La deconstrucción de Barcelona

La alcaldesa de Barcelona Ada Colau durante durante un pleno del Consejo Municipal del Ayuntamiento de Barcelona.

Un monólogo de Joan Capri, dedicado a la institución del matrimonio —eran los años 70: el divorcio no existía—, acaba con una contundente frase: «El amor se va, pero ¡ella se queda!» Es lo que nos está pasando con el Ayuntamiento de Barcelona: Manuel Valls se va, pero Ada Colau se queda.

La operación Valls quedó lejos de conseguir el objetivo de hacer alcalde a alguien que fue primer ministro de Francia, pero sirvió para que Colau repitiera mandato a pesar de haber perdido un concejal. Si ya conseguir el primer puesto, en el período 2015 – 2018, con tan sólo 11 concejales de un total de 41 parecía un despropósito, con 10 en el actual (y 4 puntos porcentuales menos) es una distorsión de la democracia.

Su pacto de gobierno con los socialistas, 8 concejales, no era suficiente. Valls justificó el voto a favor de la candidata de Barcelona en Comú – En Comú Guanyem con el argumento de obstaculizar la alternativa independentista, que por su parte, con sólo 10 concejales de ERC y 5 de JxCat, también lo tenía bastante difícil. Con el suyo y el de Celestino Corbacho y Eva Parera, elegidos todos en la candidatura de Ciudadanos, se llegó a los 21 requeridos.

La fractura política y social, por si hacía falta, quedó bien patente en la capital de Cataluña. Independentistas y no independentistas no podían ni pueden llegar ni siquiera a un acuerdo de mínimos para dirigir los servicios municipales, ya que en estos años tampoco se trataba de afrontar unos juegos olímpicos.

La vuelta de Manuel Valls a la política francesa no ha dejado de anunciarse a lo largo de este años y ya se da por hecha. Ada Colau ahí está, viendo pasar el tiempo; le quedan dos años y medio en la alcaldía, y quién sabe si antes o después el gobierno socialcomunista la premia con el ministerio de alguna zarandaja.

Hacia la irrelevancia

Mientras tanto, por culpa de todos, de unos más y de otros menos, por acción o por omisión, estamos asistiendo a la decadencia de Barcelona, como titula Màrius Carol su artículo del jueves 17 en la Vanguardia.

«La pandemia —afirma Carol— nos ha cogido a los barceloneses con la guardia baja y sus munícipes se han puesto estupendos con su catálogo de ocurrencias para conducirla a la irrelevancia.» Habría que matizar que los obstáculos puestos a la circulación y al comercio, o el derroche de pintura en el asfalto, no sólo sirven para que los concejales «dispongan de sus quince minutos warholianos de gloria», como dice, sino que responden a una ideología: el decrecimiento.

El ecologismo y el supuesto fin climático del mundo es sólo un pretexto. Se trata de desanimar al turismo, poner obstáculos a cualquier negocio y repartir la miseria: «La ciudad acumula impuestos e impedimentos. Instalar un hotel Four Seasons o levantar un museo del Hermitage parece que sea un sacrilegio, mientras se bendicen los pisos de 25 metros como solución habitacional.»

Carol destaca que «cuatro exalcaldes de la ciudad como Narcís Serra, Joan Clos, Jordi Hereu y Xavier Trias debatieron el martes [15 de diciembre] en el Palau Macaya sobre Barcelona y se pusieron de acuerdo en que el pacto es la única vía para relanzar la ciudad». Algo tan fácil de decir como difícil de hacer.

Mientras todos los partidos sigan empecinados en un duelo estéril en torno al sueño independentista, será imposible evitar que la ciudad prosiga en esa carrera cuesta abajo hacia la irrelevancia y, lo que es peor, la ruina de los barceloneses.

El plan Cerdà, destrozado

Para darse cuenta de la magnitud del desastre, sirva el artículo de Óscar Tusquets, también en la Vanguardia, Traicionando a Cerdà, en el que llama la atención sobre las consecuencias que las recientes disposiciones del Ayuntamiento de Barcelona empiezan a tener sobre el ensanche. Corremos el peligro de perder una de las señas de identidad de la capital y su bien urbanístico más preciado.

«En mi infancia casi todas las calles eran de doble dirección: la máxima igualdad. Con el tiempo, para facilitar la circulación rodada, fueron adoptando la dirección única: primera especialización. Pero, desde hace años, algunas calzadas han sido invadidas por extraños artilugios: bolardos, jardineras, bancos, juegos infantiles… hasta llegar al paroxismo presente. Todo ello justificado por el exclusivo objetivo de poner trabas a la circulación rodada.»

Un póster de propaganda del partido de Ada Colau presenta lo que debe ser el ideal del consistorio actual: una calle sin vehículos, con aceras impracticables y la calzada ocupada por peatones —con destacada presencia de musulmanes—, bajo un falaz lema: Menys cotxes, més espai per a la vida.

El sentido común de Tusquets es muy distinto: «Una gran ciudad debe permitir algo más que pasear, debe permitir el acceso a talleres, comercios, restaurantes, hoteles, espectáculos; debe permitir la carga y descarga en puntos cercanos. Hasta ahora esta función —dificultada por la proliferación de carriles bici— la han resuelto los chaflanes. Pues a partir de ahora la mitad ya no lo harán. La mitad de los chaflanes se van a convertir en beatíficas áreas de ocio…»

Mal gusto municipal

Un artículo de Enrique Vila-Matas publicado el pasado día 8 en el País, Sombras de Barcelona, denuncia también, de una manera más literaria pero muy contundente, lo que está pasando en esta capital.

«Destartalada y fantasmal, la ciudad (no sólo por la crisis pandémica) se ha vuelto rematadamente triste, ajada, como si hubiera recuperado su color gris de postguerra. Barcelona es hoy un espacio de aire inequívocamente grosero, a años luz de antiguos esplendores.»

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