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Mentir, esa bobería

Muñeco de Pinocho. UNSPLASH.

Desde que tengo uso de razón siempre he aborrecido la mentira. Apelaba a la mentira cuando alguien me preguntaba sobre aquello que no me gustaba. «No me gusta la mentira ni comer hígado». Eso dicen, al menos, quienes me conocían de chiquitita. Es obvio que esta frase yo no la recuerdo, pero sí sé que con el paso del tiempo ambos rechazos se han mantenido en el tiempo. Asumo entonces, que debe de ser verdad.

En casa, el tratamiento del engaño era sumamente estricto y, como no podía ser de otra forma, domesticaron mi voluntad en consecuencia. Si después de tirar un jarrón o un juguete por la ventana decías esa típica frase de «Yo no he sido», mis padres recalcaban «Tú sí que has sido». Con precocidad aprendí a asumir la responsabilidad y a entender que no estaba bien ocultar lo que había ocurrido para aprovecharse de los demás. Ninguna mentira se reforzaba en positivo. Mentir era algo así como desprestigiarse, un acto de debilidad. Suponía perder valor e ingenio ante aquellos a los que había que influir. La mentira piadosa también estaba mal vista, sobre todo si se empleaba con aquellos a los que amabas. Solo recuerdo una vez donde se me permitió mentir un poco.

«Desde que tengo uso de razón siempre he aborrecido la mentira. Apelaba a la mentira cuando alguien me preguntaba sobre aquello que no me gustaba. ‘No me gusta la mentira ni comer hígado’. Eso dicen, al menos, quienes me conocían de chiquitita»

Habíamos viajado desde Murcia a Barcelona para visitar a la familia (parte de mi familia vive allí desde hace muchos años). Cuando llegamos a mí y a mi hermano nos hicieron un regalo, pero se olvidaron de regalar a una de mis primas. Éramos los más pequeños y había que mimarnos, además, hacía mucho tiempo que no nos veían. Quizá teníamos 6 y 7 años. La cosa es que la prima sin regalo solo tenía tres años más que nosotros, pero ya se la consideraba mayor y no digna para tales obsequios. Entiendo que para los adultos era importante marcar un límite entre la infancia y la pubertad, pero ese límite puede ser bastante cruel a ojos de un niño…

Mi madre me hizo jurar y perjurar que no diría que nosotros teníamos un regalo y mi prima no. Es posible que incluso dejara caer alguna amenaza, no porque mi madre fuera autoritaria y malvada sino porque podía intuir que ocurriría lo peor… Por supuesto, yo le dije a mi madre que no diría nada. Rara vez puedes contradecir a una madre. Juro que estaba dispuesta a no decir nada, pero mi prima sin regalo me vio muy feliz y mientras jugábamos en la habitación me preguntó por mi entusiasmo. No le pude mentir. La advertencia de mi madre no podía luchar con años donde se me había perfeccionado para contarlo todo, esto es, para no mentir.

La catequesis y la confesión religiosa también ayudaron en esa senda. No valía con dosificar la verdad o no decir toda la verdad, había que mostrarla a lo bruto, pura, neta. Vomitarlo todo era ser mejor, más confiable. No tengo claro si también más sumisa. Lo más relevante era que se trataba de un vicio. En el confesionario, la mentira era sinónimo de destrucción. Pero yo no lo entendía y se iniciaba entonces mi primer dilema moral. Antes de hacer la comunión ya había leído la Biblia y sabía de las alabanzas que había recibido Judit. Ella había embaucado al enemigo para proteger su ciudad. Por entonces, yo embaucaba a mi madre para que me dejara jugar más tiempo a las Barbies en casa de mi mejor amiga. Quizá Judit fue mi primera heroína feminista.

«Gran parte de las mentiras ocultan debilidades, odios y malas intenciones. Donde se perpetúa y consiente la mentira, crecen los tiranos»

A medida que fui saliendo del cascarón tuve que comprender algunas particularidades. Me refiero a cuestiones como que todo el mundo tiene derecho a tener secretos. Por ejemplo, fingir que cree en Dios y en cambio, atravesar una crisis de fe. Aprendí también a equilibrar entre el valor de la verdad y el valor de los secretos. A día de hoy sigo sin ser permisiva ante la mentira. He leído a Platón, a Nietzsche, a Heiddeger, a Camus… También he leído los consejos de las revistas para mujeres y lo importante que es crecer sin necesidad de engañarme a mí misma. Me pregunto si existe la mentira justa, si la mentira permite la vida buena. He cultivado una reflexión al respecto y creo que la verdad es una belleza moral, una ética precisa. Gran parte de las mentiras ocultan debilidades, odios y malas intenciones. Donde se perpetúa y consiente la mentira, crecen los tiranos.

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