Buenos manifestantes, malos infiltrados

Contenedores ardiendo durante las protestas por la detención de Pablo Hasél en Barcelona. EFE.

La opinión pública independentista, ante los disturbios callejeros, intenta conciliar dos extremos inconciliables: dar la razón a los manifestantes y condenar algunas de sus acciones. Es imposible que lo consigan, pero lo intentan.

Tienen que darles la razón, a los alborotadores, porque el espectáculo les ayuda a mantener viva la fantasía del control del territorio —que deberían asumir en la próxima proclamación de independencia—, y se sienten obligados a condenar lo que hacen cuando resultan perjudicados, en primer lugar, la gente que ve sus calles destrozadas, sus negocios saqueados, y sus viviendas y sus vehículos amenazados; pero también el país entero, el cual, con o sin pandemia, ya no ofrece una imagen como para ir de vacaciones o a invertir.

«Tienen que darles la razón, a los alborotadores, porque el espectáculo les ayuda a mantener viva la fantasía del control del territorio —que deberían asumir en la próxima proclamación de independencia«

Para superar la contradicción, establecen la distinción entre el buen manifestante, que sale en defensa de la libertad de expresión y ejerce su derecho a la protesta, y el mal manifestante, que comete destrozos en la vía pública y robos con violencia. Las condenas del mal manifestante varían según criterios personales, aunque para muchos parece que lanzar piedras contra la policía es menos grave que lanzarlas contra las ventanas del Palau de la Música.

El Palau de la Música no es toca!, gritaba un ciudadano a unos lanzadores de piedras. Pero en un momento u otro lo tocaron: Atac a la façana del Palau de la Música, resultando rotas algunas venerables vidrieras. No se libró de los bárbaros el Palau a pesar de haber expresado su «compromiso a favor de la libertad de expresión» de Pablo Hasél, en un comunicado en el que recuerdan también «el valor transgresor innato de la cultura», que a saber qué significa.

La policía que saca ojos

Cualquiera que sepa algo de Pablo Hasél, de su talante y de sus frases —aquí una muestra— esperará que una manifestación en su apoyo sea cualquier cosa menos pacífica. Es cierto que muchos de los asistentes no han cometido violencia ni saqueos, pero no ignoran que su presencia allí sirve de tapadera a los que sí los cometen, sean o no conocidos suyos.

El procedimiento exculpatorio de los daños ocasionados se basa en dos argumentos contradictorios: por una parte, lo mal que lo están pasando los jóvenes, con tanta pandemia y tan tristes perspectivas laborales, y por otra, la presencia de infiltrados y provocadores en medio de manifestaciones que son un dechado de virtudes.

Pilar Rahola, en Rac1 —en este audio recogido por e-noticies.es: Rahola envía a la porra a un exdirector de la Vanguardia—, afirma que, «cuando a determinadas horas comienza a haber actos de violencia, son repudiables», y seguidamente dice que «seguro que hay infiltrados, no sé de qué tipo (…) es evidente que hay infiltrados porque el que va a saquear ordenadores no está luchando por la libertad de expresión».

«Los manifestantes están por encima de toda sospecha, y si hacen algo que no me gusta, dejan de serlo y se convierten en infiltrados«.

El sofisma es evidente: los manifestantes están por encima de toda sospecha, y si hacen algo que no me gusta, dejan de serlo y se convierten en infiltrados. Con lo fácil que sería reducir al mínimo la posibilidad de desbordamientos mediante el recurso a un servicio de orden; pero eso requiere una organización convocante y unos líderes capaces de dar la cara, no aprendices de brujo que alientan la protesta anárquica, siguiendo el viejo adagio: a río revuelto, ganancia de pescadores.

«Reclamo que la policía no saque ojos»

Pilar Rahola

Con esa cobertura intelectual no es extraño que, cuando hay algún detenido, al día siguiente salgan en tromba amigos y parientes proclamando que es el más inocente del mundo. Al fin y al cabo, la versión de la policía, a ojos de los profesionales de la agitación, tiene presunción de falsedad, ya que se trata, nos dicen continuamente, de una policía antidemocrática, violenta y llena de elementos de extrema derecha. Más todavía, es una policía que saca ojos. Eso afirma Pilar Rahola, literalmente: «Reclamo que la policía no saque ojos». Eso después de decir que se siente «en una inseguridad jurídica permanente en la defensa de mis derechos, en este estado de derecho español».

Sociología de bolsillo

Tanto tiempo inculcando en el público el temor, casi el pánico, a las fuerzas del orden, no es sorprendente que se presente como una buena noticia que en ERC sean comprensivos con «la demanda de los anticapitalistas [la CUP] para rehacer de arriba abajo el modelo de orden público de Catalunya» —Por un cambio profundo en el cuerpo de Mossos— y que anteriormente los de JxCat, partido al que pertenece el consejero de Interior, hayan hablado de «los errores cometidos por algunos agentes de la BRIMO, que en ningún caso pueden quedar impunes» —Censura a los Mossos—.

«Nuestros padres, aquella gente que creció en una posguerra de mierda y que hoy son los abuelos que se nos van muriendo solitos, mientras aquí no dimite ni Dios. No, aquí, los incompetentes los volvemos a poner en las listas electorales».

Francesc-Marc Álvaro

Respecto a la situación particular de los ciudadanos jóvenes, Francesc-Marc Álvaro el 18 de febrero pasado hablaba en Nació DigitalEntre el foam i el 51%— de «la sociología de bolsillo sobre el futuro de la juventud, ciertamente negro y lleno de obstáculos, pero un futuro no tan ingrato —seamos sinceros— como el que tuvieron que soportar nuestros padres, aquella gente que creció en una posguerra de mierda y que hoy son los abuelos que se nos van muriendo solitos, mientras aquí no dimite ni Dios. No, aquí, los incompetentes los volvemos a poner en las listas electorales».

Un futuro incierto, sin duda; pero ¿qué generación anterior ha tenido tan asegurada la comida y el ocio, incluyendo una amplia gama de drogas? Los promotores de revueltas están recurriendo a argumentos demasiado fáciles de rebatir.

Sobre el historial del presunto adalid de la libertad de expresión, y delincuente nada presunto, basta recurrir a este artículo de Carlos Jiménez Villarejo: Pablo Rivadulla (también llamado Hasél), un antidemócrata ante la Justicia. ¿Cómo este elemento puede ser presentado ante la juventud como un modelo a seguir?

«el independentismo cree en la libertad de expresión sólo cuando se puede beneficiar de ella, e intenta reprimirla cuando es el perjudicado»

Y sobre la doble vara de los independentistas, Albert Soler, en el Diari de Girona, se ha entretenido en buscar algunos ejemplosLa llibertat d’expressió és molt maca, però només quan convé— que demuestran que «el independentismo cree en la libertad de expresión sólo cuando se puede beneficiar de ella, e intenta reprimirla cuando es el perjudicado». Esto es muy natural en un individuo, pero es intolerable en cualquier movimiento político.

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