejemplo, en comparación con los hombres, las mujeres son asesinadas por sus parejas o ex parejas en mayor medida. Partiendo de este dato, el cual puede cotejarse a través del Informe sobre el Homicidio en España, cierto sector del feminismo comparte indignado: «¡nos están matando!» No tiene ningún sentido. Ni siquiera la mayoría de asesinos de mujeres, incluso en el caso de que haya crímenes que se basen en ideas misóginas, son seriales. Pero semejante ceguera es ya un síntoma de las propias instituciones. Mucha ciencia social para complacer la propia ideología, pero poco análisis y criminología.

Ni siquiera la mayoría de asesinos de mujeres, incluso en el caso de que haya crímenes que se basen en ideas misóginas, son seriales.

De hecho, el discurso de muchas instituciones, como es el caso del Ministerio de Igualdad y de varias asociaciones de mujeres, se basa en repetir una y otra vez que nuestra sociedad sigue siendo desastrosa para el común de las mujeres. Por supuesto, esto conlleva muchas paradojas. Aquí va una: mientras se pone (y con razón) el grito en el cielo por el techo de cristal se obvia que la mayoría de trabajos de fuerza son un coto masculino. El dato de que el 95% de los fallecidos por accidente laboral sean hombres parece que no interesa tanto cuando se trata de hacer políticas de igualdad. ¿No debería una institución preocupada por la igualdad de género interesarse tanto por el techo de cristal como por la brecha de muertes en accidentes laborales? ¿Por qué ahora se percibe como impopular garantizar las condiciones de seguridad y dignidad también para los chicos? Puede que las mujeres sigamos sufriendo discriminación e injusticias en determinados ámbitos, pero confundir la igualdad de género con el ginocentrismo no es el camino.

Los efectos de la victimización femenina no acaban ahí. A la tendencia de presentar a la mujer como eterna víctima, le sigue el sentimiento de indefensión que están avivando en muchas mujeres, especialmente en las más jóvenes. Aunque España es uno de los países de Europa más seguros, según los datos de la Oficina Europea de Estadística (Eurostat), se inculca el temor, la vigilancia y la desconfianza en el sexo masculino. Es mediante la ética del miedo cuando las mujeres aprenden que son sumamente vulnerables, cuando se convencen que están en constante peligro, que tienen que vivir asustadas… ¿Contribuye esto a la emancipación? Claro que no. ¡Solo alimenta el complejo puritano de dama en apuros! Además, parece que no hay espacio para crear la igualdad con los hombres, sino que, por el contrario, lo que se persigue celosamente es la protección histriónica de ellos.

La ideología no debería marcar el futuro del feminismo. Hay activistas y académicas feministas serias cuyo trabajo se ve cuestionado y condenado al ostracismo por renunciar a un estilo de feminismo radical y usurero. Si queremos que el feminismo siga transformando nuestra sociedad y no acabe siendo un sinsentido, una mera parodia; estamos obligadas a apostar por las visiones disidentes. Cuando el feminismo se convierte en una burbuja, todo el mundo se siente parte de él y se cree con derecho a justificar bajo su nombre cualquier idiotez. Necesitamos revisar urgentemente la teoría feminista y equilibrar, al menos, razonadamente la discusión. El control de calidad del feminismo se llama crítica: hagamos uso de ella, por favor.

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