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Contra Vox y todo lo que surja

El presidente de VOX, Santiago Abascal durante su intervención en una campaña electoral en Barcelona Foto: Europa Press

Cataluña es un infierno orwelliano: dar un míting durante una campaña electoral se llama fascismo; ir a reventar un míting se llama antifascismo.

Joan Vall Clara, desde el Punt-Avui, se ha dado cuenta —Vergonya—: «El fin de semana vivido en Vic, Valls y Salt no merece ningún elogio, ni uno. Al contrario. Hay que condenar la violencia contra Vox, por vomitivos que resulten los planteamientos y razonamientos de la formación.» Pero la manera habitual de presentar los hechos sirve para afirmar la inocencia de quien ejerce la violencia y la culpabilidad de quien es objeto de violencia.

Un artículo sin firma del 9NouSabíem a què veníem— cuenta así el recibimiento a Vox en Vic: «Era un acto electoral burbuja de un grupo venido de fuera (…) y que traía también de fuera su claque de seguidores. Ningún fan local (…) Los discursos o mejor dicho los gritos belicistas están muy bien pensados para acabar de encender los ánimos a los manifestantes que se encuentran en cada acto electoral que hacen durante la campaña. Y termina el acto y se van escoltados por los Mossos. La claque propia de Vox no ha parado de provocar a los manifestantes antifascistas durante todo el acto.»

Que hayan venido de fuera los convierte en indeseables —como si para presentarse a las elecciones catalanas hiciera falta tener un porcentaje mínimo de afiliados en cada municipio—. Que tengan que moverse escoltados por la policía se convierte en una prueba de su maldad. Cualquier cosa que digan se convierte en una incitación a la violencia, como si los anfitriones fueran seres primitivos, incapaces de raciocino. Su misma presencia en la ciudad significa una provocación que justifica toda la violencia y todos los destrozos que van a cometer los ciudadanos cuyos nobles sentimientos han sido ultrajados por los viles forasteros.

El Vallenc narra los incidentes de esta manera —Càrregues policials en la visita de Vox a Valls—, con una redacción bastante torpe pero suficiente para entender lo esencial: «La visita de Vox a Valls ha provocado momentos de mucha tensión y de cargas policiales en dos puntos de la ciudad. La concentración antifascista estaba prevista en los Arcos de Ca Magrané pero el dispositivo de los Mossos les ha frenado en la plaza del Pati (…) La intervención de Mossos d’Esquadra, evitando que la marcha independentista y antifascista pudiera avanzar (…) El fuerte dispositivo de los Mossos les ha frenado en una de las entradas de la plaza, mientras Vox hacía el acto electoral (…) Cuando el acto ya se había terminado, un grupo más reducido que los 200 manifestantes iniciales se han desplazado del Portal Nou, donde se ha celebrado el acto político, hasta la Fuente de la Manxa. En este punto, los Mossos han encapsulado a los manifestantes y se produjeron los enfrentamientos.»

«Los momentos de tensión han sido consecuencia de la presencia de Vox, no de la concentración que pretendía impedirla.»

Los momentos de tensión han sido consecuencia de la presencia de Vox, no de la concentración que pretendía impedirla. Y la necesaria intervención de la policía se acaba convirtiendo en un pretexto para que los así llamados antifascistas puedan lucir su capacidad de resistencia a la represión.

El Diari de Girona, remitiéndose a «agencias», presenta un relato de los incidentes de Salt que empieza así: «Los Mossos dispararon proyectiles de foam y cargaron ayer contra colectivos que se manifestaban en Salt por la presencia de Vox y de su líder, Santiago Abascal, en un acto en la plaza de la Llibertat del municipio. Los manifestantes lanzaron huevos, cebollas, tomates, naranjas y también graba a los miembros del partido ultraderechista. Abascal, que asistió al acto por sorpresa, se llegó a encarar con los concentrados y durante su discurso tildó a los Mossos de policía política por su inacción. También aprovechó para recoger algunas de las cosas que le habían lanzado para mostrar a los responsables del operativo policial. Los agentes identificaron un vecino que pasaba en bicicleta y que tiró al suelo la carpa que Vox había instalado en la plaza.»

