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El trilema independentista

Participantes sentados en las sillas de separación en una concentración de la ANC, Òmnium y la AMI por la Diada de Cataluña. Foto: Europa Press

Así se titula un artículo de Carlos Arbó publicado el lunes día 9 en el Diari de Girona, donde habla del economista Dani Rodrik, quien, en el año 2000, «opinaba que no era posible en la economía mundial conseguir al mismo tiempo la democracia, la soberanía nacional y la integración económica. Se podía llegar a combinar dos de los tres elementos, pero nunca los tres al mismo tiempo y en su plenitud».

Y seguidamente menciona un artículo de Elisenda Paluzie (ANC) del 2017 —El trilema de Rodrik i els límits de la globalització— en el que se muestra conocedora de la cuestión:

«Podemos tener integración económica intensa a nivel global y democracia si optamos por un sistema de federalismo global pero sin soberanías nacionales. O bien podemos mantener la soberanía nacional y la democracia pero debemos abandonar la integración económica. Finalmente, podemos mantener el estado nación y avanzar en la integración pero renunciando a la democracia.»

Arbó se pregunta entonces «¿cómo se puede digerir la querencia por una Cataluña independiente que sería el paradigma del estado del bienestar, de la democracia plena e integrada en la Unión Europea?», todo a la vez. Su conclusión es que «se trata de una pretensión jactanciosa de los líderes independentistas para engañar a los fieles seguidores y mantener la llama de una república ilusoria».

Bueno, bonito y barato

Un trilema parecido es el que cualquiera que vaya de compras descubre enseguida: bueno, bonito y barato no puede ser. Se pueden conseguir, con un poco de suerte, dos de estas características pero las tres juntas es imposible.

El bueno, bonito y barato, en política, es una mercancía que los políticos independentistas pusieron en circulación con gran éxito de crítica —gracias sobre todo a los medios dependientes de financiación pública— y ventas —más o menos la mitad del electorado—. No es un detalle menor determinar hasta qué punto veían factible el objetivo propuesto, o si no era más que un reclamo para consolidarse en el poder autonómico. Eso daría la medida de la decepción provocada en sus seguidores, porque no es lo mismo dejarse arrastrar por un ingenuo que por un mentiroso.

El politólogo Pablo Simón, entrevistado el miércoles 11 en la Vanguardia, opina que el proceso independentista «creció hasta chocar con la realidad, es decir, con su frontera de posibilidades».

Querer la independencia es fácil pero nadie ha planteado abiertamente qué hay que hacer, es decir qué riesgos hay que asumir, qué tipo de organización hay que crear, qué sacrificios habría que soportar, para conseguirla. Ni parece habérselo planteado seriamente casi nadie, ya que no es lo mismo apuntarse a una concentración festiva que desafiar al Estado en todos los frentes.

Simón dice: «El procés estaba construido sobre el “sólo dependemos de nosotros y nuestra ambición y lo queremos todo y ahora”. Pero ha chocado contra la realidad de que para tener algo hay que hacer mucho más que pedirlo.»

Elemental, pero el planteamiento inicial era que sólo había que pedirlo y nos sería dado. Porque el Estado no tendrá más remedio que aceptar nuestras exigencias, y si no quisiese hacerlo, la comunidad internacional le obligaría a negociar; eso es lo que nos contaron al principio.

En 2014, mientras se preparaba la consulta «sobre el futuro político de Cataluña», se puso de moda la expresión win-win, refiriéndose a la necesidad de encontrar una solución por la que todo el mundo salga ganando.

De ese lírico planteamiento inicial se ha ido derivando hasta la «confrontación inteligente» propuesta por Carles Puigdemont este verano, haciendo algunas paradas en huelgas generales, protestas y sabotajes, siempre bendecidos desde instancias gubernamentales.

No han demostrado en ningún caso ni capacidad ni estrategia para hacerse cargo del país, ni han explicado qué clase de sociedad tienen en mente. Esto último significaría exponer a qué elemento del trilema tendríamos que renunciar, si a la soberanía plena, a la integración en un mundo global, o a la democracia.

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