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Ecos independentistas| Carles Puigdemont, exiliado

El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont Foto: Europa Press

Pablo Iglesias ha comparado la situación de Carles Puigdemont con la de los exiliados de 1939. El vicepresidente no suele tener lapsus de este calibre, y menos en un programa de una cadena amiga como Salvados, por lo que hay que pensar que lo llevaba preparado. Concretamente, afirma que Puigdemont «si está en Bruselas no es por haber robado dinero a nadie sino por llevar sus ideas políticas hasta un extremo…». Está claro el mensaje que pretende lanzar: es un hombre honrado, no como el rey emérito.

El exilio, de acuerdo con el diccionario, es una «expatriación, generalmente por motivos políticos». Expatriarse es vivir fuera de la patria, del propio país. Queda claro que Carles Puigdemont vive en el extranjero por motivos políticos, por lo que se le puede aplicar el calificativo de exiliado. Tanto como al general Sanjurjo, quien después de un intento de golpe de estado en 1932 se instaló en Portugal, desde donde conspiraba para volver a hacerlo; por poner un ejemplo al azar sin ánimo de forzar ningún paralelismo.

Vivir en el exilio es una circunstancia que en sí misma no constituye un juicio histórico ni contiene una valoración moral. El convulso siglo XIX español está lleno de exiliados de todos los colores: afrancesados, liberales, carlistas, progresistas… Pablo Iglesias podía escoger entre múltiples facciones y un variopinto elenco de personajes si quería buscar precedentes, aunque hubiera sido preferible que no buscara ninguno y se limitase a comentar la situación actual, que para eso está en el gobierno. Pero ha caído en la tentación de remitirse a un exilio demasiado reciente, demasiado doloroso.

Un guiño a Puigdemont

Andreu Claret ha escrito: «Mi madre salió de Manresa de noche, cuando tenía 13 años, y caminó hasta El Pertús con sus padres y el hermano pequeño. Mi padre pasó la raya poco antes de que llegasen los franquistas, con los últimos heridos que habían podido salir del Hospital Militar de Vallcarca. Fueron a parar al campo de Argelers, en la playa, bajo la lluvia y el frío, y tardaron cerca de 30 años en volver a Cataluña. Esto fue el exilio republicano, señor Iglesias, y no algo que se puede edulcorar para hacer un guiño a Carles Puigdemont.»

Más que por motivos políticos, habría que decir que fue un exilio por motivos bélicos. Y fue un exilio de masas: cerca de medio millón de personas. Nada comparable con la expatriación de Puigdemont y varias personas más con cuentas pendientes con la justicia. No hay nada comparable, al margen de si su situación personal y económica es mejor o peor, y ya sabemos que es bastante mejor.

Iglesias ha caído en su propia trampa, en la trampa de la extrema izquierda de reducir la Historia a una historia de buenos y malos, y de reavivar los enfrentamientos de los años 30 —que en eso consiste la llamada memoria histórica—. Comparar el exilio de Puigdemont con el de 1939 es su burda manera de recuperarlo para el bando de los buenos, de los que están supuestamente en el lado correcto de la Historia, y, por consiguiente, hacerlo merecedor de una amnistía como la de 1977, que cerró el conflicto entre rojos y nacionales. 

Preparando la amnistía

Si el gobierno quiere indultar, amnistiar, conmutar o absolver, que lo haga a partir de hechos y argumentos del momento actual. Lo que pasó hace ochenta años no puede eximirnos de asumir nuestras responsabilidades ni justificar nuestra manera de afrontar los problemas de hoy. 

Ya estamos empezando a pagar las desmesuradas referencias a la guerra civil en la política actual, que sirven para inclucar la idea de que hace falta una nueva transición porque la anterior fue insuficiente. Para ello se intenta meter en el mismo lote la abolicion de la monarquia y la resolución del conflicto catalán. 

Por algo decía Pedro Sánchez que no dormiría por la noche si tuviera que gobernar con los de Podemos. Poco después le fue fácil conciliar el sueño, ahora el insomnio lo tenemos los que no comulgamos con sus ruedas de molino.

Reescribir la historia

Jaume Collboni, como si su partido no tuviera nada que ver con la presencia del de Pablo Iglesias en el gobierno, ha afirmado en este tweet que «los populismos siempre tratan de reescribir la historia». 

No exactamente: todo el mundo quiere reescribir la historia en su propio interés, pero hay algunos que exageran y se les nota bastante. Existe un potente populismo de extrema izquierda —y otro secesionista con el que a veces confluye y otras veces discrepa— que promueve la inestabilidad al precio que sea y que usa viejos odios para insuflar en ciertos sectores sociales deseos de un cambio radical.

Iglesias, acostumbrado a manipular la historia, se mete despreocupadamente en camisas de once varas y no duda en cometer comparaciones odiosas que averguenzan a propios y extraños, como el de Puigdemont con el exilio republicano. Lo peor de todo es que no refuerzan la democracia y sí reavivan conflictos, pero de eso es de lo que se trata.

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