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Artur Mas no sale de la papelera de la historia

El ex presidente Artur Mas, durante la rueda de prensa (Europa Press).

Artur Mas ha renunciado definitivamente a la política. Ha reconocido estar «triste, decepcionado y molesto», como destaca Vilaweb, ante la división existente en el campo independentista, pero nada más. No reconoce haberse equivocado en el objetivo —la independencia—, ni en el método para llegar a él —el pronunciamiento—, ni en la elección de las personas —especialmente, la de su sucesor Carles Puigdemont—; ni se le ocurre atribuir esa división a las dificultades inherentes a la empresa, ante las que caducan los compromisos adquiridos y cada facción busca su particular manera de mantenerse en pie. 

«Si no hay unidad dentro del soberanismo, nadie nos tomará en serio (ni en Madrid ni en Bruselas). Las plataformas unitarias han pasado a la historia, pero tenemos que buscarla en la estrategia. Es la condición sine qua non. Sin unidad no hay recorrido. Sin unidad nos quedamos en la autonomía. Esto interpela a los que están al frente. Y en cuanto a mi espacio, que es el que más ha hecho por predicar la unidad, es difícil hablar de unidad cuando dentro no conseguimos garantizarla del todo. Intentaré ser un puente, alejándome de la política, e intentaré hacer de puente entre los míos y otra gente.»

Los suyos son tanto el partido sucesor de CDC, el PDECat, como el partido que ha creado Puigdemont, JxCat, atrayendo a buena parte de la militancia convergente: «Siento como propio el espacio de JxCat, pero me quedo en el PDECat.» No va a terciar pues en las disputas entre ambos, ni los desorientados encontrarán en él consejo. No va a criticar nada de lo que resuelva Puigdemont —¿ni siquiera la peregrina idea de la confrontación inteligente?—, aunque sí se ha permitido censurar los recientes cambios en el gobierno Torra, especialmente el cese de la consejera Àngels Chacón —como si fuera Torra el responsable último de la decisión—. 

Entrevistado en Rac1, se mostró vacilante ante la pregunta: «Alguien que se sienta liberal independentista, ¿a quién ha de votar?» Y responde con un decepcionante: «A quien crea conveniente.» Luego sugiere al votante que, si se confirma la separación de PDECat y JxCat, analice los programas de cada uno y vote en conciencia, algo que ya se le puede ocurrir a cualquiera. Nada que decir sobre la transformación de razonables señores más bien de derechas en insensatos agitadores de extrema izquierda. No va a ser él quien los frene.

Vicent Partal Artur Mas, la clarificació— está bastante satisfecho: «El hecho de que Mas marque los límites a su sucesor no entrando en JxCat puede hacer pensar a un público determinado, votante tradicional de Convergència, que Puigdemont es demasiado radical», pero «que los caminos de Mas y Puigdemont se separen también puede atraer hacia el presidente legítimo a un tipo de votante que precisamente pedía gestos claros de ruptura con lo que llamaban el pasado convergente.»

Partal reitera su pronóstico sobre «el cambio estratégico que se gesta», siempre inminente, «después de tres años de confusión»; un cambio que, más allá de los vaivenes electorales, será todo «movimiento sísmico en la sociedad catalana». Es decir, lo de siempre: la configuración de un bloque irreversiblemente independentista decidido a enfrentarse al Estado y a quien se oponga a sus planes. 

Antes de la sentencia a los líderes del proceso, Mas se reunió con Pedro Sánchez pero sólo alcanzó a decirle que «la autodeterminación era un punto de consenso dentro de la sociedad catalana y que había que trabajar para hacerlo realidad», según sus propias declaraciones; no es extraño que no hayan vuelto a hablar.

En definitiva, la rectificación no entra en sus planes. Cuando renunció a la presidencia, en enero de 2017, un diputado de la CUP se jactó de haberle enviado a la papelera de la historia, algo que parecía excesivo en aquel momento. Pero Mas se ha resignado a su destino y no hará nada para enmendar los errores cometidos ni para impedir que los vuelvan a cometer.

El proceso a la independencia es un proceso revolucionario de manual en el que los moderados son sucesivamente desbancados por los radicales. Estos verán en la dimisión de Artur Mas un episodio clarificador y una prueba de que no hay vuelta atrás. Los moderados siempre creen, en un primer momento, que son los más inteligentes y que serán capaces de detener a los radicales cuando convenga, pero siempre ocurre lo contrario, que son las primeras víctimas de los desbordamientos. Cuando se dan cuenta de las consecuencias de sus actos, ya es demasiado tarde.

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