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Análisis/ La Recesión Epidémica a los dos lados del Atlántico

Dos mataderos de Padesa han registrado brotes de COVID-19. Foto: EFE.
test PCR/EFE

La Gran Recesión puso de manifiesto el importante papel que las políticas monetarias y fiscales podían jugar en una recesión severa propiciada por una crisis financiera de gran calado que puso contra las cuerdas el sistema bancario en los países más desarrollados. La rápida y contundente reacción de la Reserva Federal, coordinada con una política fiscal del Gobierno Federal expansiva, permitieron evitar el colapso del sistema crediticio y contener las caídas del PIB y el empleo en Estados Unidos.

«La Gran Recesión puso de manifiesto el importante papel que las políticas monetarias y fiscales podían jugar en una recesión severa propiciada por una crisis financiera de gran calado».

No podemos decir lo mismo de las políticas del Banco Central Europeo (BCE) que una vez iniciada la recesión elevaba los tipos de interés y se negaba a poner en marcha programas de adquisición de activos para suavizar las tensiones en los mercados financieros. En ausencia de un gobierno federal, cada Estado de la Eurozona había adoptado medidas fiscales contracíclicas que pronto chocaron con la exigencia de la UE de proceder a la consolidación fiscal.

Las consecuencias son bien conocidas. Estados Unidos salía de la recesión a finales de 2009 e iniciaba una nueva y larga fase de expansión que se mantuvo hasta finales de 2019 y alcanzó el pleno empleo. En contraste, muchos de los países de la Eurozona se debatían angustiosamente entre el ser y no ser mientras la recesión se prolongaba hasta 2013 y el deterioro de las cuentas de muchas entidades financieras que exigió rescatarlas inyectándoles cuantiosos recursos públicos. Además, la recuperación que siguió a esta etapa recesiva en que algunos países, como España, encadenaron dos recesiones sin solución de continuidad, fue débil en comparación con Estados Unidos y terminó en 2019 sin haberse recuperado siquiera los niveles de ocupación de 2007.

«No podemos decir lo mismo de las políticas del Banco Central Europeo (BCE) que una vez iniciada la recesión elevaba los tipos de interés y se negaba a poner en marcha programas de adquisición de activos para suavizar las tensiones en los mercados financieros».

La experiencia de esos años ilustraba a la perfección la prescripción que recogen casi todos los libros de texto de Macroeconomía, a saber, la importancia de coordinar las políticas monetarias y fiscales y aplicarlas a tiempo para evitar que la explosión de una burbuja financiera o una perturbación adversa de demanda se conviertan en una recesión prolongada que ponga en riesgo la solvencia del sistema financiero y destruya buena parte del tejido productivo. Pocos años

después, la irrupción del virus Covid-19 a comienzos de 2020 ponía de nuevo a prueba a las instituciones de las economías occidentales, incapaces, por una parte, de adoptar medidas coordinadas para contener la expansión del virus, pero obligadas, por otra parte, a adoptar medidas monetarias y fiscales para evitar que la prolongación de la semiparalización de la actividad económica pusiera de nuevo contra las cuerdas sus sistemas financieros.

Se puede decir que tanto la Reserva Federal como el Gobierno Federal de Estados Unidos han cumplido sobradamente con lo que la situación exigía para contener la intensa caída del PIB registrada el segundo trimestre de 2020. De hecho, la discusión allí gira en si el último paquete de medidas aprobado por Biden resulta o no excesivo.

«Tanto la Reserva Federal como el Gobierno Federal de Estados Unidos han cumplido sobradamente con lo que la situación exigía para contener la intensa caída del PIB registrada el segundo trimestre de 2020″.

En el caso de la Eurozona, el BCE ha demostrado también que había asimilado la lección recibida en la Gran Recesión, pero la ausencia de un gobierno federal en la UE ha vuelto a dejar de manifiesto la dificultad de adoptar políticas fiscales con la urgencia y contundencia necesarias para contener la caída del PIB. Si las vacunas hubieran tardado algunos meses más en estar disponibles, una circunstancia que no podía descartarse hace unos meses, la situación podría haber devenido insostenible.

