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Frívola, pero de izquierdas, excajera y muy feminista

La ministra de Igualdad, Irene Montero, Foto: Europa Press

A pesar de todo, Irene Montero está dispuesta a regalarnos grandes momentos y titulares memorables. En esta legislatura, sigue sin encontrar su sitio y lucha, apasionadamente, por ser protagonista. Se lo ha tomado muy en serio y ya hasta araña el papel cuché. No puede limitarse. Quiere ser distinta, llegar a otros públicos, arrasar entre las masas… Quizá porque hay comparaciones que pueden resultar odiosas. Nadia Calviño o Margarita Robles, con las que comparte gobierno, muestran su sentido del deber y de la responsabilidad. Pueden caer mejor o peor, estar más o menos acertadas en sus decisiones, pero, desde luego, pocos dudarán sobre su actitud respetuosa y democrática. Montero, en cambio, ha decidido reivindicar la frivolidad como forma de hacer política.

Confieso que seguir sus apariciones se ha convertido en una especie de placer culpable. Algunos la llaman la Preysler de Galapagar mientras señalan a su vez su falta de coherencia. No creo que les falte razón. Sin embargo, todos pecamos de frívolos alguna vez. Es un desliz colectivo y ni siquiera, en eso, ella es especial.

El problema es que Montero utiliza la frivolidad como un escudo, como un mecanismo de defensa, ante un escenario dramático e incierto. Lo ha convertido en su seña de identidad. Fantaseaba con un Ministerio de Igualdad hecho a su imagen y semejanza. Quería ser una heroína, hacer historia y salvarnos a todas. Prometía revolucionar las instituciones, no pasar desapercibida en este gobierno progresista… Sin embargo, vino una pandemia y le deslució las competencias. Debió ser un trago amargo.

Montero utiliza la frivolidad como un escudo, como un mecanismo de defensa, ante un escenario dramático e incierto

La verdad es que cuando aquello sucedió yo ya me había enganchado a ese sitcom sobre su vida en el Ministerio de Igualdad. Me gustaba verla sorprendida, como cualquier niño de excursión en el zoo, mientras se movía por los pasillos… Desprendía ternura. Casi me llega a parecer simpática. También tenía algo de hipnótico observar cómo ejercía de madraza. Pero luego lo pienso y el escenario me parece dantesco, ¿qué funcionaria pública tiene permitido traer a sus hijos al despacho? Lo que Montero vendía como ‘igualdad’ no era más que un alarde de sus privilegios.

Pero, dejando lo malo a un lado, admito que lo que más me gustó fue el momento de su cumpleaños. Ahí ya no había espacio para la interpretación, la verdad traspasaba la pantalla: no tenía un buen equipo técnico sino un portentoso y entregado club de fans. Aquello fue toda una revelación, pues explicaba porque sus propuestas de ley, como la ley de libertad sexual o el anteproyecto de ley trans eran toda una chapuza a nivel técnico. 

Su primer 8 de marzo con la cartera de Igualdad fue también un episodio inolvidable, digno de un buen cierre de temporada. Sus declaraciones off de record sobre la gravedad de la COVID-19 desvelaron, además de su cinismo, lo que es más importante: su irresponsabilidad. Pero no había tiempo para asumir errores, pues en el despacho se estaba fraguando un plan feminista revolucionario: perseguir a las trabajadoras sexuales y llamarlo progreso, prometerles el Ingreso Mínimo Vital (IMV), pero sin asegurar su accesibilidad.

En el despacho se estaba fraguando un plan feminista revolucionario: perseguir a las trabajadoras sexuales y llamarlo progreso

La segunda parte de su particular sitcom ha continuado en la prensa del corazón. Ahí está una vez más su torpeza. Estábamos acostumbrados a la frivolidad de tipos como Trump, Abascal o Bolsonaro, pero ha venido Irene a demostrarnos que también desde la izquierda se puede hacer mal, fatal. Mientras que las clases trabajadoras vuelven a ser las más golpeadas por la crisis de la COVID-19, la atención primaria se encuentra en una situación sumamente delicada y muchas familias han quedado rotas por la pérdida de sus familiares, Montero juega a ser modelo.

No creo que la política tenga que ser continuamente seria y aburrida. Tampoco considero que el hecho de que una ministra pose para una revista del corazón sea un terrible pecado o que sus entrevistas tengan que ceñirse, exclusivamente, por ser de izquierdas, a Mundo Obrero. Pero me sonroja, por lo inmoral de la acción, en estos momentos. Cuando más ética y mayor credibilidad en las instituciones necesitamos, parece que es cuando más otros hacen el payaso. Quiero pensar que semejante puesta en escena forma parte de la vuelta a la normalidad. Si volvía la Liga, los bares, los coles, los cines, pues tendría que volver, asimismo, la frivolidad.

Ciertamente, aquello pudo ser una oportunidad para empatizar con los problemas que enfrenta actualmente la ciudadanía. No obstante, prefirió hablar de sus anécdotas cotidianas como que para su suegra era muy importante vestirse bien, que sus hijos tenían que elegir entre tres camisetas distintas todos los días, que era muy lista, que caía muy bien a sus escoltas… Familias preocupadas por no llegar a fin de mes, porque no saben qué pasará con sus empleos, saturadas por las escasas posibilidades para la conciliación y Montero, una vez más, fuera de contexto.

Montero goza de un estado de gracia, como si fuera sido indultada del error, la vergüenza y la culpa

Podría incluso haber aprovechado la ocasión para al menos vestirse con marcas españolas, con prendas de jóvenes diseñadores, con ropa cuya producción es ética… Pero no, ella luce grandes marcas y no pasa nada. Porque su incoherencia ya no es tal cosa sino que, para su conciencia, responde a una visión de la izquierda más abierta, plural, siempre en constante dinamismo, reinventándose contra el patriarcado y el capital ahora desde dentro, como un caballo de Troya, perdido en su recorrido y vacío en su contenido… Siguiendo a su partido, durante su etapa en la oposición, impuso el dogma dicotómico: los malos y los buenos, la casta y el pueblo, los mentirosos y nosotros. Nos convencieron de que todos éramos iguales y todos deberíamos ser iguales.

Sin embargo, hoy Montero goza de un estado de gracia, como si fuera sido indultada del error, la vergüenza y la culpa. Mientras se empeña en dar lecciones a todos y todas, justifica su puesta en escena con nuevas proclamas: “el acceso a la belleza es un derecho”. Y sí, con un pie de foto estupendo, divino: “la política y mujer del vicepresidente Pablo Iglesias luce vestido de Maje y abrigo oversize de lana de Mango”. Pero, ¿quién se pone un abrigo de lana en pleno septiembre? ¡Está tan perdida! ¿A quién le va a importar su gestión entre tanto colorín?

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