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Gilicoñadas

Jóvenes feministas: efeminista

Que difícil me pone el movimiento feminista criar a mis dos hijos varones con una visión clara y real de lo que significa la palabra. ¿Dé qué sirve mi esfuerzo por explicarles que el feminismo es la lucha por el derecho de la mujer?. De todas y cada una de las mujeres. No solo de las que piensan como yo. ¿De qué sirve que les cuente los logros conseguidos a lo largo de la historia en cuanto a la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres? También de lo mucho que queda por alcanzar. ¿De qué sirve que los eduque en el respeto si luego “algunas o algunes” se dedican a banalizar el término hasta convertirlo en una falacia chistosa?

Pero lo más preocupante es que estas “algunes” ostentan cargos como el de Ministra de Igualdad, por ejemplo, y tienen el privilegio de ser escuchadas por miles y miles de niños que crecerán pensando que las feministas son un puñado de feminazis, amargadas o taradas que enseñan las tetas en el congreso porque ser feminista, en mi opinión, no entiende de etiquetas. Ser feminista debería ser una forma de vida, de entender y enaltecer los derechos de la mujer.

Miles de niños crecerán pensando que las feministas son un puñado de feminazis, amargadas o taradas que enseñan las tetas en el congreso.

Hace pocos días, la vicepresidenta Carmen Calvo se parapetaba tras la bandera feminista para decir que “el temazo no es a qué hora se pone la lavadora, sino quién la pone”. Resulta que en un momento de crisis socioeconómica como esta, en la que tantas familias no consiguen llegar a final de mes, suben el precio de la luz y a la señora Calvo solo se le ocurre tirar la puyita de que “somos nosotras quienes ponen la lavadora”.

Esta no es más que otra perlita de declaración como la que hizo a la Cadena Ser en enero de 2020 asegurando que debería cambiarse el nombre al Congreso de los Diputados: “¿Qué hacemos entonces las Diputadas?”. Oiga, pues se me ocurre que igual podrían hacer políticas que favorezcan a la mujer y trabajar sin descanso por erradicar la violencia de género.

A mi este feminismo no me representa. Es más, me avergüenza.

A mi este feminismo no me representa. Es más, me avergüenza. Me avergüenza un feminismo que no sabe educar a las nuevas generaciones, un feminismo que, inexplicablemente, coloca muñequitas con falda en los semáforos. ¿Eso qué significa? Alucinada me hallo. Igual debería enorgullecerme pero, sinceramente, ni siquiera lo entiendo. ¿Igualdad? Pues yo también uso pantalones.

Está muy bien todo eso del lenguaje inclusivo, no digo que no. Pero ¿no se nos está yendo un poquito de las manos?.

Mi hijo quiere ser futbolista, no futbolisto. ¿En qué cambia la cosa por llamarlo de una forma u otra? Pues, simplemente, en que el término futbolisto no existe.

Mi hijo quiere ser futbolista, no futbolisto. ¿En qué cambia la cosa por llamarlo de una forma u otra? Pues, simplemente, en que el término futbolisto no existe. Por tanto, igual habría que dejarse de ‘gilicoñadas’ y de invenciones y ponerse serios de una vez por todas porque, estaremos de acuerdo, en que hay cosas mucho más urgentes que hacer.

Entonces ¿qué es el feminismo?

Pueden llamarme inculta. Soy toda oídos, pero es que no tengo muy claro, todavía, qué significa. Y vaya por delante, que comprendo la existencia de corrientes y matices dentro del movimiento. Faltaría más.

Lo que no puedo comprender es cómo pretendemos vender una lucha por la mujer si entre nosotras nos despellejamos porque nuestro punto de vista no coincide en algunas cuestiones. Tampoco me entra en la cabeza que queramos avanzar en el derecho a la mujer pisoteando todo aquello que tenga que ver con el hombre.

¿Se han parado a pensar que el gris existe? Conozco a muchos hombres que limpian, atienden a sus hijos y, por supuesto, que ponen lavadoras señora Calvo. Conozco a muchos hombres que repudian la violencia de género y que se suman con los ojos cerrados a la lucha feminista. Pero no a esta. No a la que pretende subir peldaños posando sus pies en la espalda del hombre, ninguneándolo y convirtiéndolo en un ser despreciable e innecesario.

Tengo dos hijos y, les aseguro, que crecerán sabiendo lo que está bien y lo que está mal. Crecerán sabiendo que no son más que una mujer y, por supuesto, que a la mujer no se le pega ni se le mata. También crecerán escuchando todas esas ‘gilicoñadas’ que nos desvirtúan. De que desoigan todo eso me encargaré yo, que soy su madre y que, feminista o no, soy mujer. Solo por eso, tengo derecho a decir lo que pienso y lo que me representa.

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