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El independentismo pragmático y el otro

Reunión urgente del Govern para debatir si pide al Gobierno decretar el estado de alarma Foto: Europa Press

Fèlix Riera, en La Vanguardia, detecta un nuevo independentismo, es decir: «un cambio de actitud en el independentismo político para avanzar en la resolución del conflicto». 

Los síntomas serían: el independentismo pragmático de ERC; la moderación en que se han instalado el PDECat y el PNC; la «retórica más suave» de la ANC, aunque sin cambiar de objetivos; la renuncia de Carles Puigdemont a presentarse como cabeza de lista de JxCat.

Su conclusión, tal vez algo precipitada, es que «el avión independentista que despegó en el año 2012 y debía conducir a la ruptura con España, quiere ahora aterrizar y tocar tierra, para elaborar una nueva ruta e incluso cambiar de avión». 

Con muchas ganas de ver el vaso medio lleno, afirma que «el diálogo empieza a tener efectos políticos» —como la restitución de Josep Lluís Trapero en su cargo o el blindaje del catalán como lengua vehicular en la escuela—, ante lo cual «la actitud de señalar a los traidores de uno u otro bando está quedando en evidencia».

Fèlix Riera cree que el gran tema de las próximas elecciones «no será plantear cómo desconectarse de España, sino intentar convertirlas en las elecciones que deben elegir al líder del independentismo».

Sin embargo, la competencia en el seno del independentismo no se establecerá, al menos todavía, en términos de ver quién es más moderado y dialogante: son muchos años de apostar por la desobediencia y el desgobierno; se tratará de ver quién es más desafiante y capaz de llegar primero a la meta final de la república.

Si la idea de la confrontación pierde enteros es, sobre todo, porque no es éste objetivamente el mejor momento para desconectar de España. Con sólo la mezcla de retórica patriótica y soflamas revolucionarias que ha caracterizado el proceso, sería muy difícil amalgamar una mayoría social que crea conveniente avivar el conflicto en estos momentos de pandemia y cuando tanta gente está pendiente de ayudas para paliar los efectos de la crisis. 

La hora estelar de Puigdemont

Un punto de vista opuesto se encuentra habitualmente en Vilaweb, donde el independentismo llamado pragmático está cada vez peor considerado. 

Joan Ramon Resina resume la batalla de Waterloo, la última de Napoleón, en 1815, siguiendo el relato de Stefan Zweig, en Grouchy: la tragèdia de l’obseqüent. El mariscal Grouchy se limitó a cumplir el plan que se le había encomendado y fue incapaz de reaccionar en un momento decisivo, con lo que se consumó la derrota de los franceses.

Resina intenta establecer un aventurado paralelismo no tanto entre Napoleón y el presidente Puigdemont —«a quien los nervios traicionaron ante la fuerza de la coalición que tenía en contra»— como entre Grouchy y Junqueras, «el subordinado que ha acabado determinando el futuro por incomparecencia».

En esta visión épica de la ofensiva independentista, que intenta elevarse tanto a lo sublime que acaba cayendo en el ridículo, la fecha mítica, «la cita con la historia», fue el 3 de octubre de 2017, cuando «el independentismo concentró toda su fuerza en la calle» y «se decidió la suerte del proceso». Aquella «fue la hora estelar de Puigdemont, la hora en que se habría consagrado como líder revolucionario fuere cual fuere el resultado de la pugna». 

No queda claro qué hubiera tenido que hacer aquel día de huelga general y consiguientes manifestaciones, pero, cree Resina, «nadie se la habría podido disputar [la hora gloriosa], como nadie ha disputado nunca a Napoleón el genio militar a pesar de Waterloo». 

Dicho sea de paso, Stefan Zweig es un excelente escritor pero no tiene la última palabra en cuestiones históricas. Respecto al mariscal Grouchy, puede leerse en la Wikipedia francesa: «Los historiadores actuales están convencidos de que Napoleón dio órdenes tardías y poco claras y que Grouchy no habría podido reunir a sus fuerzas y llevarlas a tiempo a Waterloo.»

Nación contra nación

Vicent Partal, en A tres mesos de les eleccions…, cree que «importa poco quién las gane», porque «todo el mundo empieza a asumir que no se llegará a la independencia a partir de la gestión de la autonomía; que si España no acepta la democracia —y dado que España no acepta la democracia— éste no es el camino».

Después de tantos años manteniendo que la soberanía del pueblo catalán reside en el Parlamento, cuyas elecciones se han llegado a considerar plebiscitarias y desde donde se ha llegado a proclamar la independencia, Partal nos descubre ahora que fue un error: «La república y la independencia llegarán, pero no por este camino, sino por el enfrentamiento total “nación contra nación” que una parte del país ya empieza a interiorizar y que viene tomando forma lentamente».

En su siguiente artículo, insiste en este concepto de nación contra nación. Se trata de «un nuevo paradigma, una nueva manera de entender las relaciones entre España y Cataluña», aunque «no voy a entrar a discutir cuánta gente o qué porcentaje del independentismo es consciente de ello».

La cuestión principal, a su modo de ver, es que el catalanismo ha dejado de ser «una forma de españolidad, exótica, incómoda, pero no contraria» y ha abierto «una nueva etapa en 2017, en la medida en que el referéndum unilateral de autodeterminación significó una ruptura absoluta con esta subordinación de la acción política catalana al encaje con la política española».

Partal ve el futuro en «instituciones unilaterales», que han empezado a construirse, aunque no menciona cuáles, y sobre todo en cómo «la gente se enfrentó al poder español durante la ocupación del aeropuerto en respuesta a la sentencia, con las Marxes per la Llibertat o en la resistencia de Urquinaona»: sintomática mezcla de marchas en principio pacíficas, aunque llegaron a colapsar algunas carreteras, con disturbios callejeros y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad.

Y concluye, para que quede claro, o más confuso todavía, afirmando que «la nueva etapa será la de “nación (la nuestra, la de los catalanes, la nación del catalán) contra nación (las de ellos: España y Francia)”».

La doctrina de la confrontación probablemente ha perdido la batalla de la opinión pública, pero aún resiste bien en un sector de la opinión publicada.

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