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Ecos Independentistas/ Los 300 años de Salvador Illa

El líder del PSC, Salvador Illa, durante su intervención en la segunda sesión del Pleno de investidura (PSC).

Lo que habría que destacar, de las declaraciones de Salvador Illa que recoge el Diari de Girona el domingo pasado, es la primera parte de esta frase, no la segunda: «Es muy importante que pasemos página a diez años que, no exagero, han sido los peores de los últimos trescientos de la historia de Catalunya.» Afirmar que han sido los peores es tan gratuito como afirmar que han sido los mejores. Nadie ha vivido tres siglos y todo depende de los hechos o de los parámetros en que uno quiera fijarse.

«Afirmar que han sido los peores es tan gratuito como afirmar que han sido los mejores. Nadie ha vivido tres siglos y todo depende de los hechos o de los parámetros en que uno quiera fijarse».

Diari de Girona

A esto es a lo que nos ha llevado el proceso independentista, según Illa: «A un empobrecimiento económico, a una pérdida de prestigio internacional, tanto en España como en Europa, y ha deteriorado mucho la convivencia.» Respecto a cuestiones tales como la autodeterminación —que la ONU sólo contempla en casos de viejas colonias— o la amnistía —que la ley española no permite—, considera «muy importante no generar más falsas expectativas en la sociedad catalana y decir la verdad».

Está hablando de la necesidad de pasar página y no generar falsas expectativas. Esto es lo que en todo caso merece una réplica. Pero a ver quién es el independentista que se atreve a replicar afirmando y demostrando que hemos obtenido prosperidad económica, que hemos ganado prestigio entre las naciones o que reina el sosiego en los ánimos y en las calles.

«A ver quién es el independentista que se atreve a replicar afirmando y demostrando que hemos obtenido prosperidad económica, que hemos ganado prestigio entre las naciones o que reina el sosiego en los ánimos y en las calles».

Es mejor desviar el tema y hablar de Illa como del negacionista de los 300 años, como ha hecho el editorialista de Racó Català, y recordar que «el país ha pasado por etapas devastadoras marcadas por la prohibición de las libertades y los derechos nacionales, matanzas, guerras, represión contra la ciudadanía y persecución ideológica. El decreto absolutista de Nueva Planta (impuesto a partir del 1716), la Guerra del Francés (1808-1814), la Semana Trágica (1909) o las dictaduras de Primo de Rivera (1923 hasta 1930) y Francisco Franco (1939-1975 ) son períodos de crudeza y penuria para la práctica totalidad de la sociedad catalana».

Todos los medios catalanes han reproducido, más o menos, la afirmación de Illa. Algunos la comentan con los aspavientos habituales. Jokin Buesa, en el Nacional, dice que la —bestialidad de Salvador Illa sobre la historia de Catalunya— «es tan bestia, delirante y patética que cada vez que vuelve a pronunciarse pierdes cinco años de vida», y cita algunos comentarios pescados en Twitter que evocan los bombardeos fascistas, los campos de concentración y el PSC como «filial ultra de Vox».

«La bestialidad de Salvador Illa sobre la historia de Catalunya es tan bestia, delirante y patética que cada vez que vuelve a pronunciarse pierdes cinco años de vida»

Jokin Buesa

También Vilaweb cita algunos tweets, todos en contra de Illa —a pesar del título Polèmica—, que aportan datos tan pertinentes como que «tenemos cunetas llenas de asesinados por el fascismo», «los tribunales españoles no fusilan hoy porque no pueden», o que en 1940 «la Gestapo entregó al presidente Companys al régimen franquista».

Recordar nuestra accidentada historia para rebatir una hipérbole decorativa no nos lleva a ninguna parte y rebaja el debate a una controversia de barra de bar. El rechazo de Illa a estos diez años puede sostenerse fácilmente si percibimos que nunca como ahora una elite política había actuado con tanto desatino y con tanta temeridad en contra de los intereses del país, mientras la mayor parte de los catalanes con poder de decisión o influencia pecaban por omisión y dejaban hacer como si la cosa no fuera con ellos.

