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ECOS INDEPENDENTISTAS / Éric Zemmour da miedo en Cataluña

En el centro de la imagen, el controvertido Éric Zemmour.

Un candidato a la presidencia de la República Francesa ha sufrido un atentado terrorista. Atentado, porque el agresor, aunque sin armas,  intentaba hacer el mayor daño posible. Terrorista, porque el objetivo era intimidar a toda la población. Nuestros medios prefieren verlo de otra manera. 

La campaña de Éric Zemmour va a estar salpicada de incidentes. Sus adversarios han decidido imponer a la opinión pública la falsa idea que no es una opción política democrática y que está en el origen de la violencia y el enfrentamiento civil.

Objetivo conseguido en el caso del corresponsal de La Vanguardia, Eusebio Val, quien en su crónica —Éric Zemmour y la Francia carca y la descontenta— dedica escasas pero significativas palabras al incidente: 

«Como ya es habitual, el acto de Zemmour dio trabajo a la policía.» El trabajo se lo dieron los que iban a rebentar el mitin, no los que lo organizaban. «Zemmour, al entrar, sufrió la agresión de un hombre que se le agarró al cuello antes de ser detenido.» Más bien le asió por la nuca para derribarlo, y por eso fue detenido. «El candidato sufrió una leve herida en una muñeca.» Nueve días de incapacidad según el diagnóstico. «La campaña promete ser muy caliente.» ¿La campaña de Zemmour, o la campaña contra Zemmour? «La violencia verbal puede derivar con facilidad en violencia física.» 

He aquí pues que las palabras del candidato se han convertido en la causa de la violencia de que ha sido víctima. Es una manera de decir que se lo tiene bien merecido.

«El francès emprenyat»

En este su primer mitin, Éric Zemmour anunció la creación de un partido con el que presentarse a las elecciones presidenciales el próximo abril: Reconquête. Si un periódico como La Razón ya ve en la elección del nombre la síntesis de «dos ideas ejes de su programa: la nostalgia del pasado y la virilidad más patriarcal en este nuevo combate»—¿virilidad? ¿patriarcal?—, ¿cuántos desatinos más nos esperan en la prensa independentista? 

En una breve nota del Punt-Avui —Violència en un míting de Zemmour a París— se puede leer: «El primer acto de campaña (…) degeneró en violentos incidentes», como si el ambiente se hubiera degradado porque los asistentes estaban de mal humor y no a causa de una acción planificada por SOS-Racisme. 

El editorial del diario Ara considera que «el popular periodista reaccionario» es una amenaza y reduce el significado de su candidatura a «una operación empresarial para intimidar a Macron», basándose en «el apoyo que le brinda el magnate de la comunicación Vincent Bolloré, presidente de Vivendi, un grupo que en Francia controla medios como Canal+, CNews, Europe 1 o Paris Match, y que tiene ramificaciones en Italia, donde forma parte de los accionariados de Mediaset y Telecom Italia, y España, donde tiene el 10% del grupo Prisa y aspira a una porción todavía más grande». 

Una manera algo burda de quitar importancia al programa de Zemmour, pasando por alto su carrera como periodista, desde los años 90; su presencia en radio y televisión, con notable aceptación de la audiencia, y una quincena de libros. No es ciertamente un candidato improvisado ni creado en los despachos, esté o no apoyado por dicho magnate.

En el mismo Ara, Carme Colomina habla del francès emprenyat y de las causas de su descontento —«los olvidados de la recuperación económica, penalizados por la inflación, el encarecimiento del precio de la energía y los alquileres»—; pero le niega capacidad de discernimiento. Si hay electores que no votan correctamente, es porque malintencionados medios de comunicación les distraen: 

«El discurso reaccionario se refuerza a través de sus propios altavoces mediáticos y el poder financiero que los alimenta (…) La politización de la nostalgia y la exclusión como criterio ofrecen a la extrema derecha el monopolio de la escena mediática y política. Por ahora, Le Pen y Zemmour suman, según las encuestas, entre el 35% y el 45% de la intención de voto en la primera vuelta de las presidenciales de abril.» Cuando ciertas inquietudes, ciertas preocupaciones, sobrepasan el tercio del electorado y se acercan a la mitad, harían bien en dar alguna respuesta sensata, y en evitar descalificaciones gratuitas. 

