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Sin inversiones y con conflictos

Trabajadores de Nissan Barcelona durante la manifestación convocada en Santander (Cantabria) el 2 de julio. Foto: Europa Press.
Trabajadores de Nissan Barcelona durante la manifestación convocada en Santander (Cantabria) el 2 de julio. Foto: Europa Press.

Malos tiempos para entablar debates. El poder no quiere que nadie saque a relucir sus contradicciones. Cuando eso sucede, se activan los múltiples mecanismos de la censura y el silencio.

Es el caso del artículo desaparecido de Pedro Nueno en la Vanguardia, en el que denuncia la pérdida de una inversión automovilística china. La información llegó, como se puede ver en este artículo de Dolors Álvarez del 13 de diciembre: La china GWM descarta definitivamente quedarse la planta de Nissan en Barcelona. Pero los detalles que aporta Nueno en su columna, que aún puede encontrarse en la web, son demasiado incómodos: 

«Si cuando Great Wall mostró interés el president de la Generalitat e incluso el de España hubiesen viajado a China y asegurado a su dirección que tendrían su apoyo, al día siguiente se habría puesto el proyecto en marcha y otros fabricantes de automóviles chinos habrían venido detrás. Y no se habrían equivocado. Somos fenomenales, pero no tenemos políticos fenomenales.»

Cuenta Nueno que Pere Aragonès se echó atrás en el último momento, después de haber escogido fecha y lugar. «La empresa china habría preferido hacerlo en su central, en su región, pero entendieron que al president le fuese mejor Pekín y lo montaron todo allí.» Great Wall Motors (GWC) tiene su sede en la capital de la provincia de Hebei, Baoding, que está a unos 150 km de Pekín: tampoco era un sacrificio descomunal. «Le expliqué que si no se presentaba los chinos lo considerarían un insulto.» 

Queda por dilucidar si la incomparecencia fue por desconocimiento del protocolo o porque alguien le dijo que eso de la industria y de los automóviles, mejor dejarlo pasar. Y así nos quedamos, compuestos y sin inversiones. Mejor correr un tupido velo y no se hable más.

Tener o no tener elementos de coacción

Hèctor López Bofill, que a final de año lanzó varios tweets como mínimo cuestionables, entrevistado el pasado día 3 en Vilaweb —No dic que hi hagi d’haver morts…—, lamenta que en la universidad donde trabaja, la Universitat Pompeu Fabra, que por cierto es pública, se los estén mirando con lupa: «Si tú sabes que puedes ser sancionado por una expresión, entonces no emites esa expresión, o al menos te lo piensas dos veces. Y eso ya limita mi libertad de expresión.» Pensárselo dos veces, y las que haga falta, antes de formular una sentencia parece propio de un intelectual, y no por miedo a medidas correctivas sino por ética y por autoexigencia. Pero todo indica que en su caso no hubo improvisación sino ganas de iniciar un debate, y no un debate académico sino político.

En cuanto a la posibilidad que la UPF emprenda «algún tipo de acción» contra él, pronto se advierte que el censurado está preparando oposiciones a censor. Cree que «una parte de la gente que se quejó de mi tweet y se pusieron en contacto con el rector no eran del equipo de gobierno ni de la comunidad universitaria», luego eran del ámbito político, y que «en la universidad catalana quienes tienen mucho poder son funcionarios españoles (…) Una parte de la cúpula universitaria nunca ha estado a favor del proceso y ha actuado, a menudo, de forma hostil (…) Aunque el independentismo sea mayoritario en la sociedad, esta mayoría no se traslada a la cúpula universitaria». Dejando aparte lo discutible de la proposición «el independentismo es mayoritario en la sociedad», sólo faltaría que las cátedras tuvieran que proveerse en función del resultado de las últimas elecciones.

Sin embargo, su propósito de subrayar «la gran contradicción de parecer que queremos un estado pero no queremos los mecanismos coactivos que implica ese estado» merece más respuesta que el silencio, o ese pasar como sobre ascuas que caracteriza al movimiento independentista cuando alguien hace una pregunta pertinente. Si el Estado posee el monopolio de la violencia, y aspiramos a tener un Estado, la conclusión es que aspiramos a ejercer legítimamente la violencia. Pero, por elemental que sea, es algo «siempre se había quedado fuera de la reflexión del proceso de independencia y en el momento que sacas esto a la luz parece que incomodas a todo el mundo».

Aunque quiera hacerse el inocente o escudarse en el «clima de terror generalizado en el movimiento independentista y la sociedad catalana a consecuencia de la represión», López Bofill sabe que incomoda porque la clase política que ha impulsado el proceso o bien no aspiraba realmente a lo que decía aspirar —sólo a ir tirando—, o bien ha engañado a sus seguidores haciéndoles creer que iban a constituir un Estado de un tipo nunca visto y sólo con buenas intenciones —la revolución de las sonrisas—, o bien no saben qué es realmente un Estado.

