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El suicidio de Willy Mckey y la falsa idea de justicia

Willy Mckey/ albertonews

Willy McKey está muerto. El escritor venezolano, afincado en Buenos Aires, saltó al vacío desde un noveno piso el pasado 29 de abril. Apenas unas horas antes escribía en su cuenta de Twitter: “No sean esto. Crece dentro y te mata. Perdón”. En los últimos días, Mckey había sido objeto de varias acusaciones de abuso sexual. Cuatro años después del Me Too, la historia se repetía. Si en su momento el señalado fue Harvey Weinstein, ahora le llegaba el turno a Mckey. Parecía solo una cuestión de tiempo.

“No sean esto. Crece dentro y te mata. Perdón”

Willy Mckey

Bajo el pseudónimo de Pía, los abusos que Mckey había perpetrado años atrás salían a la luz. A través de la cuenta de Twitter @mckeyabusador, Pía narraba los episodios de abusos que había sufrido cuando tenía entre 15 y 16 años: “Me practicó sexo oral, me masturbó con sus manos y frotó sus genitales contra los míos incontables veces. Era la primera vez en mi vida que estaba desnuda frente a un hombre. Nunca un pene había rozado mi vulva. Había recién cumplido los 16. Él cumplía 36 la siguiente semana”. No era un simple testimonio, cada intervención de Pía se acompañaba de capturas de pantalla sobre aquello que relataba. Esto es, se exponía toda una serie de conversaciones privadas donde se evidenciaba cómo el susodicho había puesto todo su empeño en tener contacto sexual con la menor.

“Me practicó sexo oral, me masturbó con sus manos y frotó sus genitales contra los míos incontables veces. Era la primera vez en mi vida que estaba desnuda frente a un hombre. Nunca un pene había rozado mi vulva. Había recién cumplido los 16. Él cumplía 36 la siguiente semana”

La denuncia de Pía provocó una gran indignación tanto dentro como fuera de las redes sociales, así como animó a otras víctimas a compartir también sus experiencias de abuso con el escritor. Palabras como desgraciado violador pedófilo, puerco, sarna, basura, sádico, sucio, enfermo; se dirigían al susodicho sin ningún tipo de piedad. El linchamiento digital se justificaba como un bien público y una vez más, como si tal acción constituyera bien un castigo ejemplar, bien un auténtico ejercicio de justicia. Quizá porque la condena social era ya incontrolable o porque la culpa ya no le permitía estar más en silencio, McKey dio un paso al frente y admitió ser responsable de sus actos. Lo que vino después ya lo conocen: el cuerpo sin vida de un hombre y una extraña y tramposa sensación de triunfo social.

«McKey dio un paso al frente y admitió ser responsable de sus actos. Lo que vino después ya lo conocen: el cuerpo sin vida de un hombre y una extraña y tramposa sensación de triunfo social«

Es posible que el suicidio de un abusador no invite a la empatía. Pero me permito, puede que con torpeza, reflexionar sobre cómo ese final no es proporcional al delito. El suicidio de McKey es despiadado por tres motivos. En primer lugar, no se le da la oportunidad a las víctimas de ver cómo su abusador rinde cuentas por sus actos y es puesto a disposición judicial. Su muerte no constituye una conquista para las víctimas y tampoco para el movimiento feminista.

Ese salto al vacío es una forma de evadir la responsabilidad y continuar ejerciendo poder sobre las víctimas. Ellas ahora tendrán que vivir con el dolor de los abusos, pero, ¿acaso no se merecían algo mejor? ¿Ser testigos de cómo la persona que abusó de ellas se enfrentaba a sus actos en los tribunales?

En segundo lugar, el suicidio del escritor nos lleva directamente a una pregunta: ¿cree verdaderamente el feminismo, movimiento instigador del Me Too, en la reeducación y la reinserción de los abusadores? No puedo conocer con certeza qué llevó a McKey a poner fin a su vida. Quizá fuera incapaz de vivir con el estigma de abusador, de visualizar una segunda oportunidad después de pagar por sus actos, de asumir aquello que hizo delante del público, de sus lectores, de tanta gente que le admiraba…

Lo que sí puedo afirmar es que McKey se merecía un juicio justo. La deriva punitivista del feminismo no nos conduce hacia una sociedad más justa, más segura, más sana. En esta cuestión, intuyo que la vida del abusador ya está marcada para siempre, que no cabe la reeducación, que siempre será un despojo social. Entiendo que muchas víctimas aterricen en el feminismo cargadas de dolor e ira, y que los abusos sexuales repugnen a la sociedad. Sin embargo, esa explosión emocional no puede desvirtuar los fines políticos del movimiento feminista.

«Depositar la esperanza de una sociedad mejor en acciones punitivas no es una garantía para recuperar ni rehabilitar al delincuente«

Depositar la esperanza de una sociedad mejor en acciones punitivas no es una garantía para recuperar ni rehabilitar al delincuente. Parece que no hay más salida que apoltronarse en los tópicos sobre la delincuencia, reforzando la creencia de que la lucha contra la violencia sexual es el incremento de las medidas de seguridad y el endurecimiento de las penas. Por otro lado, se alimenta también un clima inhóspito para las víctimas, como si estas no tuvieran derecho a perdonar, como si no estuvieran interesadas en recuperarse y pasar página.

«Es momento de romper el silencio ante los abusos, pero esta tarea no puede ser tratada por el feminismo (o los feminismos) como una cuestión de venganza»

Por último, quiero señalar cómo la humillación pública de los agresores es modo de seguir preservando la impunidad de los mismos, pues ese señalamiento se vale de la rabia y con ello, muestra un plano de acción muy limitado. Da la impresión que no hay más salida que eso. Es momento de romper el silencio ante los abusos, pero esta tarea no puede ser tratada por el feminismo (o los feminismos) como una cuestión de venganza. Da igual cómo lo disfracen, pero humillar y amenazar a alguien, por sus actos, por asquerosos que sean, sigue siendo una incitación impune a la violencia. ¿Acaso esto nos hace mejores?

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