" "

Lamentos por el incendio de Badalona

Los medios buscan todo tipo de explicaciones a la tragedia del Gorg en Badalona sin atreverse a analizar la realidad

Vista del incendio de la nave okupada del Gorg, en Badalona (Europa Press).

Los periodistas acostumbran a hablar impropiamente de tragedia ante cualquier suceso en el que muere alguien. La tragedia, como género literario, es algo muy diferente; requiere dioses que confunden a los hombres, un héroe que cae en el error, un desenlace inevitable. En el caso del incendio de Badalona, no hay nada grandioso ni fatal, todo es triste y vulgar; pero al menos uno de los ingredientes de la tragedia sí estaba presente: el oráculo nos lo había advertido. Y no con frases enigmáticas sino con palabras llanas y a veces malsonantes.  

El oráculo, nadie quiere oírlo. Viene a través de innúmeras voces de gente que ve cómo sus calles se degradan, cómo sus viviendas se devalúan, cómo les roban impunemente, y se quejan en vano. Las instancias oficiales no quieren oír hablar de problemas cuando se trata de inmigración, sólo los relatos de paz y amor pasan la censura. Y sin embargo allí estaba: una no-go zone, en medio de la ciudad; una sociedad aparte donde rigen otras leyes, que no son las nuestras. Todo el mundo lo sabía, y todo el mundo miraba a otro lado. 

En lugares así viven, en el mejor de los casos, individuos que se dedican a la economía sumergida, como el tráfico de chatarra; en el peor de los casos, el límite es la imaginación. Las administraciones lo permiten, o mejor dicho lo promueven, para evitar males mayores. Nadie quiere cuestionar la premisa mayor: ¿necesitamos más inmigrantes cuando nos sobran parados?, ¿tenemos que «acoger», léase mantener, a contingentes de población que no encontrarán un trabajo decente en su vida? 

La hora de los ‘madremías’

Alguien dice, según reporta La Vanguardia: «Estos chicos hacía mucho que vivían aquí y nadie hizo nada. Ahora vienen los “madremías”.» Asistiremos a reproches entre políticos de distinto signo, evocaciones de lo que se podría haber hecho y no se hizo, y elevación de responsabilidades tan arriba y tan lejos como se pueda. Y todo seguirá igual. 

El editorial del Ara — Un incendi tràgic que amaga una altra tragèdia— dice que sólo en Barcelona —¿ciudad? ¿provincia?— hay una setentena de estos «asentamientos ilegales». El de La Vanguardia —Incendio en la fábrica ocupada—, que los hay por decenas. El del Punt-Avui —Un circuit d’acollida que ha de funcionar—, que los hay por todas partes. En definitiva, volverá a pasar.  

Iu Forn, en El Nacional La Badalona de las sombras—, se eleva tanto que convierte el problema en irresoluble, uno llega casi a la conclusión que no vale la pena molestarse: «Porque el problema no es de Badalona. Ni de Catalunya. Ni de España. Ni tan sólo de Europa. Es el norte construyendo muros para evitar que el sur “le invada”. Y es cada muro construido por el norte con el sur saltándoselo. Porque la desesperación es imparable.»  

El editorial del Ara reparte culpas en todas direcciones: «El incendio es en buena medida la consecuencia de una impotencia o dejadez colectiva a la hora de afrontar la cuestión de la inmigración ilegal a todos los niveles administrativos, desde el ámbito local hasta el europeo, pasando por el estatal y el catalán. El del Punt-Avui también lo hace, poniendo más enfasis en el aspecto local: «Es obvio que aquí ha fallado, o no ha sido lo bastante diligente, la administración municipal, que ha cambiado de color bastante veces en este período en que la nave ha estado ocupada —y lo fue en mandato de Albiol—, pero también las superiores, las que, a pesar de no tenerlas todas, tienen más herramientas para facilitar la integración de las personas recién llegadas.» En cuanto al cambio de color, Iu Forn recuerda que, durante los trece años que ha durado la ocupación de las naves incendiadas, «en Badalona han gobernado todos los partidos, menos Ciudadanos». En definitiva, esto no lo arreglan las elecciones. 