El profesor ha hecho el diagnóstico: «Carecemos de elementos coactivos como un sistema de defensa, un sistema de orden público, un poder judicial o una estructura universitaria que impongan el nuevo orden nacional.» Y «estamos aterrorizados para ir más allá y continuar el proceso que se interrumpió el 2017» —más que de la represión sería el terror de la página en blanco—. Ahora falta que los dirigentes, tanto los de la república que no existe como los del gobierno efectivo autonómico aclaren si quieren «ir más allá» o renuncian a añadir tensiones a una sociedad sobradamente castigada. La ambigüedad calculada ya ha durado años, y  no debería durar más.

No anticatalanistas, anticatalanes

Xavier Roig ha dejado de colaborar en el diario Ara porque no le han querido publicar un artículo sobre la cuestión lingüística, que ha tenido que divulgar por su cuenta: El nostre idioma no té adversaris.

Para empezar, hace trampa al citar un artículo de José Pla en el semanario Destino, con fecha 27 de abril de 1957 —título: “El bilingüísmo”—, donde dice: «El bilingüismo es una tragedia indescriptible». Pero es que Pla no está hablando de la sociedad, de ninguna sociedad; está hablando del escritor bilingüe, es decir del bilingüismo literario. La frase entera es: «El bilingüismo es una tragedia indescriptible, frente a la cual yo postulo la necesidad —la necesidad absoluta— de que la gente (quien sea) escriba de acuerdo con sus necesidades de grupo, de clan, de tribu, de nación, de Estado, de lo que sea.»

En este artículo, Pla aporta sus poco edificantes experiencias de escritor en otros idiomas —en castellano, siendo redactor de “El Sol” en Madrid; en italiano, y en francés— para concluir que le resulta imposible ser un escritor bilingüe, ya que «hay una gran diferencia entre saber una lengua y conocerla». Queda claro que está hablando del creador que escribe en su propia lengua, no del escritor de cartas comerciales.

Roig está hablando de otra cosa, de lenguas en conflicto. «El monolingüismo catalán oficial que propugno, ¿equivaldría a oprimir el español? No. Significaría que la equiparación 50/50 habría terminado. Significaría tener herramientas legales para poder hacer discriminación positiva a favor del catalán sin contemplaciones ni miedos. Porque el español no necesita protección.»

«La institucionalización del bilingüismo sólo ha servido para que quienes no quieran aprender el catalán no tengan que hacerlo. El bilingüismo lleva a que una lengua se coma a la otra. Y si no, que alguien nos ponga un ejemplo donde esto no haya ocurrido.» Matizaciones: No «quienes no quieran aprender el catalán» sino quienes no quieran usarlo, siendo el catalán asignatura y a menudo lengua vehicular en la enseñanza obligatoria —otra cuestión es si esta enseñanza cumple los objetivos que tiene marcados—. El hecho es que una parte importante de la población de Cataluña vive al margen del catalán en su familia y no lo necesita en el trabajo ni en el ocio. 

A partir de esta evidencia, el independentismo prefiere no reconocer la existencia de dos comunidades que se ignoran y no quiere renunciar a que el catalán sea la lengua usual de todos los habitantes de Cataluña. Durante los años del proceso dejó de hacer de la lengua un problema, porque lo importante era sumar adhesiones; ahora que la apuesta por un referéndum de autodeterminación se ha visto imposible, algunos vuelven a situar la lengua en primer plano. Pero están condenados a potenciar lo que pretendían evitar: la división social y el conflicto en torno al uso de la lengua materna.

Dice Xavier Roig: «El individuo u organización que va contra mi cultura y que, no nos engañemos, quiere verla desaparecida, no es un oponente ni un adversario político. Es un enemigo. Y no valen tibiezas. Ni Ciudadanos ni el PP ni Vox son anticatalanistas. Son, simplemente, anti-catalanes (…) En Cataluña tenemos un problema muy grave y del que la lengua es el caso paradigmático: tenemos el enemigo en casa.»

Jordi Galves, desde el Nacional, denuncia que el artículo de Roig no se haya podido leer en el Ara. «La directora del Ara, Esther Vera, una de las más sólidas candidatas a dirigir con mano firme la Tevetrés, dice que en su diario no se censura ni se ha censurado jamás», pero «impide que leamos que los catalanes tenemos enemigos y no adversarios, que buena parte de la clase política catalana está vendida, y que los inmigrantes castellanohablantes en Catalunya, protegidos por el Estado, tienen en la práctica más derechos que los demás ciudadanos y residentes.»

Finge sorprenderse de que «la directora, apuntalada por el equipo directivo, decide cuál es el debate y cuál no es el debate», cuando eso es lo que hacen todos los directores desde que existe la prensa. Lo sorprendente es que, sea donde sea que aparezca una opinión así, puesto que afecta tan directamente a las directrices que emanan del gobierno catalán, no aparezcan voces autorizadas en el ámbito político que aprovechen la ocasión para distanciarse de ella o para hacérsela suya. No tenemos políticos fenomenales, ni mucho menos; pero es que ni siquiera aceptan preguntas incómodas.

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    VEREMOS QUÉ DICEN LOS INVERSoRES Y MULTINACIONALES.

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