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ENTREVISTA | Manuel Arias Maldonado: «Si no aprendemos a lidiar con la frustración democrática, alimentaremos el extremismo»

El ensayista publica ‘Abecedario democrático’, donde explica los conceptos básicos de la democracia liberal

El ensayista Manuel Arias Maldonado. ESTHER PITA.

Catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y columnista en El Mundo, Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) es autor de ensayos como La democracia sentimental (Pagina Indómita) o (Fe)Male Gaze: El contrato sexual en el siglo XXI (Anagrama). Recientemente, ha publicado con Turner Abecedario democrático, un práctico y ameno manual de cultura política compuesto por 27 voces, una por cada letra del alfabeto. Con él, Maldonado ha querido realizar una «modesta contribución al fortalecimiento de la democracia liberal», el sistema que, pese a todo, «mejor combina la defensa de la autonómia individual y la promoción de los intereses colectivos».

Su diccionario comienza advirtiendo que la democracia liberal se asienta hoy sobre un suelo menos firme. ¿Cuál es la razón?

Hay que empezar por aclarar que la percepción de que las democracias están en crisis jamás ha sufrido una crisis. El fatalismo de los demócratas, que tal vez sea una forma de autodefensa, no debe por lo tanto exagerarse. Dicho esto, se dan hoy una serie de factores que permiten concluir que su suelo es, como usted señala, menos firme.

Resumiendo: aumentan las prácticas iliberales y no siempre entre los sospechosos habituales, sino también en democracias consolidadas. Populismo y nacionalismo han cobrado fuerza tras la crisis económica, planteando un desafío abierto al modelo liberal de democracia. La esfera pública, aunque más plural que nunca, abunda en intolerancias y tribalismos de distinto tipo. Las encuestas muestran un ligero descenso del apoyo a la democracia —y no un aumento, pongamos—, en buena medida por lo que se percibe como su incapacidad para generar los rendimientos materiales deseables. Y, finalmente, el ascenso de China como superpotencia mundial ha debilitado la convicción de que el modelo liberal —democracia parlamentaria, economía de mercado, asistencialismo estatal— carece de alternativa.

«¿Son verdaderos demócratas los ciudadanos o lo son solo coyuntural o condicionalmente?»

Es improbable que regresemos a los tiempos de las asonadas militares; tampoco acabaremos en Matrix. Pero las democracias consolidadas pueden deteriorarse y las democracias jóvenes, en Asia y Latinoamérica o Africa, pueden sufrir una involución. Queda en el aire una pregunta inquietante: ¿son verdaderos demócratas los ciudadanos o lo son solo coyuntural o condicionalmente?

En la entrada feminismo, contrapone el feminismo radical a otro de corte liberal. ¿En qué se distinguen?

Digamos que el feminismo liberal persigue la igualdad entre hombres y mujeres dentro del marco de la sociedad liberal, sin vocación de trascenderlo. Combate un tipo particular de discriminacion de carácter sexista, sin tomar cualquier injusticia o daño padecido por una mujer como índice de machismo, y rechaza que las sociedades occidentales contemporáneas puedan ser consideradas como patriarcados definidos por la explotación sistemática de la mujer a manos del hombre.

Por lo demás, intenta evitar el paternalismo estatal y deja en manos del individuo la decisión acerca de cómo quiere vivir su vida, respetando su autonomía para definirse y conducirse. Si no quiere ser ingenuo, el feminismo liberal no puede limitarse a decir que la igualdad legal o de derechos es suficiente para alcanzar una igualdad efectiva de oportunidades: no siempre es el caso. Pero tampoco deduce de aquí que el poder público pueda hacer el trabajo que corresponde a las propias mujeres en el uso de su libertad.

Por su parte, el feminismo radical tiene objetivos más ambiciosos que pasan por la superación de la sociedad liberal-capitalista y la construcción en su lugar de una sociedad perfectamente igualitaria y libre de las constricciones impuestas por los patrones culturales hoy dominantes. Eliminar toda desigualdad, toda injusticia y toda discriminación entre hombres y mujeres en un marco poscapitalista, generando una cultura de la neutralidad que acabe con la división entre géneros y permita a cada individuo desarrollarse libremente en ausencia de expectativas sociales particulares y depurando un lenguaje que se encuentra ya en su raíz contaminado por el opresor masculino. El razonamiento es sencillo: si la sociedad liberal-capitalista es patriarcal, solo una sociedad que ya no sea liberal ni capitalista podrá dejar de ser patriarcal.

También opone el nacionalismo étnico al cívico. Sin embargo, ¿es posible un nacionalismo sin rastros de etnicismo?

