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Cataluña, en el mapa de los problemas

Pere Aragonés junto a Carles Puigdemont en Waterloo, en 2018 (Europa Press).

Ha tenido que ser alguien habitualmente tan ponderado como Lluís Foix quien avise a los políticos, y al país entero, de que «Catalunya pierde vigor, competitividad, y en Europa no está en el mapa de las oportunidades sino de los problemas». El título de su artículo en La Vanguardia resume el deseo de todos los ciudadanos que aún prestan algo de atención a los vaivenes de la política: Gobiernen o váyanse. Al margen de las particulares opiniones de cada cual, el espectáculo de las negociaciones que nunca terminan descalifica a los líderes del proceso y nos está haciendo perder un tiempo precioso. 

«La situación se hace insostenible cuando los que tienen que gobernar anteponen sus intereses personales a algo tan sencillo como formar un gobierno de acuerdo con las mayorías parlamentarias. Es lo que ocurre en Catalunya, donde los tres partidos independentistas llevan noventa días discutiendo públicamente cómo repartirse el poder. No es culpa de Madrid, de la oposición o de ocultos poderes fácticos. Son exclusivamente ellos los responsables».  

Ya importa poco o nada si al final ERC y JxCat acaban poniéndose de acuerdo en el último minuto, o si vamos a nuevas elecciones. Sabemos que ni votar otra vez nos va a salvar de estos politicastros, ni un gobierno presidido por la desconfianza nos va a llevar a ninguna parte. 

Retórica de la impotencia

Si las encuestas fueran lo bastante favorables al independentismo —según la última de GAD3 para La Vanguardia, el PSC ampliaría su ventaja y ERC superaría un poco más a JxCat, aunque en conjunto el independentismo se mantendría en torno al 50%—, sin duda nos harían volver a votar. Como no lo son, lo más probable es que acaben acordando la investidura de Pere Aragonès y luego prosigan unos cuantos días más repartiéndose el organigrama de la Generalitat.  

Los cuatro puntos del pomposamente llamado Compromís per a un Acord Nacional per l’Autodeterminació, al que llegaron ERC, JxCat y CUP el pasado miércoles, son de una vacuidad tan grande que refleja perfectamente el desconcierto de los que lo han firmado. Sólo sirve para simular que se está negociando algo. 

Francesc-Marc Álvaro, en Nació Digital —Uns mínims i un conill— afirma que es un «ejemplo perfecto de la retórica de la impotencia que, a día de hoy, encorseta a los partidos independentistas catalanes» y que «elude la realidad como lo haría un loco». 

Añade la idea que «el proceso comenzó con ilusión y ha acabado en ilusionismo», porque ha llegado el momento en que «el truco torpe aparece ante nuestros ojos sin glamour ni gracia, y ahora los creyentes —tocados por la decepción— se convierten en escépticos, desconfiados o descreídos».  

Tal vez sería más correcto decir que el proceso empezó con mucho ilusionismo y que ya sólo genera desilusión. 

Partidos irreconciliables

En Vilaweb, Vicent Partal Negociar sense la pressió del carrer— tiene «la sensación que muchos independentistas han decidido desconectar de la política parlamentaria, completamente decepcionados, y emprender otras vías de organización. La falta de credibilidad de los políticos es cada día más evidente».  

También celebra el posicionamiento de ANC y Òmnium en contra de repetir elecciones —Dos advertiments seriosos— y espera que signifique «el inicio de una nueva etapa. O, si se me permite decirlo así, el retorno a los mejores tiempos: calle, calle y más calle. Presión, presión y más presión sobre los políticos» —como si los manifestantes y los saboteadores se convocaran solos—.   

Odei A.-Etxearte intenta conjurar el fantasma de julio, que es cuando tocaría votar si finalmente se repiten las elecciones. Es previsible un aumento de la abstención y difícilmente se repetiría la llamada «majoria del 52%» de votos independentistas obtenida en febrero.  

Ya Jaume Barberà en su momento —No som el 52%— calificó de realismo mágico la manera de llegar a ese porcentaje, puesto que los datos nos dicen que «sólo el 26.98 % de los ciudadanos que se molestaron en votar el 14-F del total que podían hacerlo optaron por la independencia». 

Volviendo a A.-Etxearte, «si JxCat no facilita ahora la investidura de Aragonés, ERC probablemente pagaría a JxCat con la misma moneda en caso de que se invirtieran los resultados» y «si la relación entre ERC y JxCat se vuelve irreconciliable, los de Puigdemont difícilmente podrían conseguir nuevos aliados parlamentarios». Por su parte, «ERC está en el centro del tablero, pero debería abrirse a pactar con el PSC» algo que por ahora descartan.  

Es el problema de repetir elecciones pero sin modificar los planteamientos ni cambiar los liderazgos. Nos quedamos en lo mismo y con los mismos, pero con menos esperanzas. 

¿Qué importa que haya gobierno o no?

Josep Martí Blanch, en El Periódico, ve Catalunya como residuo político e institucional. Si finalmente ERC y JxCat se ponen de acuerdo, tendríamos «un gobierno ineficaz», ya que «la degradación de las relaciones entre ambos y la divergencia de sus proyectos políticos imposibilitaría la mínima cohesión que un proyecto gubernamental necesita para fijar un rumbo y mantenerlo». 

La ilusión de la independencia ya no puede servir como punto de encuentro, puesto que «la independencia no está en la hoja de ruta de los próximos años», pero «hay cosas peores que un gobierno malo. Y la indiferencia de la ciudadanía por sus instituciones de autogobierno es una de ellas».  

«El edificio institucional se ha caído a trozos en Catalunya. Si primero fueron los constitucionalistas los que sintiéndose despreciados por el independentismo gubernamental dejaron de sentir la Generalitat como algo propio, ahora son también los soberanistas los que van llegando en tropel al mismo punto de encuentro». 

Se podría añadir que si unos desconfían de los gobernantes autonómicos porque utilizan torticeramente los resortes del poder para encaminarse hacia la independencia, los otros han empezado a despreciar el autogobierno porque el imperio de la ley al que han de someterse les aleja de la independencia. 

Y entonces, dice Martí Blanch, «¿qué importa en el fondo que haya gobierno o no? Y, yendo todavía más lejos, ¿qué importa ni siquiera la existencia de la Generalitat? (…) No quieren darse cuenta, pero ahí fuera se está aprendiendo a vivir sin ellos». 

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  1. «El vot de Lleida val gairebé dues vegades i mitja que a Santa Coloma de Gramenet»N.B. TENÉIS UN 26% DEL CENSO (UNA PERSONA UN VOTO)EN LAS «PLEBISCITARIAS» DEL 14-F.Otto Von Bismarck : «España es el pais más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido».

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