La decadencia de Cataluña

Salvador Sostres, en el Diari de Girona, acepta la provocación sobre los últimos 300 años y contesta que más «preferiría olvidar a Jordi Turull que al franquismo»: «Franco distinguió siempre a Cataluña con políticos mucho mejores que Turull. Fabià Estapé, Laureano López Rodó o José María de Porcioles, el mejor alcalde que ha tenido Barcelona después de Pasqual Maragall (…) El franquismo no se habría atrevido a rebajar a Cataluña a estos niveles de indigencia política, económica, ni siquiera intelectual.» De Lluís Llach dice que «es un comunista antifranquista a quien Franco convirtió en un burgués de alto standing, que ha vivido a cuerpo de rey denunciando los vicios de un sistema del que él ha sido uno de los principales beneficiados».

El veredicto de Sostres es que «España está en crisis, Cataluña en decadencia y Madrid en el esplendor total». Y a propósito de los abanderados mediáticos de la causa, se pregunta «¿dónde están ahora todos los valientes escuderos del independentismo? No hay ninguno de aquellos transgresores que no viva ahora del sueldo de TV3, Catalunya Ràdio, el Grupo Godó, o esa máquina tragaperras de todos los catalanes que se hace llamar El Nacional, egregio cepillo de José Antich».

«España está en crisis, Cataluña en decadencia y Madrid en el esplendor total»

Salvador Sostres

«España está en crisis, Cataluña en decadencia y Madrid en el esplendor total»

Salvador Sostres

Arriesgándose a una acusación de apología del franquismo, sostiene que «Franco reconoció la importancia del catalán prohibiéndolo en las escuelas, y generó una época de la que aún vivimos y somos deudores. Turull y su banda de incapaces son la demostración de que los límites son siempre mejores que el subsidio y que la censura agudiza el ingenio (…) Cualquier padre sabe que educar es decir que no. Franco fue un padre duro para esta Cataluña emocional, infantil, pasada de azúcar, cínica, que entiende los negocios y no la política (…) Y los jóvenes osados de ahora viven más cerca de la autoparodia que de cualquier posibilidad de superar el estadio de monos de circo en que viven ahora.»

Las ideologías destruyen, dice Francisco

La entrevista que el Sumo Pontífice ha concedido a Carlos Herrera en la Cope toca muy diversos temas y dará bastante que hablar en todos ellos. A propósito de Cataluña, Francesc-Marc Álvaro, en la Vanguardia, sostiene que el Papa rompe un tabú al afirmar: «Yo no sé si España está totalmente reconciliada con su propia historia, sobre todo la historia del siglo pasado. Y, si no lo está, creo que tiene que hacer un paso de reconciliación con la propia historia, lo cual no quiere decir claudicar de las posturas propias, sino entrar en un proceso de diálogo y de reconciliación.»

El término tabú, más propio de las sociedades primitivas que de una gran religión revelada, es algo exagerado, y no es ninguna novedad que la Iglesia reclame, antes que nada, el abandono de las hostilidades. Álvaro entiende que Francisco «cuestiona el relato oficial sobre la transición española, que asimila esa etapa a una suerte de reconciliación nacional», pero lo importante es que esa reconciliación ya se ha producido y que la revisión de los hechos acaecidos hace décadas es materia de historiadores; no debería serlo de los sucesivos gobiernos, que saquean la historia para sustentar la propaganda.

Álvaro entiende que Francisco «cuestiona el relato oficial sobre la transición española, que asimila esa etapa a una suerte de reconciliación nacional».

Álvaro no cita lo que el Papa dice a continuación, que hay que «huir de las ideologías, que son las que impiden cualquier proceso de reconciliación». Ningún profesional de la «memoria histórica» puede negar que lo que hizo posible la transición, antes que nada, fue la pérdida de potencia, o de capacidad de seducción, de las ideologías que habían alimentado el conflicto en los años 30, y el deseo de no recaer en los horrores de la guerra. «Las ideologías destruyen», afirma ahora Francisco.

Ni tampoco cita lo que dice acerca de la misión de los gobernantes —«de cualquier gobierno, sea del signo que sea»— de «hacerse cargo de la reconciliación y ver cómo llevan adelante la historia como hermanos y no como enemigos o al menos con ese inconsciente deshonesto que me hace juzgar a otro como enemigo histórico».

Ciertamente, «el Vaticano, que no es precisamente partidario de una Catalunya independiente, emite ahora señales muy afinadas a favor de un diálogo de veras»; pero ese diálogo tiene, como condición previa e inexcusable, la superación de esa herencia envenenada que consiste en ver el vecino como un enemigo crónico, cuya maldad persiste a lo largo de los siglos.

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