«El debate sobre la “preferencia nacional” lo contamina todo. El chovinismo como solución mágica para cualquier problema, ya sea la inflación o el paro, o la crisis migratoria y los problemas de vivienda. Y todo el mundo se ve arrastrado. El argumentario de la extrema derecha se infiltra en cada debate electoral.» ¿No será que la etiqueta presuntamente condenatoria de «extrema derecha», como último recurso para impedir el debate, ha tenido que extenderse cada vez más a medida que se multiplican los temas de los que ya no se puede hablar?

Un problema muy gordo

En los medios de la Generalitat desde el primer momento han situado Éric Zemmour a la derecha de la extrema derecha, a pesar de que su planteamiento está más orientado a seducir a amplios sectores de votantes tradicionales de la derecha y a recuperar a otros que optaron por la extrema derecha. 

En Vilaweb lo han calificado de «periodista ultra» y «extremista», y Vicent Partal acaba de dictaminar que nos viene un problema muy gordo. Habla de «un acto lleno de violencia e incidentes, con agresiones contra quienes protestaban por sus declaraciones racistas y xenófobas» —como si hubieran ido a escucharle— y de «la violencia brutal, salvaje, que vimos que expresaban sus seguidores» —ni una palabra de la agresión sufrida por el candidato—. 

Partal se asusta ante la posibilidad de que «haya gente que, viendo la irrupción de Zemmour, tienda a considerar moderado el lepenismo, a verlo más centrista, algo que sería terrible, además de un gran error» y se alarma ante el uso del término «reconquista»: «Un nombre que, en el sur, quienes hemos tenido que soportar durante toda la vida el nacionalismo español, entendemos a primera vista», «ese concepto ideológico inventado, sin base histórica, por la historiografía ultra española que se identifica abiertamente en el imaginario popular con la derrota y expulsión de los musulmanes y con la expulsión de los judíos».

Los independentistas catalanes llegan demasiado tarde

Curiosamente, Éric Zemmour es tal vez el político francés, incluso europeo, que más bien entiende Cataluña y la existencia de una fuerte tendencia separatista. Equinox —un medio que «cubre la actualidad de Barcelona y de Cataluña en francés— reprodujo el pasado octubre algunas frases que han pasado desapercibidas por los medios catalanes. En un programa de televisión, el 11 de octubre de 2017, situó el frustrado referéndum en una perspectiva histórica: «Lo que pasa en Cataluña no es populismo, es una vieja nación europea.» Una cosa no quita la otra: la evocación del pasado convive aquí con el uso de modernas técnicas populistas.

Sin improvisación y con más ponderación, encontramos también una cita del libro de Zemmour Destin français (2018), de la que entresacamos —con la reserva de no haber podido cotejarla con el original— estos fragmentos: 

«Los independentistas catalanes llegan demasiado tarde en una Europa demasiado vieja. El nacionalismo catalán nació en el siglo XIX, en la época en que toda Europa quería emular la revolución francesa. A esto se le llama el principio de las nacionalidades. El nacionalismo catalán se basa en una lengua común, una cultura o una historia, como Alemania e Italia, que se forjaron en la misma época, pero no Cataluña.» 

«Los catalanes se convirtieron en españoles a su pesar en el siglo XV. Madrid se convierte en la capital del nuevo reino y Barcelona en una provincia periférica. Los catalanes nunca lo digirieron.» 

«En el siglo XIX los catalanes consiguen su revancha, allí se instalan industrias. Barcelona es una ciudad moderna, laica, a la francesa, mientras Madrid decae y se asfixia en un clima católico y feudal. Incluso hoy, es la Barcelona rica que ya no quiere pagar por la España más pobre. Siempre que Cataluña se rebela, Madrid reprime.» 

«En 1978, Cataluña y todas las demás regiones españolas se convirtieron en regiones autónomas. Es el “café para todos” (…) Se creía que con el café finalizaría la comida de los nacionalistas catalanes, solamente les había abierto el apetito.»

Nadie piensa que Zemmour, si llegara a la presidencia de Francia, usaría su force de frappe para auspiciar un Estado catalán, pero aunque sólo fuera por la atención prestada, se merece un poco más de atención.

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