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Víctor Terradellas preveía un centenar de muertos

Manifestación convocada por la Asamblea Nacional Catalana (ANC) el 11 de septiembre de 2019 Foto: Europa Press

La visión que tiene de sí mismo el independentismo puede dar pistas sobre sus próximos movimientos.

La de Vicent Partal es bastante cuestionable, pero es la que comparten los partidarios del sentimentalismo insurreccional que han protagonizado las grandes concentraciones de los últimos años:

«De la crisis del 2008 emergieron dos grandes movimientos de masas que han articulado durante años el descontento popular, el 15-M y el movimiento independentista. Ambos tenían en común la crítica sin concesiones al sistema, la voluntad de ruptura, pero ahora ambos están inmersos en un proceso de domesticación demasiado evidente. Podemos y los comunes ya no son sino un apéndice dócil del PSOE, y dentro del independentismo crecen a una velocidad sorprendente los partidarios de reorientar el movimiento hacia el regionalismo dedicado a la pura gestión profesional del poder. Aparentemente, Esquerra ya está del todo instalada en este camino, y en Junts, la manera como se va apagando la figura de Carles Puigdemont y el liderazgo del exilio discurre en paralelo con la recuperación del poder del sottogoverno propio, que ya estaba en Convergencia dedicándose, precisamente, a hacer eso.»

No parece, en principio, que una alianza de facciones de extrema izquierda, en buena sintonía con movimientos de contestación global, tenga mucho que ver con un levantamiento auspiciado por elites de la administración autonómica mediante un notable control de los medios de comunicación públicos, pero la idea de «tomar el cielo por asalto» que predicaba Pablo Iglesias en sus inicios ha pasado a la reserva, mientras que goza de buena salud todavía en las fabulaciones republicanas.

La fantasmada rusa

Con todas las reservas que merecen unas conversaciones que han sido filtradas para desprestigiar a quienes las protagonizan, uno ya puede darse cuenta de que, si éste era el estado mayor, cualquier campaña que emprendieran estaba abocada al fracaso.

Como ejemplo, lo que revela la Vanguardia en “¿Esto de Rusia no será una fantasmada?”:

«De las conversaciones se desprende que el cometido principal de [Víctor] Terradellas en 2017 era encontrar aliados para desplegar un sistema que permitiera convertir los fondos de la Generalitat a una criptomoneda y eludir el control bancario español y, para ello, querían contar con el apoyo de Rusia, aunque estaban dispuestos a ir más allá. Terradellas le contó a Vendrell lo siguiente: “Los rusos le dijeron al presidente (Puigdemont) si quería diez mil soldados aquí, el jefe de arriba del todo, eh, pero se cagó en las bragas.”»

¿Invadir Cataluña con una división militar, como si esto fuera Letonia en 1940? ¿Y bajo qué bandera entrarían en la recién proclamada república? ¿Tal vez gracias a un tratado de amistad firmado de prisa y corriendo que convertiría estas cuatro provincias en un protectorado ruso? No parece muy factible, ni siquiera como hipótesis a corto plazo. Tal vez podría darse en un futuro escenario de descomposición de toda Europa occidental, pero no entonces ni ahora.

Bien es cierto que David Madí y Xavier Vendrell no parecían muy convencidos: «Lo único que puede pasar es que no sea verdad o que sea una operación del CNI.» Víctor Terradellas no aparece mencionado en ningún momento en el libro de Puigdemont M’explico, lo que no confirma ni desmiente que tuviera un papel en toda la trama.

La impresión que se desprende de las conversaciones entre tan destacados organizadores es que esto no es política, sino un juego de rol que duró demasiado.

«Se necesitan 100 muertos»

Más creíble y más preocupante es otra conversación, no sabemos de cuándo, en que se habla de forzar una confrontación a sabiendas y con el propósito de que hubiera muertos: «El presidente se cagó el otro día, dice “no quiero ser responsable de que nos maten a gente”.»

«Terradellas piensa, sin embargo, que “se necesitan 100 muertos” y asegura que él hubiera sido partidario de meter “un millón de personas en la plaza Sant Jaume, en la plaza Catalunya hasta Colón, y así “tendrán que matar para entrar”. Vendrell le respondió: “Demasiado tarde. Se nos pasó el arroz”.»

¿Hasta qué punto el independentismo como movimiento de masas, o como masas en movimiento, era consciente de que había cálculos que implicaban una cantidad importante de bajas? Porque si está previsto un centenar de muertos, los heridos serán miles.

Sin duda, hubo bastantes personas movilizadas que en su fuero interno entendían que el conflicto tenía que culminar en una fase cruenta, pero eso es algo fácil de soportar si uno cuenta con que el muerto sea otro.

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