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Benevolencia líquida

Imagen del vídeo de la campaña institucional salimos más fuertes/ Europa Press

En estos meses de pandemia uno de los mensajes más frecuentes animaba a que valorásemos su ‘lado bueno’. Mucha gente estaba muriendo, perdiendo a sus seres queridos, quedándose sin trabajo, pero había que ser positivo o al menos, intentarlo. Había que evitar la ansiedad, mantener a raya la amargura y por encima de todo, no llorar, no venirse abajo. En definitiva, no hacer de un problema global un drama personal. 

Al parecer la pandemia era una oportunidad para conectar con uno mismo, aprender a echar de menos, conocer a tus vecinos de balcón a balcón, descubrir el valor de la solidaridad o tomar conciencia de las auténticas necesidades vitales como hacer yoga o hablar más con tus padres. Ciertamente, para perseguir tales objetivos, no era necesario que irrumpiera en nuestras vidas ningún virus letal y hubiera cientos de miles de muertos, pero ahí estaban los herederos de Mr. Wonderful y su dictadura de la eterna sonrisa. El sufrimiento era solo una cifra, el aplauso sanitario una fiesta, el teletrabajo la nueva revolución. Sí, el ser humano era vulnerable, pero también una especie condenada a ser feliz o en su defecto, simularlo.  

En política, la distorsión de la realidad también tuvo su particular protagonismo. Pasado el pico de contagios y descongestionadas las UCIs, el presidente Pedro Sánchez también nos invitaba en su discurso a ser conscientes del ‘lado positivo’ de la nueva normalidad. El eslogan ‘Salimos más fuertes’ se esforzaba, por un lado, en proteger su liderazgo; y por otro, pretendía devolver la sensación de éxito y felicidad a nuestro día a día. Supuestamente estábamos unidos y España era algo así como una, grande y granítica. Aquel era un himno que no admitía espacio para la duda, a caballo entre el golpe de pecho y el grito de guerra.  

El eslogan ‘Salimos más fuertes’ se esforzaba, por un lado, en proteger su liderazgo; y por otro, pretendía devolver la sensación de éxito y felicidad

No sé de quién sería la idea, pero solo un incauto puede creer que bastan tres palabras para que, en semejante escenario y con una cuestionable gestión a las espaldas, gran parte de la población se sacudiera mágicamente el desánimo, la polarización y el desquicie. Idealizar una pandemia a través de súbitos inputs puede darnos subidón al principio, pero a la larga puede convertirse en una gran fuente de frustración. 

En relación a lo anterior, el mensaje es mucho más estúpido y perverso cuando se impulsa desde las propias instituciones. No solo resulta discutible como propaganda política sino que viene a ser también un ejercicio torpe y cargado de cinismo. El riesgo de que la COVID-19 afectara también a la economía y al bienestar social era real, no una fantasía. Como ciudadanos íbamos a salir jodidos, pero no más fuertes. 

Atravesamos un nuevo ciclo. Al miedo al contagio se le une ahora la preocupación por la gestión del poder político, tanto a nivel estatal como autonómico. Es difícil mantener una mirada esperanzadora en la revalorización de la acción pública, especialmente cuando las propuestas para enfrentar la crisis de la COVID-19 muestran, en general, una falta de viabilidad. Parece que la fortaleza prometida es, en cambio, un panorama de confusión, incertidumbre y desencanto. Somos testigos de un gobierno que pierde credibilidad y una oposición dividida entre quien le toca los bongos y quien, por el contrario, solo sabe llamar la atención y hacer el payaso. 

Comparto la teoría de que la pandemia no actúa exclusivamente como un desigualador social, también hace más profundas las brechas preexistentes, incluidas las ideológicas

Comparto la teoría de que la pandemia no actúa exclusivamente como un desigualador social, también hace más profundas las brechas preexistentes, incluidas las ideológicas. En estas circunstancias ya no nos conformamos con saber la verdad o no querer que quienes nos representan nos mientan. La tristeza y el enfado empiezan a marcar a la ciudadanía. La improvisación y la confrontación en el terreno político acaba por alterar nuestras conductas. El voto de la venganza y el castigo va tomando forma, pero ¿tiene sentido?  

Pedimos y exigimos, confundimos opinión con conocimiento, caemos en la contradicción y luego evitamos profundizar en las razones. Quizá haya voluntad para hacerlo bien o al menos para no hacerlo peor, pero ésta se nos escurra entre las manos al creer que la política es solo una técnica de manipulación. Es entonces cuando yo me pregunto si acaso nosotros, los ciudadanos, queremos ser mejores, mejores que quienes nos gobiernan. Existe el riesgo de que lo radical y lo mediocre no solo se retroalimenten sino que en esta nueva normalidad salgan reforzados. Curiosamente ese riesgo, al igual que la COVID-19, tampoco distingue entre políticos y ciudadanos. 

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