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Habla el portavoz de Demòcrates de Catalunya

El portavoz de Estrategia Política de Demòcrates, Jordi Pou Foto: Europa Press

Más allá de las grandes declaraciones de los líderes, suele ser conveniente atender a lo que dicen los candidatos de segunda fila, incluso los advenedizos, para entender el clima que se respira dentro de una determinada corriente política.

Veamos qué opina el portavoz de estrategia de Demòcrates de Catalunya, Jordi Pou, entrevistado por Nació Digital: «Si el 1-O se hubiera pedido a la gente que se quedara en la calle, ahora seríamos independientes».

Demòcrates de Catalunya nació en 2015 como partido escindido de UDC luego de la ruptura de la coalición CiU. Vendrían a ser los democristianos partidarios de la independencia, pero en sus documentos las referencias a la doctrina social de la Iglesia brillan por su ausencia.

Ese mismo año se incorporaron a la coalición Junts pel Sí en las elecciones autonómicas y se aliaron con CDC para las generales. En las autonómicas del 2017 se presentaron en las listas de ERC. En las próximas, por el momento, anuncian que se presentarán en solitario, aunque nadie cree que si lo hacen tengan posibilidades de conseguir un escaño.

En sus elecciones internas aparecen incorporaciones tan destacadas como Albert Donaire, conocido mosso d’Esquadra de verbo incendiario, y Eduardo Royes, que presidió la asociación Súmate y hasta ahora parecía más bien próximo a ERC.

La oportunidad perdida

Jordi Pou, como cualquier militante de un partido minoritario, critica la partitocracia, «un lastre para la política catalana», aunque no se luce en su argumentación: «¿Por qué si el doctor Argimon está gestionando correctamente la pandemia no es consejero de Salud?» Pues por la misma que razón que el jefe de la Brimo, aunque haga muy bien su trabajo, no es consejero de Interior.

Cree, como todo el mundo, que lo del referéndum, «el 1-O era un farol»: «una jugada que pretendía forzar una negociación con el gobierno español que no salió bien». Lo que no se suele decir tanto es que el farol contenía una trampa, en la que el gobierno cayó sólo en parte, la de mostrar ante el mundo la imagen de un régimen represor.

«En aquella ocasión perdimos una oportunidad. El Estado español tuvo miedo del 1-O y del 3-O, y prueba de ello es que ha ido manteniendo la represión.» No sentir temor ante el conflicto planteado hubiera sido de inconscientes, pero la «represión» no es que se haya mantenido sino que los investigadores han ido tirando del hilo de aquellos acontecimientos, tal vez con demasiada lentitud.

La vía unilateral, todavía

El proceso hacia la independencia culminó en octubre de 2017 y el resultado fue un gran fracaso. La única manera de negar el fracaso es presentar esa fecha como una gran ocasión perdida y buscar unos culpables.

Para los se juntan en Junts, en torno a Carles Puigdemont, el culpable es ERC, que no jugó limpio; para ERC el error fue proclamar la independencia sin haber conseguido suficientes partidarios de ella, y lo dicen ahora como si no hubieran tenido nada que ver con todo aquello; para Demòcrates de Catalunya, y otros grupos minoritarios, los culpables son los partidos que no se hicieron eco del sentir de la gente y no estuvieron a la altura del momento histórico.

Insiste Jordi Pou: «El 1-O fue una demostración del éxito que puede tener el camino unilateral, y si se hubiera pedido a la gente que aquellos días se quedasen en la calle, ahora seríamos independientes (…) El Gobierno debe activar aquella declaración y acto seguido ejercer el control del territorio.»

Hay quien cree que lo que entonces no se consiguió será posible un día de estos, y que se puede repetir la intentona con la misma gente y con los mismos métodos.

El control del territorio

La fantasía del control del territorio sigue activada, y en este aspecto Jordi Pou no derrocha imaginación. El control se conseguiría «usando las herramientas que tenemos. Instituciones políticas, Mossos, centros de telecomunicaciones, hablar con las empresas para evitar que se vayan…»

¿Qué instituciones? Los Mossos no sólo no se pondrán fuera de la legalidad sino que no harán ni remotamente nada que pueda parecerlo. Cortar las comunicaciones es lo que los tertulianos llaman dispararse un tiro en el pie. Y en cuanto a «hablar con las empresas», no parece que haga falta; si el independentismo tuviera un argumento económico convincente, ya se sabría.

Sueña con «la movilización de la gente (…) sostenida y permanente». Sería una especie de confinamiento autoimpuesto, ahora no por razones sanitarias sino políticas: «Hay que ir al aeropuerto, cortar la Jonquera … y no movernos hasta que el conflicto se solucione.»

Como soñar es gratis y en los sueños los problemas logísticos no se plantean, ahí se lanza con imparable entusiasmo: «España no tiene la fuerza para reprimir a toda la gente que podría salir a la calle y hacerla volver a casa. Imagine que hay 100.000 personas distribuidas por el territorio, con los partidos y el Gobierno avalando esta movilización (…) Una manifestación sostenida en el tiempo acabaría desembocando en reconocimientos internacionales y en una negociación con el Estado para fijar los términos de la separación.»

Pero no nos cuenta nada nuevo. En realidad, todo esto es como el tráiler de una película que ya hemos visto. Y no estamos de humor para volverla a ver. Cuando ya sabemos qué significa tener sectores enteros de la economía parados o a medio gas por causas de fuerza mayor y vemos que esto tendrá graves consecuencias que durarán años, aún hay quien propone volverlo a hacer.

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