Sí que lo es. Pero depende de lo que entendamos por nacionalismo, naturalmente. Y el término se encuentra por buenas razones negativamente connotado, de tal manera que lo identificamos casi exclusivamente con políticas agresivas de nacionalización forzosa en una identidad particular concebida de manera excluyente. Por nacionalismo cívico se entiende —y el concepto, obviamente, pertenece a la vasta literatura sobre el tema— la construcción de un orden estatal liberal-democrático que pone en el centro el reconocimiento jurídico del individuo, pero que inevitablemente se asienta sobre una realidad nacional particular que le sirve como difuso pegamento sentimental y ha servido en el pasado para legitimar el nacimiento del Estado en un territorio concreto. Aquí no se exige al ciudadano que ame a la patria o cultive virtudes específicas, asociadas a un carácter nacional.

«El desafío está en hacer sostenible el crecimiento y no en abandonarlo»

Pero como no somos robots ni aún hemos sido capaces de construir órdenes políticos perfectamente racionales, necesitamos fundar estos últimos en alguna clase de suelo cultural que nos permita explicar, por ejemplo, por qué en la península ibérica existen Portugal y España o por qué el finlandés no es un idioma oficial en la constitución española. Si toda nación es una comunidad imaginada, como dijo célebremente Benedict Anderson, lo que cuenta es de qué manera se imagina cada nación a sí misma. En ese sentido y por ejemplo, no me cabe duda de que la Constitución de 1978 expresa un nacionalismo cívico y la concepción de Cataluña que tiene el separatismo es propia de un nacionalismo étnico. Otra cosa es que esas categorías no se manifiesten de manera incontaminada en la práctica.

Parte del ecologismo parece avanzar hacia el decrecentismo económico. Pero, ¿es realista pedirle a los ciudadanos que rebajen su nivel de vida?

En efecto, hay una parte del ecologismo político que apuesta por el decrecentismo, que a su vez recibe el apoyo de una parte de la izquierda. Al fin y al cabo, ambos comparten el objetivo de acabar con el capitalismo, aunque en principio lo hagan por razones distintas —la sostenibilidad de un lado, la igualdad del otro. Pero dentro del ecologismo coexisten otras sensibilidades que, sea por razones de realismo político o por su convicción de que la sociedad liberal es digna de ser preservada, cree que el decrecentismo no es el camino a seguir para asegurar la sostenibilidad.

Por lo demás, la apuesta por el decrecentismo puede justificarse de dos maneras: como única posibilidad para evitar el colapso ecológico o como la preferencia moral por un modelo alternativo de sociedad. A mi juicio, el segundo argumento es más honesto que el primero. Sin embargo, el primero es más prominente, porque se entiende que el miedo es una motivación más eficaz que el deseo de vivir austeramente. Ahí llego a su pregunta: en general, pedir a los ciudadanos que sacrifiquen su nivel de bienestar material es una mala idea y, en el caso de los ciudadanos que poseen menor nivel de renta, una idea moralmente equivocada. No digamos ya si hablamos de que dejen de crecer los países que no han crecido aún lo suficiente. El debate tiene matices: puede dejarse crecer a estos últimos mientras nosotros decrecemos. Pero el desafío está en hacer sostenible el crecimiento y no en abandonarlo.

Indica que a menudo se confunde populismo con demagogia. ¿Cómo diferenciarlos?

Es muy sencillo. Matices al margen, el populismo es una práctica política antiestablishment que se realiza en nombre del pueblo soberano y se basa en una concepción antagonista de la sociedad: el pueblo malo contra sus perversos enemigos. La demagogia es una forma de discurso político basada en la exageración, la mentira o la hipersimplificación. Se deduce de ahí que el populista será con frecuencia demagogo, pero que el demagogo no tiene por qué ser populista.

Según su manual, «es privilegio de la oposición ofrecer lo imposible, beneficiándose con ello de las fantasías que los ciudadanos proyectan sobre el futuro: soñar es gratis.». No obstante, en Cataluña el separatismo parece beneficiarse de los privilegios de ser oposición y poder a la vez…

Sí, el código que rige en cada elección ese esencialmente el mismo: la oposición tiene la ventaja de ofrecer un folio en blanco, estimulando el deseo del cambio, mientras el gobierno puede instilar el miedo a ese mismo cambio… Pero también sucede que quien llega al gobierno puede seguir actuando como si siguiera en la oposición, denunciando los obstáculos reales o imaginarios a los que se enfrenta cuando gobierna: el peronismo argentino suele bordar ese papel de víctima perpetua. En el caso del separatismo, ocupa ciertamente una posición peculiar y disfruta de un electorado que le perdona el desgobierno siempre y cuando mantenga vivo el antagonismo con España. Es gobierno en Cataluña y oposición fuera de ella, aunque naturalmente no sea oposición en sentido clásico, que es de la que me ocupo en el libro.

