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Ecos independentistas | Puigdemont va de farol, como siempre

El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont. EP.

Andreu Claret, en El Periódico, cree que Puigdemont va de farol en las negociaciones con ERC para formar gobierno. Por una razón muy simple que se podría resumir con una frase atribuida a Andreotti: el poder desgasta, pero sobre todo al que no lo tiene.

Se ha estado especulando con la posibilidad de hacer presidente a Pere Aragonès y permanecer en la oposición. Jordi Sànchez parecía dejarlo claro: si quieren, que gobiernen en minoría, antes que repetir las elecciones. Pero, ¿qué sería JxCat sin consejerías? No sólo de la tarjeta de «identidad digital republicana» pueden vivir ese partido y todo el tinglado del exilio; es en los presupuestos de la Generalitat donde está la clave de la subsistencia.

Dice Claret: «La pérdida del poder dejaría la organización a la intemperie, pendiente de los designios insondables de su líder. Cientos de cargos perderían los privilegios de los que gozan, sin poder refugiarse en otras instituciones debido a la debilidad de su organización en el ámbito municipal. Sería una auténtica desbandada. De ahí que la treta haya entusiasmado sólo a quienes nada tienen que perder y haya alarmado a quienes viven del cargo.»

¿Qué sería JxCat sin consejerías? No sólo de la tarjeta de «identidad digital republicana» pueden vivir ese partido y todo el tinglado del exilio

Otro motivo, al próximo gobierno le tocará gestionar lo que llegue del Fondo de Recuperación Europea, «miles de millones anuales, a los que han optado más de 600 empresas catalanas», cuya gestión «será decisiva para consolidar la burguesía filoindependentista que ha nacido al calor del procés». Tal vez el ráncio término burguesía es algo exagerado para englobar a unos cuantos pequeños empresarios y a bastantes receptores de subvenciones.

También está «la dificultad de mantener la unidad de JxCat sin el cemento del amiguismo derivado del poder» y la anomalía de sostener la ficción del «liderazgo internacional» de Puigdemont «si el presidente de la Generalitat es de otro partido y los suyos no forman parte del Govern».

Por todo ello, si su desinterés por entrar en el gobierno es un farol y todo el mundo lo sabe, ¿a qué esperan los unos, los otros y los de más allá para mostrar sus cartas?

Si el desinterés de JxCAT por entrar en el gobierno es un farol y todo el mundo lo sabe, ¿a qué esperan los unos, los otros y los de más allá para mostrar sus cartas?

El riesgo del farol

Ferran Casas, en Nació DigitalPrendre mal—, advierte de la posibilidad que ERC les tome la palabra y les pida abiertamente el apoyo a cambio de nada: «Fue un error ofrecerlo si no era la prioridad porque abre a Aragonés una vía que le permitiría empezar, a pesar de que afrontaría una legislatura con un campo de minas en el Parlamento

No hay farol sin riesgo, pero la prudencia se va imponiendo: «La posibilidad de que ERC diga basta después de dos meses sin que trascienda ningún punto de entendimiento ha puesto en guardia al sector institucional de Junts (…) Nadie quiere hacerse daño y es evidente que, para la mayoría de dirigentes de Junts ir a la oposición es la peor opción

Y como ejemplo de transparencia democrática y de participación militante, «por si acaso, han decidido no someter a la consideración de sus bases un posible acuerdo con los republicanos».

Intercambio de papeles

En Vilaweb, Julià de JòdarDel carro independentista i dels seus corsers—, entre otras prolijas consideraciones, apunta la paradoja del momento independentista:

«Los previsibles papeles están, ahora mismo, invertidos: a Junts, que por fuerza y ​​experiencia debería ser el corcel que tira del carro y lo estabiliza, le ha entrado prisa; a ERC, que debería ser el corcel veloz, le da por la marcha lenta, y la CUP, que debería ser el corcel que asegura el carro en las vueltas, se tuerce hacia un lado; y los corceles no hacen caso del Consell per la República, que debería ser el conductor, con lo cual el carro no tiene la rapidez, la seguridad y la resistencia necesarias.»

Tal vez lo que sucede es que, después de tantas representaciones de la misma obra, los actores empiezan a aburrirse y se intercambian los papeles para coger nuevos bríos y ver si el público recupera el interés.

Ganar la lotería sin comprar números

Miquel de Palol, en el Punt-AvuiDerrota sense reconeixement— se indigna ante el espectáculo de «tres partidos autodenominados independentistas peleándose por un poder inexistente, y una parte de la población negándose a reconocer lo que tienen delante de la nariz: una indignidad descomunal».

No será tan inexistente el poder, si se pelean por él. Pero, aunque los políticos lo desmienten cada día, para una parte de la opinión publicada o emitida, cualquier cosa que no sea la independencia plena es menospreciable.

Bien es cierto que para seguir adelante haría falta el reconocimiento de la derrota. El primer paso sería abandonar el lenguaje falsamente épico que Palol utiliza todavía: «En 2010 —mucho antes, ciertamente, pero esta es la fecha del inicio formal de la expectativa— comenzó una guerra, y la guerra se perdió el 10 de octubre de 2017, en un insólito, absurdo acto de rendición cuando las posibilidades eran las más firmes de los últimos trescientos años.»

Aunque los políticos lo desmienten cada día, para una parte de la opinión publicada o emitida, cualquier cosa que no sea la independencia plena es menospreciable

En trescientos años, dice. Como si la invasión napoleónica; las guerras carlistas; la crisis del 98; el principio de las nacionalidades de Wilson, con que se cerró la primera guerra mundial, o los cambios de fronteras al final de la segunda, no hubieran ofrecido oportunidades. Tal vez es que entonces no había ningún partido secesionista como ahora.

Y luego está esa megalomanía invertida que consiste en atribuir el fracaso de la estrategia independentista a un defecto del carácter colectivo y no a un error de diagnóstico de los dirigentes:

«En España, el “problema catalán” se considera resuelto. Ya no preocupa a nadie. Ya está lejos del top ten de sus inquietudes. Ya se han dado cuenta de que, por falta de valor y de valores articuladores colectivos, en definitiva por falta de entidad como comunidad capaz de articular y configurar un estado, los catalanes no harán efectivo ningún proyecto de país, entre otras cosas porque no lo tienen, ni, y éste es el elemento básico, asumirán nunca el riesgo, los costes y los sacrificios necesarios. Los catalanes quieren ganar la lotería sin comprar números, y eso, aquí y en todas partes, no genera ningún peligro

No fueron «los catalanes» los que quisieron ganar la lotería sino una élite política vinculada al poder autonómico y local. Indiscutiblemente, tuvieron muchos seguidores y mantienen bastantes prometiéndoles que sin riesgos, sin costes y mediante concentraciones festivas de masas la independencia sería posible. Si ahora se trata de echarle valor y asumir sacrificios, es que aquel proceso ya ha acabado y estaríamos empezando otro proceso muy diferente.

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