Los asesinos de las Ramblas, ni pobres ni desvalidos

La Audiencia Nacional comienza a juzgar a los tres acusados de formar parte de la célula yihadista que atentó en Cataluña el 17 de agosto de 2017 y que dejó 16 fallecidos y cientos de heridos en las calles de Barcelona y Cambrils (Tarragona). AUDIENCIA NACIONAL 10/11/2020

El juicio a los supervivientes del grupo terrorista que provocó una matanza en las Ramblas el 17 de agosto de 2017, inevitablemente nos hará revivir recuerdos, sensaciones y, sobre todo, inquietudes.

Pocos días después, a medida que iban apareciendo informaciones sobre los hechos, escribí estas breves reflexiones:

Los terroristas vivían en una casa ocupada. Una casa propiedad de un banco, que se desinteresó o ignoró el hecho de que unos maleantes la ocupaban. La mayoría de los okupas son unos desgraciados que se aprovechan del sistema, muchos quizá delincuentes pero no terroristas; ahora bien, el agujero negro legal en el que vive un montón de gente ha demostrado que puede tener consecuencias devastadoras. Urge desocupar todas las casas ocupadas e identificar a sus ocupantes ilegales. Los propietarios que no hayan denunciado una ocupación deben ser investigados.

Los terroristas tenían un montón de bombonas de butano. Media docena de bombonas en una casa particular pueden servir para hacer barbacoas; cuando pasan de cien, o es una industria clandestina, o se está preparando un arma de destrucción masiva. Hay que investigar cómo llegaron a acumular tantas, si lo hicieron de una en una o al por mayor, y si hay un mercado negro de bombonas de butano.

La explosión fortuita de Alcanar hizo imposible un atentado mucho mayor. El atropello en las Ramblas y el intento de ataque en Cambrils fueron improvisaciones debidas a la imposibilidad de llevar a cabo el propósito de provocar una gran explosión —tal vez en la Sagrada Família, tal vez en el Camp Nou— y ante la perspectiva de ser descubiertos. Los golpes de suerte sólo pasan una vez, y no hay que confiar en ellos.

Hay algo más importante aún que conocer lo que sucedió: saber si se ha reducido la posibilidad de que vuelva a suceder

Los terroristas pueden surgir en una población pequeña. Parecía que el caldo de cultivo del terrorismo eran las grandes concentraciones urbanas, donde una gran cantidad de inmigrantes se concentran en banlieues deshumanizadas. Pues no, los terroristas del 17 de agosto, al menos todos los que han sido muertos o detenidos, eran de Ripoll, una población que no llega a 11.000 habitantes y donde parecía aplicable el tópico de que todo el mundo se conoce.

La integración no tiene nada que ver. Los terroristas del 17 de agosto habían cumplido con la escolarización obligatoria en Ripoll, ocho de los doce miembros de la célula trabajaban en empresas de la zona —el argumento habitual de la crisis económica, el estar sin trabajo, la incertidumbre del futuro… no puede aplicarse en este caso— y, como se ha dicho, parecían perfectamente integrados. Hay pues otros factores que explican lo ocurrido.

Los asistentes sociales no tienen idea de lo que pasa. La administración catalana ha creído siempre que con una red clientelar de asistencia podría prevenir los problemas, pero no es así. Una inmensa burocracia de psicólogos, sociólogos, pedagogos, maestros, asistentes sociales e interlocutores comunitarios es totalmente ineficaz ante la ofensiva terrorista. Los lamentos de Raquel son la constatación de un fracaso colectivo.

El juicio nos permitirá seguramente conocer otros detalles, tal vez más inquietantes, como el video en que se filman

Nadie se radicaliza si no quiere. Se ha intentado hacer pasar a los asesinos del 17 de agosto como unos pobres chicos manipulados por un imán, pero por excelentes que fueran las dotes de seducción y de organización de este personaje, en cada uno de ellos había un impulso particular a hacer el mal que tarde o temprano se habría manifestado. Aunque fuera en un tiempo relativamente breve, hubo suficientes reuniones, movimientos, estancias en viviendas lejos de su casa y planificación de acciones de guerra como para que no se les pueda reducir a la condición de individuos sin opinión propia y subordinados a un líder carismático. Además, no estaban solos; tenían familia, amigos, gente a la que recurrir si recapacitaban y sentían la necesidad de salir de aquel grupo y del follón en que se habían metido.

El juicio nos permitirá seguramente conocer otros detalles —tal vez más inquietantes, como el video en que se filman bromeando mientras construyen explosivos— sobre esas personas, sus movimientos y sus motivaciones. 

Pero, hay algo más importante aún que conocer lo que sucedió: saber si se ha reducido la posibilidad de que vuelva a suceder. Después de más de tres años, nada hace pensar que así sea.

Esta misma semana Mossos d’Esquadra ha divulgado unos consejos en caso de atentado terrorista: Corre, escóndete y avisa. 

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