Dudas razonables sobre ‘lo de Rociito’

Rocío Carrasco. MEDIASET.

Independientemente de sus detractores, Rocío: contar la verdad para seguir viva ha despertado un interés diferencial y rotundo. Muchas personas, entre las que me incluyo, hemos quedado impactadas y conmovidas por las declaraciones de Rocío Carrasco: la (presunta) violencia de género que ha sufrido por parte de su ex marido Antonio David Flores, la dureza de su segundo embarazo, el maltrato continuado al que fue sometida por su hija cuando ésta era menor de edad, su intento de suicidio, su trastorno ansioso depresivo mixto… El drama de la chica rica que recibía una cal y otra de arena por parte de un ser diabólico atrapa y convence al público. «Docu-serie» lo llaman. Pero no, no es un documental ni una apuesta por el periodismo de investigación. La imparcialidad o la neutralidad están fuera de juego. Se trata simplemente de un show, uno más para asegurar que el espectáculo de las familias Carrasco-Flores sigue y se rentabiliza.

Llegada a este mundo para ser la hija de la más grande y convertirse en habitual de la prensa del corazón, Rocío ha decidido romper el silencio tras años de especulaciones y descalificaciones públicas. Ofensas que, en muchos casos, fueron protagonizadas e instigadas por su ex y padre de sus dos hijos en diversas revistas y platós de televisión. El susodicho hizo buena caja en Telecinco, cadena que ha alimentado su versión de los hechos desde el año 2000. Por ello, partiendo de este contexto, entiendo perfectamente que Rocío quiera defenderse y lo quiera hacer públicamente. Como mujer libre, ha elegido el momento, el formato y la productora. También se ha asegurado el secretismo del rodaje, una buena iluminación, un maquillaje a prueba de llantos desconsolados y por supuesto, el parné. En ese sentido, no tengo nada que reprocharle. Es su vida y tiene todo el derecho a expresarse y a disponer de ella como quiera.

El contenido es adictivo, pero su proyección, al menos en términos televisivos, es toda una jugada maestra. La atención no solo se concentra en cada capítulo. Durante la semana, la audiencia sigue la parrilla de Telecinco para atisbar algún nuevo detalle sobre la siguiente entrega. Ese es el caballo ganador: el morbo, no la justicia. Todo ello, por supuesto, sin contar con el incremento de anunciantes en sus respectivos programas. Para Mediaset, el negocio es redondo.

La reflexión deontológica sobre el papel que jugaron y juegan los medios para ensalzar o despellejar reputaciones es ya caso aparte. La misma cadena que lleva años cuestionando abiertamente a Rocío Carrasco como mujer y madre, ahora coloniza las lecciones sobre la igualdad y la violencia contra las mujeres. Hasta Irene Montero, como Ministra de Igualdad, se atreve a intervenir en directo en Sálvame y opinar sobre la docu-serie. Eso sí, sin ninguna valoración crítica sobre la banalización del testimonio en televisión o sobre cómo dicha cadena lleva dos décadas cebando una única versión y alimentando el relato de la mala madre.

La misma cadena que lleva años cuestionando abiertamente a Rocío Carrasco como mujer y madre, ahora coloniza las lecciones sobre la igualdad y la violencia contra las mujeres

Montero necesita su dosis de protagonismo y aprovecha la ocasión para hacer propaganda política. Lo hace sin importarle la separación de poderes y el respeto al poder judicial. Parece también indiferente al hecho de que su actuación contribuya al juicio paralelo. Su imprudente participación, por supuesto, eleva el tema a otros corrillos ajenos al mundo de la prensa rosa. Todo esto, ni que decir tiene, se realiza en un escenario perverso y tramposo. Bajo la bandera de que hay que hacer justicia con Rociito se desprecia un derecho fundamental como es la presunción de inocencia. No se puede tratar como culpable a quien fue o está siendo investigado.

Al margen de Montero, el espectáculo que ha generado Rocío: contar la verdad para seguir viva es todavía más dantesco. La lucha contra la violencia de género se ha puesto al servicio de la cultura de masas y con ello proliferan falsos símbolos y héroes. En los mismos platós donde se pide rigurosidad y ser serios se habla de revictimización mientras se revictimiza a Rocío, se afirma que «no hay estudios» sobre violencia de género de tipo psicológico, se asume que todo es culpa del patriarcado y se acaba otorgando una confianza ciega en la perspectiva de género. Alguna periodista ha defendido sin pudor que en el rostro de la hija de la Jurado hay «heridas psicológicas». Otros, por supuesto, son incapaces de entender que la Justicia tiene instrumentos limitados y esto no significa que estén en contra de las víctimas o busquen favorecer al maltratador.

Una vez que se han proclamado tales disparates, a pocos les extrañará que se llegue incluso a sugerir que los jueces son «parte del problema» cuando tienen que dictar absoluciones o sobreseimientos cuando no existen pruebas concluyentes. Una cosa es ser juez y otra muy distinta opositar para ser hada madrina.

En los mismos platós donde se pide rigurosidad y ser serios se habla de revictimización mientras se revictimiza a Rocío, se afirma que «no hay estudios» sobre violencia de género de tipo psicológico, se asume que todo es culpa del patriarcado y se acaba otorgando una confianza ciega en la perspectiva de género

La autocrítica apenas tiene trascendencia televisiva. Sin embargo, para ser honesta, señalaré que algunos colaboradores y periodistas han entonado compungidos el mea culpa. También se ha suprimido el sorteo de los 12.000€ con el que se acompañaba la primera entrega de la docu-serie. Un detalle que estaba totalmente fuera de lugar si lo que se pretendía era resaltar el valor social de la emisión. Ahora bien, el arrepentimiento se diluye en busca de un nuevo enemigo. Parece que ahora hay que apuntar que «no hay justicia real» y que ello justifica que se produzcan, con temeridad y alevosía, esta serie de juicios paralelos en los medios y redes sociales.

Es obvio que los sucesos, incluidos aquellos que tienen como protagonistas a personajes mediáticos, levanten gran expectación y despierten algunas dudas jurídicas. Justo es aquí donde cabe diferenciar entre cuestionar una sentencia, acción que puede formar parte de la libertad de información o prensa; e impartir justicia en un programa de televisión, estigmatizando a quien no ha sido declarado culpable. Es un límite que debe procurarse e imponerse, especialmente si se trata de profesionales del mundo del periodismo, la violencia de género, la Justicia o el gobierno. Ello no significa que el testimonio de Rocío pierda credibilidad o no se empatice con su dolor. Actuar con responsabilidad es aceptar que el fin no justifica los medios, esto es, no prestarse a una ética condicionada y frívola cuando se aborda en televisión la violencia de género.

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