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De la democracia liberal al despotismo tecnológico-sanitario

Carretera de entrada a Barcelona vacía durante el confinamiento de 2020.

La reflexión es del filósofo italiano Giorgio Agamben en su libro La epidemia como política. He leído una reseña de Guillermo Belcore en el diario argentino La Prensa y me he sentido plenamente identificado con el vaticinio. Por eso lo comparto. El filósofo italiano realiza, entre otras, afirmaciones muy duras pero, a mi parecer muy convenientes. 

«La democracia burguesa y liberal será sustituida por un despotismo tecnológico-sanitario, sostenido por un aparato mediático acorde». «Las personas voluntariamente acceden a renunciar a libertades que ni siquiera en dictaduras o épocas de guerra habían sido conculcadas». «La vida se reduce a una condición puramente biológica, en la que ha perdido no sólo toda dimensión social y política, sino hasta humana y afectiva». «Ha abolido al prójimo». «El miedo a perder la vida sólo puede fundar una tiranía, el monstruoso Leviatán con la espada desenfundada». «Los profesores que aceptan someterse a la nueva dictadura telemática y a impartir sus clases sólo online son el perfecto equivalente de aquellos docentes universitarios que en 1931 juraron fidelidad al régimen fascista». «La Iglesia, bajo un Papa llamado Francisco, ha olvidado que Francisco abrazaba a los leprosos». «La ciencia es la nueva religión de nuestra época». «El distanciamiento social llegó para quedarse, como nuevo principio de organización de la sociedad». 

El TC ha aguantado las presiones y, por una ajustada mayoría, ha hecho prevalecer la ley sobre las decisiones de unos políticos

Como ven, afirmaciones fuertes que tratan de despertar conciencias. Y, cuando miramos a nuestro alrededor, vemos que en el día a día sus vaticinios van tomando forma. Hay resistencias. El TC ha aguantado las presiones y por una ajustada mayoría ha hecho prevalecer la ley sobre las decisiones de unos políticos, del Gobierno en primer lugar, pero también de la mayoría de la oposición, que han sido incompetentes sanitariamente aun saltándose la ley para tratar de tapar su inutilidad.

En un artículo publicado en este medio, en marzo 2020, advertía sobre la insuficiencia del estado de alarma para una decisión que nos quieren vender como salvadora de vidas  pero que, mirando a otros países, no lo fue. Y a las estadísticas me remito. No es un tema baladí. Han aprendido que, creando pánico, la ciudadanía es dócil y traga con todo. Y lo usarán cada vez que convenga al poder. No sólo eso. Vuelve a muchos probos ciudadanos en miserables delatores. En miserables inquisidores. No me considero negacionista. La pandemia existe aunque todavía no sabemos a ciencia cierta su origen. Pero lo irrefutable es que se está utilizando en beneficio de unos pocos y contra los intereses de la mayoría anestesiada. En beneficio de la opresión y contra la libertad. 

Avanzar en la agenda posnacional tan querida a los globalizadores más radicales que han convertido a la izquierda identitaria y colectivista en sus peones

Nada es casual. ¿Qué han conseguido con la pandemia? Enriquecer a tecnológicas y farmacéuticas, desatender los servicios públicos con la milonga del teletrabajo, muy adecuado para algunas cosas, pero demoledor para los servicios públicos. Dar el golpe de gracia a las clases medias. Aumentar el poder de los gobiernos. Justificar un Plan Marshall que servirá para que se enriquezcan los cercanos al poder, las grandes consultoras y las grandes empresas. Avanzar en la agenda posnacional tan querida a los globalizadores más radicales que han convertido a la izquierda identitaria y colectivista en sus peones de brega.

Se creen revolucionarios y lo que hacen es dejar a los países sin identidad propia al dividirlos y enfrentarlos en mil identidades. Con ello se vuelven perritos falderos de las grandes empresas transnacionales. Con los avances tecnológicos y la excusa sanitaria el control de los individuos ya es abrumador. Los globalistas radicales han decidido acabar con las clases medias. Somos un estorbo para sus planes. Y sin clases medias autónomas del poder de turno, no hay democracia. A mi me enseñaron que para encontrar al culpable de un delito hay que seguir la pista del dinero. Pues si nos creemos la tesis, las pistas son abrumadoras. Con la coartada de salvarnos la vida nos quieren convertir en muertos vivientes, en zombis al servicio de los poderosos. 

Cuando la gran mayoría se ha plegado al poder, voces como la de Giorgio Agamben son una esperanza. Tenue, pero esperanza a la que agarrarse para tratar de no bajar los brazos. ¿Exagera? Ojalá. 

Francesc Moreno
Francesc Moreno
Abogado y editor. Ha sido profesor de derecho financiero en la UAB y derecho mercantil en la UB. Fundador de cronicaglobal.com y SCC .

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