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Urquinaona: pánico en las élites

La policía dispersa la zona de Urquinaona en Barcelona (Foto de Archivo) Fuente: Europa Press

«No es la independencia, es la revolución», dicen que dijo un empresario hace un año, cuando se produjeron las protestas por la sentencia a los líderes independentistas. 

¿Pues qué si no? Ya nos habían dejado claro que esto no iba de Cataluña, que no iba de independencia, sino de democracia. Lo dijeron especialmente días antes del referéndum del 1 de octubre de 2017. Pero tampoco iba de democracia sino de cargársela. 

El diario Ara presenta un resumen de cómo vivieron los grandes empresarios catalanes aquella semana que empezó el lunes 14 de octubre de 2019, cuando se dio a conocer la sentencia: Urquinaona: el divorcio de las élites

El primer gran asalto fue el intento de parar el aeropuerto de Barcelona. Hubo enfrentamientos con la policía pero no lo consiguieron: «Sólo se cancelaron 110 vuelos, mientras el 87% de las operaciones se hacían sin incidencia.» Otro gran momento fue la noche del viernes 18 en torno a la jefatura de la Policía Nacional: la llamada batalla de Urquinaona. 

La frecuente evocación de aquellos actos de violencia, que alcanzan dimensiones épicas en el ralato de los independentistas partidarios de la sublevación, está sirviendo para mantener la ilusión en horas bajas.

El balance fue, según el Ara, el siguiente: «Más de 600 heridos, 13 de los cuales requirieron hospitalización (…); 200 detenidos, cerca de 300 vehículos policiales dañados, y, sólo en Barcelona, un millar de contenedores quemados y destrozos por valor de más de dos millones de euros.»

La noche del Planeta

Al balance de daños añade el diario que aquella semana quedaron dinamitados «los puentes entre las administraciones y el alto empresariado barcelonés». 

La noche del martes al miércoles, cuando se celebró la entrega del premio Planeta mientras se desencadenaba la violencia ante la delegación del gobierno español en Cataluña, «supuso un antes y un después. En una cierta Barcelona empezaban días de pánico».

A la mañana siguiente, Foment del Treball «emitía un comunicado en el que apelaba al “diálogo” y a recuperar “el orden” en las ciudades catalanas, y recordaba “los riesgos para la actividad económica y la proyección internacional de Barcelona” que tenían los dos días consecutivos de duras imágenes de violencia». 

Cuando el presidente de la Generalitat, Quim Torra, se presentó en una de las llamadas “Marxes per la Llibertat” se hizo «patente la distancia del ahora ya expresidente respecto del alto empresariado barcelonés» y quedaron cortadas las «líneas de comunicación tanto con Esquerra como con los postconvergentes».

Una fuente empresarial no identificada afirma ahora que «había la sensación de que la cosa podía irse al garete y de que no había nadie en el puente de mando (…) la impresión que teníamos es que [el conseller de Interior, Miquel] Buch lo quería parar, pero que el presidente… el presidente venía del activismo».

Tras varios días de incidentes cuya esponteneidad es más que dudosa, el sábado «el president Torra y el vicepresidente Aragonès hicieron una comparecencia conjunta para pedir el fin de la violencia y reclamar diálogo. Por su parte, el presidente de la Cambra de Comerç, Joan Canadell, independentista y cercano a Carles Puigdemont, pedía desplazar las protestas lejos del centro de Barcelona. En Cataluña el domingo 20 de octubre empezaban a apagarse las brasas de la indignación y se restablecía una cierta normalidad».

Muy astuto Joan Canadell: Seguid quemando pero lejos de mi negociado. Esto es lo que pidió: sacar las movilizaciones del centro de Barcelona. También descubrió el Mediterráneo al afirmar: «“Al Estado todo esto [que está pasando] le preocupa poco porque saben que la factura nos afecta más a nosotros” y por este motivo pide que las consecuencias de las movilizaciones tengan más impacto en la economía española: “Lo han de notar más si queremos que negocien”.»

Sin interlocutor válido

Una cierta normalidad se restableció, sólo aparente en cuestión de orden público, y propiciada por la anormalidad que impone la pandemia. El panorama no ha mejorado en absoluto:

«Un año después, la violencia no ha vuelto a encenderse en Urquinaona. Los contenedores no queman por decenas y no hay duras escenas cotidianas de detenciones y violencia. Pero ese divorcio profundo se mantiene. Los grandes empresarios y los políticos no se han vuelto a mirar con los mismos ojos. “El Ayuntamiento está muy lejos de las empresas. El único contacto, muy de vez en cuando, lo tenemos con [el primer teniente de alcalde, Jaume] Collboni”, dice un veterano directivo. “Y la Generalitat tampoco está”, asegura, un razonamiento que refuerza con un ejemplo: “Yo ahora no sé con quién comer si tengo un problema: antes podía ir con Pujol, con Macià [Alavedra], con [Miquel] Roca, con [Joaquim] Molins o con [Artur] Mas. Pero ahora, ¿con quién voy?”, se pregunta.»

Da la impresión que el proyecto independentista se ve capaz de prescindir de las grandes empresas. Relativizaron la importancia de los traslados de sede social, pero parece que les da igual si se llega al cierre de negocios. Y nadie lamenta que lo que empezó como “revolución de las sonrisas” esté dando paso a una fascinación por las algaradas y los sabotajes.

Por ejemplo, Vicent Partal, valorando, muy positivamente, la «batalla de Urquinaona«, ha afirmado: «Los contenedores han dejado de ser una especie a proteger y el cuestionamiento descarado, irrespetuoso, del monopolio de la violencia por el estado ha causado un enorme impacto en nuestra sociedad.»

Empresariado españolista

El informe del Ara, que dice no haber conseguido respuesta de Quim Torra sobre este estado de ánimo empresarial, ni de la entonces consejera de Empresa, Àngels Chacón, concluye con un intento de desviar el tema:

«El alto empresariado catalán tiene un sesgo marcadamente españolista, tanto por ideología como para estar cerca del poder real. Este factor no es neutro a la hora de acercar posiciones o de mostrar empatía ante una sentencia como la de los nueve condenados el 14-O.» 

La empatía y las opiniones particulares sobre una sentencia son irrelevantes ante el hecho de ver un ensayo de revolución instigado desde el poder político. Lo que decen los de la patronal es esto:

«La imagen de Barcelona en llamas provocó pánico. No hay nada que afecte más a la confianza, el turismo y la inversión que ver cada día la ciudad así.»

No hay que ser gran empresario para coincidir en esa valoración. Ni hace falta ser de la elite para divorciarse de ese proyecto independentista que quema las calles y la economía del país que dice querer liberar.

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