Ecos independentistas | La Navidad y sus peligros

La consellera de Salud, Alba Vergés, en una imagen de archivo (Europa Press).
La consellera de Salud, Alba Vergés, en una imagen de archivo (Europa Press).

El virus, vaya usted a saber cómo funciona; pero la gestión de la pandemia parece que va así: a una fase de confinamiento, en que los contagios disminuyen, le sigue una fase de desescalada durante la cual los contagios aumentan hasta que se hace inevitable una nueva fase de limitación de la actividad.

Durante el confinamiento se reducen los contagios, no sólo del virus más peligroso del año, sino de todo lo demás: de la gripe, del sarampión, y si se cierran las escuelas, hasta de los piojos. Elemental: si hay menos contacto entre las personas, hay menos transmisión. La relajación de las restricciones se vive como si fuera el levantamiento de un castigo, y la gente reincide en los hábitos de siempre, lo que acaba provocando un nuevo confinamiento.

Sea porque las desescaladas son precipitadas o porque la prudencia brilla por su ausencia, o por ambas cosas, ya vamos por la tercera ola y el miedo de la primera vez, que, con el estado de alarma de por medio, fue considerable, va remitiendo. La vuelta a las restricciones preocupa sobre todo por las molestias que provoca en la vida cotidiana y quien más quien menos cree que no hay para tanto.

Las contradicciones y las malas explicaciones de los gobiernos central y autonómicos no ayudan a hacerse cargo del problema. Susana Quadrado, en La Vanguardia, nos pide:

«Cobra especial sentido el autocontrol cuando los gobernantes no hacen más que confundirnos. Una no alcanza a comprender cómo en Catalunya, por ejemplo, se frena la desescalada en el tramo 1 pero a la vez nos sueltan por razón de calendario navideño. ¿Acaso no era imperativo reducir la interacción social? Las autoridades quieren minimizar el riesgo de contagio, estupendo, pero para ello plantean restricciones que no pueden hacer cumplir. Eso sí, no dejan de pedir corresponsabilidad a la ciudadanía, en parte para descargarse ellos de la suya si la situación se les va de las manos.»

Tal vez sea por haber interiorizado la pésima idea de que está prohibido prohibir, originada en el mayo de 1968, pero tenemos en Cataluña un gobierno que no impide a la población salir de puente pero al mismo tiempo le pide que no lo haga. Y la población, tal vez por haber interiorizado otra catastrófica idea, la de que todo lo que no está explícitamente prohibido está permitido, sale de puente, se congrega en lugares cerrados, y relaja en la intimidad las medidas de seguridad que cumple en el ámbito laboral.

«Así las cosas —dice Susana Quadrado—, permítanme que desconfíe de la flexibilidad del plan de Navidad de nuestros gobiernos. Creo que puede resultar un coladero y tener una consecuencia terrible: una tercera ola en una empinada cuesta de enero

La trampa de las comidas navideñas

Albert Om, en el Ara, hace una advertencia parecida en forma de carta a la consejera de Salut, Alba Vergés:

«Nos ha dicho que, con el año que llevamos, nos merecemos celebrar la Navidad, que nos conviene hacerlo y que podremos ser diez personas en cada comida, con libertad de movimientos y de horarios. Es cierto que en la letra pequeña también nos ha puesto algunas restricciones y ha apelado a nuestra responsabilidad individual, pero los ciudadanos ya no estamos para matices, después de tantos meses de obligaciones y recomendaciones. ¿Es que sí o es que no? Pues ha sido que sí. Vía libre a celebrar la Navidad, esto es lo que hemos entendido

Nada peor que un gobierno que quiere quedar bien con todo el mundo. Restricciones por todos lados, porque así lo aconsejan los «expertos» y es lo que hacen en toda Europa, pero si queréis celebrar la Navidad, adelante.

«Y será así como el día 25 de diciembre nos encontraremos en un espacio cerrado, cinco o seis horas alrededor de una mesa, hablando, gritando, cantando, jugando a cartas, abriendo regalos, y todos sin mascarilla, porque estamos en familia y quién de la familia te podría querer contagiar.»

Como los virus no entienden de días festivos, todo da la impresión que en esta errática desescalada se están poniendo los ingredientes para tener una impresionante tercera ola, cuya culpa recaerá en los ciudadanos irresponsables, nunca en nuestros infalibles gestores.

Concluye Om: «Faltan veinte días para las fiestas y, si nadie lo remedia, llegaremos con este panorama (…) ¿No podríamos prescindir, consejera, de celebrar las comidas de Navidad? ¿No podría haber habido una campaña institucional coordinada que dijera esto (…)?» No es fácil para ningún gobierno decirle a la gente cómo ha de celebrar la Navidad, pero peor es desentenderse del asunto y confiar en la responsabilidad individual. Han elegido un mal mes para volverse libertarios, cuando no hemos llegado a ninguna nueva normalidad sino que arrecia la vieja anormalidad.

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1 COMENTARIO

  1. · El 6 de diciembre de 1978
    España la aprobó en referéndum con un abrumador respaldo del pueblo español. En
    Cataluña, el apoyo fue especialmente significativo, con el 91 por ciento de los
    catalanes votando «sí» a la Carta Magna.

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