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Preparémonos para el golpe de Puigdemont

Carles Puigdemont durante el acto del Consell de la República en Perpiñán (Francia). Foto: Europa Press

La «confrontación inteligente» que Carles Puigdemont anunció el verano pasado empieza a materializarse en el «desbordamiento democrático» que acaba de presentar como método para conseguir la independencia proclamada en octubre de 2017. El documento, dado a conocer el pasado sábado 19, se titula Preparem-nos, una expresión que contiene cierto matiz de amenaza.

El célebre expatriado no pasará a la historia por ninguna innovación política, ni en la teoría ni en la práctica; aunque sí muestra gran capacidad de poner etiquetas rimbombantes a las realidades de siempre. El substantivo «desbordamiento» tiene una connotación positiva de la que carecen otros más pertinentes, como sometimiento o colapso. El adjetivo «democrático» viene a ser como poner «bio» en la etiqueta de un alimento: no significa nada pero al comprador le parece que es más sano.

El «desbordamiento democrático» no es otra cosa que lo que en tiempos menos delirantes se llamaba golpe de Estado. Que tenga una cantidad considerable de partidarios no obsta para que así se le llame. Los golpes de Estado son tan antiguos como el mismo Estado, y no debería sorprendernos que alguien conspire para dar uno a plena luz del día; lo extraño es que no se le dé la importancia que merece.

Obligar al Estado a negociar

Curzio Malaparte, en su Técnica del golpe de estado (1931 ), lo presenta como una serie de acciones orientadas a paralizar los movimientos del Estado. No es tanto una cuestión política como técnica. Un siglo después, el golpe a lo Puigdemont, despojado de toda la hojarasca retórica que lo envuelve, aparece como una operación de manual para llevar al Estado a la impotencia.

Existen dos premisas, establecidas no tanto por un cálculo realista como por el optimismo de la voluntad: una es que el movimiento secesionista está en condiciones de provocar en el Estado «un desgaste a la larga inasumible»; otra, que, por parte del Estado, «la represión ilimitada es, por definición, imposible». Entonces el Estado «se verá obligado a negociar de verdad», cuando perciba que «la correlación de fuerzas evoluciona lo bastante negativamente para sus intereses». 

Lo que no nos cuenta es cuáles son los riesgos asumibles por la militancia, y durante cuánto tiempo, ni el coste económico que van a tener para toda la ciudadanía. En tiempos en que las crisis ya se nos amontonan solas, sólo falta que vayamos a por otra voluntariamente.

Disputar el poder

El concepto «disputar el poder» se repite varias veces a lo largo del documento, para que nadie se confunda: «El independentismo ha de prepararse para disputar el poder.» La disposición a negociar sigue presente, pero queda claro que la negociación se reduciría a la constatación de hechos consumados. 

Para conseguir cambios en el gobierno puede bastar la representación democrática. Cuestionar el Estado es otra cosa. ¿Cómo se disputa el poder al Estado? Como siempre ha sido: mediante el uso de la fuerza. Aunque se aluda a ella de una manera eufemística, como por ejemplo «lucha no violenta pero activa», no hay duda de lo que se trata.

Estamos en otra fase de la ofensiva secesionista, en la que lemas etéreos como «derecho a decidir» o «esto va de democracia», han cumplido ya su función de banderín de enganche, y dejan paso al lenguaje bélico que le corresponde. 

El referéndum del 1 de octubre sigue siendo el punto de partida —«Cuando un Parlamento hace suyos los resultados de un referéndum le está dando el valor político máximo»—, y sus cuestionables cifras, un argumento de peso —«En Cataluña hay una mayoría suficiente para defender la independencia. A esta mayoría no le falta legitimidad. Ni le faltan votos para ser mayoritaria»—; pero ahora se trata de «encarar el rumbo determinante» mediante «la desobediencia y la no cooperación a gran escala».

La que se pretende inculcar es que entonces fuimos demasiado inocentes, pero hemos aprendido la lección: «En octubre de 2017 no fracasó la vía de la confrontación, porque se renunció a probarla. Lo que fracasó fue la vía de la negociación sin confrontación. O dicho de otra manera, fracasó la vía del choque institucional como clave que abriera la puerta a la vía de la negociación.» 

La pregunta que surge de inmediato es, si no se consiguió lo que parece más fácil, cómo se va a conseguir lo que a todas luces es más difícil. Encima, contando con las mismas tropas, seguramente menos, dirigidas por el mismo estado mayor, excepto los que se han rajado.

Movilizaciones largas y sostenidas

Preparem-nos hay que leerlo ante todo en clave electoral. Apela a la masa social independentista para que mantenga el desafío al Estado. Si queréis independencia, éste es el camino correcto, el camino que indica la lista JxCat, que lidera el incuestionado Carles Puigdemont. Si apostáis por ERC, tened claro que van en dirección contraria. Tal vez seamos menos, pero lo haremos mejor. 

Dicen que un loco es alguien que repite siempre las mismas acciones esperando obtener resultados distintos. Aunque el documento afirma que, por razones obvias, no puede dar a conocer «los detalles de toda la estrategia hacia la independencia», ha de reconocer que no hay nada nuevo en el tintero: «Nos tenemos que preparar para movilizaciones largas y sostenidas.» 

Nada que no hayamos visto antes y que ciertamente desgasta mucho, no tanto al Estado como al país que pretenden liberar. 

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