En el capítulo Yihad, recuerda que no abundan precisamente las democracias islámicas. ¿Es la relación entre el islam y democracia inevitablemente conflictiva?

En la medida en que continúe abogando por un Estado teocrático, me temo que sí. Por la sencilla razón de que una configuración teocrática del Estado, que trae consigo una sobredeterminación religiosa de la moralidad y con ello una neutralización del debate político, supone en la práctica un vaciamiento de la democracia. Solo allí donde se privaticen las creencias religiosas, como pasó con el cristianismo europeo tras las guerras de religión, será posible que la democracia se libere de la tutela de los sacerdotes.

En estos tiempos, alguien puede haber echado en falta esta voz: «Polarización».

Bueno, es que la letra P tenía muchos pretendientes: política, parlamento, polarización, populismo… Me decidí por este último debido a su actualidad y porque del resto de conceptos podía hablar en otros lugares del libro. De todos modos, enfatizar la polarización me parece poco interesante; equivale a importar un debate norteamericano, aplicando un patrón democrático muy diferente que se encuentra marcado por la combinación de bipartidismo y presidencialismo, lo que resulta en partidos políticos débiles que funcionan esencialmente como plataformas para los candidatos, congresistas que se deben a sus electores y no a los líderes de su partido, etc.

En un sistema parlamentario, puedes tener mayorías absolutas que hagan innecesarios los acuerdos de gobierno o bien acuerdos parlamentarios que hacen posible el gobierno. Pudiera ser que estemos llamando «polarización» a estrategias políticas basadas en la justificación de unas alianzas en lugar de otras y que la falta de consensos respondiese menos a imperativos sociológicos o culturales que al propósito deliberado de explotar unos nichos electorales particulares vinculados con opciones extremistas.

«El populista será con frecuencia demagogo, pero que el demagogo no tiene por qué ser populista»

En una democracia como la española, hay partidos con representación parlamentaria de muy distinto tipo más que dos polos enfrentados entre sí. Otra cosa es que se haya producido un vaciamiento del centro político debido justamente a la amenaza que los extremos representan para los partidos mayoritarios. En nuestro país estamos viviendo más bien un proceso de «radicalización» de las posiciones políticas a consecuencia del protagonismo electoral y parlamentario de los partidos extremistas de izquierda y derecha, a lo que habría que sumar la presión ejercida por un nacionalismo que se ha convertido en separatismo y, últimamente, la aparición de partidos provincialistas que amenazan con seguir aumentando el número de formaciones de base territorial en nuestro parlamento.

«La democracia exige que los ciudadanos aprendan a frustrarse». Una afirmación que seguramente no oiremos nunca en boca de un político…

Se trata de una emoción política pendiente de la debida teorización. Me gustaría trabajar sobre ella más seriamente. Me parece claro que la democracia nos aboca a la frustración: casi nadie puede conseguir en ella todo lo que quiere siempre y en todo caso. Ante semejante limitación, no se puede renegar del sistema ni arremeter contra él: hay que aprender a frustrarse. La democracia permite a los partidos y movimientos organizados, así como a los individuos en menor medida, defender sus intereses mediante la argumentación pública y la movilización colectiva. Más no se puede pedir, porque en ninguna parte está garantizado que uno vaya a obtener lo que pide o que logre convencer a los demás. Romper con quien toma una decisión que no te gusta es un signo de infantilismo. La madurez estriba en aceptar que no siempre tenemos razón o que hemos de esperar una ocasión más propicia para hacer avanzar nuestros intereses.

«La Constitución de 1978 expresa un nacionalismo cívico y la concepción de Cataluña que tiene el separatismo es propia de un nacionalismo étnico»

Como usted señala, el político profesional no se permite hablar a los ciudadanos de sacrificios o frustraciones, salvo en ocasiones excepcionales tales como un conflicto bélico o una depresión económica. La relación que entabla con el electorado es la del vendedor de buenos futuros si él es el encargado de administrarlos, presentándose en cambio como desastrosos aquellos que gestionan sus rivales. Si no aprendemos a lidiar con la frustración democrática, estaremos alimentando el extremismo. Asunto distinto es que la frustración llegue a convertirse en resignación o apatía: ese resultado tampoco es deseable. El equilibrio, como se ve, es difícil de alcanzar. Pero si esto de la democracia fuera fácil, no estaría usted aquí haciéndome la entrevista ni me habría molestado yo en escribir ningún libro.

Óscar Benítez
Óscar Benítez
Periodista de El Liberal. Antes, fui redactor de Crónica Global y La Razón; y guionista de El Intermedio.

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