Ayudas y controles

El editorial de La Vanguardia parece apuntar la necesidad de una política de disuasión: «Acabar con los flujos migratorios es, a corto plazo, una quimera. Las razones que fuerzan a ciudadanos africanos a buscar fortuna en Europa, arriesgando su vida en un azaroso viaje, existen y, probablemente, existirán. Pueden tratar de corregirse de diversos modos, entre ellos prestando ayuda en los países de origen. Pero ni siquiera esto garantizaría la contención de tales flujos. Por ello los países industrializados deben compatibilizar las políticas de acogida con las de control, para evitar que la inmigración, además de desbordar la capacidad de los países receptores y causarles serios desequilibrios, crezca hasta frustrar las expectativas de los viajeros.» La ayuda a los países de origen es otra quimera, porque no suele llegar en forma de inversión que cree una cantidad significativa de puestos de trabajo sino de donaciones que se quedan a mitad de camino antes de llegar a los auténticos necesitados.  

Lo más acuciante es desmontar la idea de que en nuestros países los recursos son ilimitados —la presente crisis debería habernos iluminado sobre lo frágiles que son nuestros cimientos—, así como la capacidad de «acogida». Un barco tiene el deber de recoger náufragos pero no el de superar un determinado límite a partir del cual acabaría también naufragando. No por casualidad los clásicos hablaban de «la nave del Estado». Y cabe recordar que la palabra “gobierno” está emparentada con “gubernum”, que en latín significa precisamente timón de la nave. 

Papeles, ¿para cuántos?

Vicent Partal, en Vilaweb, no tiene ninguna respuesta que aportar y prefiere que nos fijemos en un elefante, la xenofobia: «Los hechos de Badalona son terribles. La sociedad del bienestar se desvanece a gran velocidad de nuestras vidas y aparecen, a más velocidad aún, bolsas de miseria, de miseria literal y profunda, que originan situaciones tan devastadoras como la que vivimos ahora mismo. Y todo esto, especialmente si desemboca en xenofobia y en menosprecio de las dificultades del otro, lo pagaremos muy caro. Todos.» 

El editorial de El Periódico —Badalona, cúmulo de despropósitos— habla de «un círculo vicioso de miseria» en que se mueven los inmigrantes ilegales: «Comparten todos ellos el hecho de que han huido de su país en busca de una vida mejor; que entraron en España de forma ilegal; que los servicios sociales municipales no dan abasto para ofrecerles servicios; que la regularización de su situación, imprescindible para tratar de salir del pozo, es un laberinto burocrático casi insalvable; que la concentración de muchos de ellos en esta precaria situación crea guetos en las zonas más desfavorecidas de muchas ciudades en los que se parapetan formas de delincuencia; que su presencia genera al mismo tiempo problemas de convivencia con los vecinos, que ven cómo sus barrios se degradan.»  

La conclusión, aunque nadie quiere llegar a ella, es obvia: no puede haber «papeles para todos». 

NOTICIAS RELACIONADAS

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

- Publicidad -
" "

Lo Más visto

Ecos independentistas/ La policía catalana está al límite

El sábado 2 de octubre se graduó la 34ª promoción de la Escuela de Policía de Catalunya: 675 mossos d’Esquadra y 572...

ANÁLISIS / La inseguridad en Barcelona alcanza niveles históricos

Desgraciadamente Barcelona ya es la ciudad más insegura de España y una de las más inseguras de Europa, y no es opinión,...

El constitucionalismo rememora la histórica manifestación del 8 de octubre contra la intentona golpista separatista

El 8 de octubre de 2017 los constitucionalistas catalanes dieron un paso al frente y salieron en masa a manifestarse contra la...

Un diputado de Junts llama a separarse de España por su exceso de «pobres»

Es sabido que una de las razones por las que el separatismo aboga por que Cataluña se separe de España es que...