Mortandad y parálisis económica

La irrupción del Covid-19 a comienzos de 2020 ha puesto de manifiesto la incapacidad de casi todos los gobiernos de los países desarrollados a ambos lados del Atlántico para contener la expansión del virus y su letalidad, una circunstancia que, aunque parece encontrarse ya en vías de solución, podría volver a repetirse en el futuro. Las cifras hablan por sí mismas sin necesidad de mayores comentarios. A 20 de mayo de 2021, la cifra total de casos en Estados Unidos era 33,8 millones y la de fallecidos 602.751 sobre una población de 332,7 millones, mientras que en la UE-27, el total de casos se situaba en 33,2 millones y la de fallecidos en 712.341 sobre una población de 447,7 millones. Incluso concediendo que las cifras oficiales de casos, 90.290, y fallecidos, 4.636, en la República Popular de China, con 1.444,2 millones de habitantes, estén groseramente infraestimadas, resulta innegable que el gobierno de China ha superado la prueba con sobresaliente y los gobiernos occidentales han fracasado estrepitosamente.

«A 20 de mayo de 2021, la cifra total de casos en EEUU era 33,8 millones y la de fallecidos 602.751, sobre una población de 332,7 millones, mientras que en la UE-27, el total de casos se situaba en 33,2 millones y la de fallecidos en 712.341 sobre una población de 447,7 millones».

La diferencia entre el éxito y el fracaso hay que achacarla a la decidida y contundente actuación del gobierno chino para contener la epidemia en el distrito de Wuhan (provincia de Hubei) y evitar su expansión al resto de provincias. La consiguiente parálisis económica en China fue limitada en el espacio y sobre todo en el tiempo y permitió la pronta recuperación de la economía en el segundo semestre de 2020. Las columnas azules en el Gráfico 1 muestran las variaciones intertrimestrales del PIB (respecto a su valor en el trimestre anterior), y las columnas rojas las variaciones interanuales (respecto a su valor en igual trimestre del año anterior).

Como puede comprobarse, el PIB registró una fuerte caída en el primer trimestre del año (2020Q1) tras la irrupción del Covid-19, pero la rápida y contundente actuación del gobierno de China para atajar la expansión del virus, no sólo salvo como ya se ha comentado a populosa nación de padecer una catástrofe humanitaria de enormes dimensiones, sino que permitió recuperar la actividad económica casi inmediatamente. Las variaciones intertrimestrales fueron positivas en los tres trimestres restantes y permitieron cerrar 2020 con un crecimiento del PIB de 2,25%. La recuperación continúa en el primer trimestre de 2021 con un crecimiento interanual de 18,3%.

El Gráfico 2 muestra idéntica información para Estados Unidos. Como puede comprobar el lector, la economía registró caídas intertrimestrales en los dos primeros trimestres de 2020, pero registró aumentos significativos en el segundo semestre, si bien las tasas interanuales continuaron siendo negativas, y 2020 se cerró con una caída del PIB de 3,5%. Pese a la rápida reacción de la Reserva Federal y del gobierno Trump que aprobó varios planes para aliviar la situación de las familias y las empresas, se observa que las caídas del PIB fueron más intensas y duraron un trimestre más que en China.

La gestión de la epidemia por la Administración Trump no sólo ha tenido un coste muy superior en vidas muy sino un coste económico, medido en términos de producción pérdida y mayor endeudamiento del Gobierno Federal y los gobiernos Estatales, muy superior. Los políticos estadounidenses deberían extraer alguna lección de esta experiencia tan traumática para tenerla en cuenta en la próxima pandemia: la principal prioridad para salvar vidas y la actividad económica es contener los contagios.

La Eurozona y España

La situación se agrava cuando volvemos la mirada al otro lado del Atlántico. El Gráfico 3 muestra lo ocurrido al PIB en los 19 países de la Eurozona (Euro-19) entre 2018 y el primer trimestre de 2021. Si comparamos lo acaecido en la zona Euro-19 con Estados Unidos, observamos que las variaciones intertrimestrales (barras azules) fueron más negativas en los dos primeros trimestres del año y que si bien el rebote en el tercer trimestre fue más intenso, las tasas intertrimestrales volvieron al terreno negativo en el cuarto trimestre de 2020. Para el conjunto de 2020, la caída del PIB en la Eurozona fue -6,6%, casi duplicando la caída del PIB en Estados Unidos (3,5%). Además, la nueva caída del PIB en el primer trimestre de 2021 indica que la Eurozona, a diferencia de Estados Unidos, seguía en recesión en marzo y acabará, casi con toda probabilidad 2021, con un crecimiento bastante más débil que Estados Unidos.

