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Carles Puigdemont y la confrontación inteligente

El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont en su visita al Departamento de Pirineos Orientales en Perpignan (Francia) Foto: Europa Press

No hay catalán que no conozca una jocosa canción de la Trinca titulada “Califa”, que se remonta a 1973. En ella se ironiza sobre un «país oriental» donde rige «un código muy chulo» pero que no sirve de nada porque el califa, en caso de necesidad, según el artículo 26, puede pasarse por cierto sitio todas las leyes del país.

Carles Puigdemont, con aparente seriedad, ha ido a la Universitat Catalana d’Estiu a dar su particular versión del artículo 26. Se trataría de una Disposición Adicional 5ª en la Constitución española que, secretamente, establece que en caso de demandas catalanas se aplicará el «a por ellos».

Después de esta lección de constitucionalismo recreativo para ilustrar la imposibilidad de negociar nada con España, afirma que sólo cabe, como titula Vilaweb, la «gestión inteligente de la confrontación con el estado».

Parecía que el uso de la inteligencia había quedado descartado en la estrategia independentista, dado su intenso recurso a la exacerbación de los sentimientos, pero ahora el líder de JxCat apela al razonamiento para cohesionar a los suyos y conseguir nuevos seguidores.

El espectáculo de división y enfrentamiento entre las dos principales fuerzas independentistas ha llegado demasiado lejos, hasta el punto de que peligra la renovación de su coalición de gobierno. Se impone un golpe de timón para renovar el consenso.

En un tweet resume así el espíritu de la conferencia y trasluce su intención de presidir el movimiento independentista entero: «Allí donde ahora hay desorientación puede haber orientación. Allí donde ahora hay división puede haber unidad. Allí donde ahora hay cabreo puede haber esperanza. Allí donde ahora hay desmovilización puede haber movilización.»

La mayoría de los independentistas son fácilmente receptivos a la premisa de que España no va a cambiar nunca. Otra premisa es que ni los líderes que han acabado en la cárcel ni los que han acabado en el exilio han cambiado de opinión; ni tampoco la mayoría de sus votantes. Y también es evidente una tercera, que cuando han estado más unidos, han sido más fuertes. Por eso, la de la confrontación es la «única vía transitable, realista y sin falsas ilusiones».

El mensaje está claramente dirigido a los independentistas que puedan haberse hecho falsas ilusiones, para que abandonen toda esperanza en soluciones pactadas, mesas de negociación, reformas del Estado o gestos del gobierno. Dicho de otra manera y sin aludir a nadie personalmente: los dirigentes de ERC están muy equivocados.

Y para conjurar la moral de derrota que puede haberse instalado en el ánimo de algunos, el título de la conferencia ha sido una pregunta, Independència desactivada?, para subrayar el hecho de que lo único que podría impedir que el objetivo anhelado caiga como fruta madura sería el cambio de opinión de los independentistas y su decisión de hacerse españoles.

«La república no existe, idiota», le replicó un lúcido mosso d’esquadra a un manifestante de los CDR en medio de unos disturbios. Puigdemont ha venido a recordar a los independentistas todos que la independencia existe. Existe porque ya la proclamó y sólo ellos, si renuncian a la unidad y —no lo dice pero se sobreentiende— a su liderazgo podrían desactivarla.

Hay que hacer pues caso omiso de la aspiración a acuerdos negociados que manifiestan la mayoría de catalanes, como él mismo reconoce, pero en la apuesta por la confrontación inteligente con el estado que reclama Puigdemont faltan aún por concretar los pasos a seguir —lo que antes se llamaba en estos ambientes la hoja de ruta—, aunque no cuesta mucho imaginar a grandes rasgos cómo podría ser.

Y no cuesta imaginar cómo podría ser si uno se fija en los episodios de protesta más celebrados en el exilio. Un ejemplo entre tantos, esto es lo que decía Clara Ponsatí el 29 de febrero: «¡Buenos días a toda la gente que cada tarde resiste en la Meridiana! ¡Buenos días a los que caminásteis durante días en las marchas de la libertad! ¡Buenos días a los que ocupásteis el aeropuerto! ¡Buenos días a los jóvenes que ganásteis la batalla de Urquinaona! ¡Estamos orgullosos de vosotros! ¡Y os necesitamos más que nunca!»

El propósito principal de la conferencia ha sido desacreditar, y consiguientemente apartar, a los que no consideran inteligente una confrontación con el Estado, y dejar claro que lo único inteligente es apostar por la confrontación.

Después de la opa a lo que quedase de Convergència, ahora viene la opa a ERC, más hostil incluso.

De alcalde ausente a presidente por accidente

Joaquim Oliva Sala, que fue concejal en el Ayuntamiento de Girona a las órdenes de Puigdemont, ha publicado un artículo en el Diari de Girona que no tiene desperdicio y ayuda a entender el personaje.

El libro de memorias de Puigdemont, M’explico, abarca, como su subtítulo indica, de la investidura al exilio. Y ya se anuncia una continuación, sobre sus actividades en el extranjero. Oliva Sala, con un cierto ánimo de ajuste de cuentas, sugiere una precuela que se podría titular como su artículo: De alcalde ausente a presidente por accidente.

«Si Artur Mas no hubiera dado un paso al lado, poca gente conocería a Puigdemont, bien, los gerundenses sí, por algo lo teníamos de alcalde, aunque casi siempre estaba en Barcelona y el día a día lo teníamos que llevar los tenientes de alcaldes y los asesores. Y el día que tuvo que nombrar sucesor en la alcaldía apuñaló a sus tenientes de alcaldes y puso de alcalde al número 19 de la candidatura, Albert Ballesta, quien duró 64 días en la alcaldía porque pactó con Cs y PP un sueldo de 75.000 €.»

Aunque no lo menciona, vale la pena recordar con qué énfasis entonces Pilar Rahola defendió a Ballesta como el mejor sustituto posible y el más preparado para presidir el ayuntamiento, dejando implícitamente a los otros 17 de la lista a la altura del betún.

Prosigue Oliva Sala: «El día que vino a renunciar a la alcaldía nos dijo en privado: “Le he puesto dos condiciones al presidente Mas para aceptar el cargo: que no seré candidato a la Generalitat y que no quiero ningún cargo en la dirección del partido”.» Seguramente se vio forzado a renunciar a tan modesto propósito por designios del destino histórico.

También le reprocha su papel en la demolición de CDC: «Participó en la fundación del PDeCAT, pero le molestaron las reglas democráticas del partido, concretamente aquellos artículos de los estatutos que obligaban a hacer primarias para escoger los candidatos a las listas.»

Asimismo, el propósito de «imponer su pensamiento único al independentismo». Ahora ha sido «elegido por el 99,3% de los votos (esto no pasaba ni en la Bulgaria comunista) mientras destrozaba el independentismo de centro, provocando divisiones en la postconvergència e incorporando oportunistas procedentes de la izquierda».

Hacen falta más intervenciones de este tipo para entender bien los hechos de estos últimos años y poner a cada cual en su lugar. Los hombres providenciales pueden esfumarse en cuanto uno atiende a los hechos que han protagonizado.

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