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Algunas damas ofendidas

Libros colocados en sus estanterías. Foto: Europa Press

Empecemos por reconocer que no es fácil ser feminista en estos momentos, al menos, serlo con conciencia y coherencia, con compromiso y sin victimización. Aunque considero que muchas reivindicaciones feministas continúan siendo necesarias, observo como cada día distintos grupos de activistas o simpatizantes feministas tratan de justificar actitudes ciertamente peligrosas para la libertad de expresión, la investigación académica o incluso la crítica literaria.

Solo hace falta que usted abra la puerta de Twitter para comprobar cómo muchos de esos activistas o simpatizantes feministas destacan, no por sus valores e ideas a favor de la igualdad de sexos, sino por su intolerancia, prejuicios y estrechez de miras. Quizá, cuando estos sujetos son jóvenes el tema no resulta tan alarmante y pueda incluso justificarse en una moda pasajera, en una ‘cosa de la edad’. Sin embargo, la cuestión resulta ciertamente preocupante cuando la intransigencia, además de ser exhibida por mujeres adultas, también se alienta con imperiosas dosis de sensacionalismo y psicosis.

Precisamente, un reciente ejemplo de lo que describo tuvo lugar esta semana. La periodista Cristina Fallarás y la escritora Silvia Nanclares insinuaban a través de su perfil de Twitter, que criticar la obra de una autora y comparar dos libros escritos por mujeres constituía ‘violencia’ y ‘violencia de manual’. Estas palabras resonaban a propósito de una ácida crítica literaria que había hecho el también periodista Soto Ivars en El Confidencial.

Pocos dudarán de que usar una crítica literaria para crear una narrativa belicista constituya una seria distorsión de la realidad. Pero creo que no podemos quedarnos ahí, especialmente si tenemos en cuenta la influencia que ejercen ambas autoras en medios, tertulias y espacios feministas. Es como si de pronto, hubiera que proteger a las autoras de las críticas y sostener que, en el caso de haberlas, estas son una expresión de un supuesto periodista patriarcal, maltratador, violento.

«La cuestión resulta ciertamente preocupante cuando la intransigencia, además de ser exhibida por mujeres adultas, también se alienta con imperiosas dosis de sensacionalismo y psicosis»

Una crítica podrá ser más o menos justa, coherente, jocosa, aburrida, incómoda, satírica, irónica… Pero, calificarla de violenta porque no se alaba la obra de una autora ni es un acto violento ni una expresión de lo que se ha denominado micromachismo. Sugerir que la violencia pasa por ser cualquier cosa que ofenda a una mujer no es una forma de despertar conciencias.

Hay un problema cada vez más general en el feminismo y es justo esa banalización de la violencia. La instrucción práctica se basa en promover la victimización perpetua de las mujeres. Y claro, con este planteamiento, se da pie a cualquier disparate. Por ejemplo, a sentenciar que criticar a una autora es una forma de opresión o de violencia.

Es obvio que aquí, además del histrionismo, se da cita también el amiguismo y el sabotaje. Es decir, hay una camaradería femenina que se siente incómoda y atacada cuando los medios o espacios literarios no hablan de sus amigas. De modo que, cuando no se aplaude a alguien de tu corrillo, hay que indignarse y fingir que tal cosa es insoportable.

«A mí, personalmente, no me gustaría que alabasen mi obra por ser mujer o por satisfacer la cuota femenina.»

Otra cuestión es la moralidad de cada una y cómo con actos tan mezquinos destruyen el tejido ético del feminismo. Por si alguien no se había dado cuenta aún: el espíritu feminista viene a ser la causa que justifica su personal tiranía. Mi conclusión es que no les importa recurrir al matonismo mientras sigan teniendo el foco. Esto es, no parecen tener el menor pudor al insinuar que alguien inocente es un maltratador y lo es porque no le gusta el libro de una mujer, independientemente del tema que trate o su calidad literaria.

En este contexto, es imposible desarrollar una discusión real y honesta sobre el machismo en la industria literaria, sobre si el marketing editorial ahonda en los estereotipos de género o si el talento literario de las mujeres queda reducido en muchos casos a un ‘producto para mujeres’. A mí, personalmente, no me gustaría que alabasen mi obra por ser mujer o por satisfacer la cuota femenina. Tampoco querría que, por miedo a ser intimidado, un hombre se viera obligado a recomendar mi obra.

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