Hay pocas dudas de que la rapidez y contundencia de los diversos paquetes aprobados durante la presidencia de Trump y Biden para aliviar a las familias y a las empresas y a los Estados están detrás de la más pronta e intensa recuperación de Estados Unidos. La UE que, aprobó un único programa de actuación (Next Generation EU) en el Consejo celebrado el 21 de julio de 2020, sigue a fecha de hoy examinando los planes presentados por los Estados miembros y nadie sabe cuándo empezarán a llegar las transferencias y préstamos acordados. Además, el objetivo de esos fondos no es sacar a las economías lo antes posible de la recesión, sino impulsar la transición energética y digital para hacerlas más resilientes. Algunos pensamos que las economías son más resistentes cuanto menos intensas y menos duran las recesiones. Así nos va a los ciudadanos europeos.

La intensidad de la Recesión Epidémica en España ha sido incluso más acusada que en el conjunto de la Eurozona. El Gráfico 4 muestra las históricas caídas de las tasas intertrimestrales e interanuales registradas en los primeros trimestres de 2020, ambas varios porcentuales por encima de la media de la eurozona. Y si bien en el tercer trimestre se produjo un rebote importante del PIB respecto al trimestre en que estuvo vigente el decreto de alarma, la recuperación perdió gas en el cuarto trimestre del año que se cerró con una caída igualmente histórica de 10,9%, 4.3 puntos porcentuales superior a la media de la Eurozona y 7,4 puntos mayor que la de Estados Unidos.

La incapacidad del gobierno Sánchez para controlar la expansión de la epidemia durante el período de confinamiento estricto en la primavera de 2020, obligó a las autoridades regionales y locales a imponer restricciones intermitentes a las actividades económicas para frenar las posteriores oleadas de contagios, circunstancia que sumada al desplome del turismo internacional, explican la magnitud de las caídas del PIB registradas, a pesar del aumento del déficit de las AA. PP. que se elevó hasta 10,98% del PIB y de la deuda pública (120% del PIB) en 2020. Como decía en mi artículo de la semana pasada, la situación de la economía española es muy delicada y 2021 ha empezado con un nuevo traspiés. Todo está pendiente de que las vacunas, como ya se ha podido observar en Estados Unidos y Reino Unida, reduzcan los contagios y la llegada de los fondos europeos para impulsar la alicaída economía española.

Embaucadores impenitentes

Resulta preocupante que ni el gobierno de Estados Unidos ni los gobiernos de la UE hayan reconocido todavía que buena parte de la catástrofe humanitaria y económica que ha causado el Coronavirus en las sociedades y economías más avanzadas del mundo podría haberse evitado coordinando sus actuaciones para contener el virus en las zonas donde irrumpió inicialmente y evitar su expansión incontrolada a todo el territorio. Fue precisamente esa incapacidad para gestionar con decisión la crisis sanitaria lo que imposibilitó recuperar la actividad económica en el segundo semestre de 2020, a diferencia de lo ocurrido en China, y regresar en un par de trimestres a una cuasi normalidad vigilada.

Pero cuando la supuesta ‘libertad’ en cuyo nombre nuestros gobernantes han defendido su gestión acaba en confinamientos más prolongados e insoportables para los ciudadanos, termina con la vida de más de 1,3 millones de personas (las cifras reales de muertos son bastante más elevadas) y causa la recesión más intensa vivida desde la Gran Depresión, uno tiene la sospecha de que la palabra ‘libertad’ se está utilizando, no para defender un valor precioso sino para enmascarar su constatada incapacidad para gestionar una crisis que podría volver a repetirse, con eficacia.

Dando a entender que lo ocurrido era una suerte de plaga inevitable, pretenden ahora esos mismos líderes, animados por la esperanza que nos han devuelto las vacunas, embaucarnos con Agendas que pintan un futuro rosado a 10 o 30 años vista. No sé ustedes, pero yo no puedo evitar preguntarme cómo unos gobernantes que han sido incapaces de gestionar con eficacia una epidemia, cuya llegada y consecuencias eran más que previsibles a mediados de enero de 2020 y cuyas consecuencias hemos sufrido y vamos a seguir padeciendo durante muchos años quienes aún seguimos vivos, se atreven a hablarnos de cómo serán nuestras vidas en 2030 y hasta 2050. Hace falta mucha cara dura y pocos escrúpulos.

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