Los agresores se convierten en «colectivos», como si eso diluyera la responsabilidad personal, el de la bicicleta tiró una carpa como por casualidad, y encararse con quien te lanza piedras y productos de la huerta parece ya una afrenta a la democracia.

Enfrentamiento sin límites

Los políticos independentistas, en general, no condenan estos actos, o acaso los respaldan discretamente. O no tan discretamente como es el caso de Laura Borràs, que según el Nacional «se moja».

La cabeza de lista de JxCat ha cometido un tweet literalmente ambiguo, políticamente inconcreto pero, en el momento elegido, martes 8 por la mañana, parece dedicado a la actuación policial en defensa de actos públicos perfectamente legales:

«Me indigna ver comportamientos de algunos agentes de Mossos que son incompatibles con los de una policía democrática referente en la protección y promoción de derechos. Hay que ser intransigente y ejemplar para con estos comportaments. Éste es mi compromiso: tolerancia cero con la violencia!»

Paralelamente, los teóricos del proceso a la independencia como levantamiento popular ven muy bien lo sucedido. Vicent Partal, en VilawebA Vic, l’antagonisme real— afirma que «la presencia pública de la extrema derecha española (…) ha hecho que grupos de ciudadanos se hayan decidido a hacer frente al fascismo, no desde el sofá o de manera retórica o aprovechada, sino de verdad. Sin límites». Hemos de entender pues que esos ciudadanos ejemplares no iban sólo a pegar unos gritos y a despegar unos carteles, que no es una nimiedad, sino a enfrentarse «sin límites» con unos conciudadanos cuyas ideas no comparten.

«Hemos de entender pues que esos ciudadanos ejemplares no iban sólo a pegar unos gritos y a despegar unos carteles»

A cualquiera capaz de leer algo más que un tweet, le viene enseguida a la mente que rebentar los actos públicos y agredir a los militantes de un partido con el que se compite en las urnas es como mínimo una anomalía. Pero lo que se vio en Vic fue algo más importante: un «ejercicio de control del territorio y de desobediencia civil». Por consiguiente, un modelo a seguir.

Para evitar dudas y conjurar los escrúpulos democráticos que a alguien le pudiesen quedar, Partal aporta la dimensión histórica del episodio: «España es el único estado de Europa donde el fascismo todavía no ha sido derrotado institucionalmente», con lo que el tumulto, el griterío y la disposición a luchar sin límites quedan justificados.

Nos quiere hacer creer que vivimos en un régimen que sólo los ilusos considerarán una democracia, puesto que «se mueve en torno a una monarquía de origen fascista» y «el fascismo es la matriz, la fuente, del nacionalismo español». El hecho que la monarquía como institución sea bastante anterior a la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado (1947) y que en 1978 sancionase una constitución considerada democrática en el mundo entero son detalles que no van a ser tenidos en cuenta.

Por otra parte, el de nacionalismo es un concepto que se presta a variadas controversias, pero sea cual sea la definición escogida, el nacionalismo español se remonta al siglo XIX, bastante antes del fascismo de los años 20; pero qué mas da. Lo importante es llegar, mediante los sofismas que haga falta, a esta conclusión: «Vox sólo podrá ser derrotado si se derrota el nacionalismo español.»

Pero el fascismo engloba a más gente. La política que rige en el Estado español es, «en definitiva, de dominación y ocupación, básicamente fascista, aplaudida y alentada —a las órdenes de su rey— por PSOE, PP, Ciudadanos y Vox», y también hay una mención a «la escuálida izquierdilla española», acusada de cínica. Lo de Vox, partido contra el que hay que luchar «sin límites», es sólo el principio. Fascistas son ya todos los discrepantes con el proyecto independentista. Y, puestos a fantasear con que consiguen su objetivo, es de suponer que seguiría la lucha entre facciones —a la manera de bolcheviques contra mencheviques— acusándose de fascistas las unas a las otra.

Porque, al fin y al cabo, qué es el fascismo hoy en día? Pues todo lo que los autoproclamados antifascistas definan como tal y estén dispuestos a erradicar.

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