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ECOS INDEPENDENTISTAS / Cataluña, con la atención puesta en Ucrania

Carro de combate ruso en Ucrania.

El lema «El món ens mira» se popularizó en Cataluña a medida que se acercaban momentos clave del proceso a la independencia. Pero no, el mundo no nos miraba. La prensa y los embajadores lanzaron algunas miradas para ver de qué iba la cosa pero nada más. Lo de que «El mundo nos mira» era más un deseo que una constatación. La idea vino seguramente del lema que coreaban en América los manifestantes contra la guerra del Vietnam: «The whole world is watching». 

El mundo no mira a Cataluña, pero Cataluña sí mira al mundo, y los independentistas parecen impacientes por manifestar su posición y por destacar y ser reconocidos en el bando de los buenos. El domingo 6 de marzo, el presidente Aragonès firmaba este artículo en la Vanguardia: Catalunya, con Ucrania, identificando abusivamente y sin matices la postura del gobierno autonómico con la de todo el Principado. 

Dice que «se trata de la agresión más seria a los valores esenciales del europeísmo —la paz, la democracia y los derechos humanos— desde el fin de la guerra fría». Agresión a un país vecino y soberano, sin duda; otro tema es si los valores del europeísmo resultan afectados. ¿La construcción de la Unión Europea incluye ya también a Rusia y Ucrania? Debería quedar claro dónde empieza y acaba el proyecto de la UE. De entrada no parece que Rusia, incluida toda su área de influencia, haya compartido nunca esos valores.

Tal vez Aragonès exagera al decir que «por primera vez en muchas décadas el mundo en general y Europa en particular nos encontramos ante el intento por parte de una potencia nuclear de imponer un nuevo orden internacional, de fortalecer su posición bajo la amenaza directa de emprender acciones militares». Moscú no pretende ir más allá de la civilización ortodoxa, por decirlo en términos de Huntington. 

Pero si se acepta la premisa que la invasión de Ucrania es «una amenaza real al proyecto de construcción europea», está bien dejar claro que «una amenaza directa a la Unión Europea es una amenaza directa a Catalunya» porque el europeismo del movimiento independentista ha tenido sus altibajos. Incluso se han quemado banderas de la UE en algunas manifestaciones. 

Inequívocamente con Ucrania

Luego Joan B. Culla, el martes 8, en el Ara —Ucraïna encara no és morta—, nos dice de parte de quién tenemos que estar, y lo hace en un tono amenazante, nada habitual en él: 

«Todo el nacionalismo catalán (instituciones, partidos y entidades) debe estar inequívocamente con Ucrania; y si alguien no quiere, si alguien no es capaz ni siquiera de denunciar el gangsterismo de Putin, tendrá que asumir sus consecuencias.» 

¿Qué consecuencias? El gobierno autonómico ha expresado su postura, pero no ha abolido la libertad de expresión. Tenemos derecho a ver las cosas de otra manera, a buscar otras fuentes que las que nos sirven los medios oficiales y desde luego a rechazar las unanimidades forzadas.

Por otra parte, Culla afirma hay «algunos analistas y opinadores de aquí» para quienes «el hecho de que las repúblicas secesionistas de Donetsk y Lugansk invocaran, en el desencadenamiento de la crisis, el “derecho a la autodeterminación” desacredita e inutiliza completamente ese derecho a ojos de la Europa democrática». 

Pase lo que pase al norte del mar Negro, los estados que constituyen la UE no van a aplicar nunca derechos de autodeterminación en sus respectivos territorios, porque eso implicaría una desestabilización de imprevisibles consecuencias; personalidad propia y derechos históricos pueden ser alegados tanto por Cataluña como por Baviera, el Véneto, Normandía o el Tirol. 

Además, el interés por convocar referendos ha desaparecido, pues el electorado siempre acaba votando en sentido contrario a lo que Bruselas espera; después del no de Francia y Holanda al “Tratado por el que se establece una Constitución para Europa”, sólo ha faltado el Brexit para que no quieran oir hablar de iniciativas plebiscitarias durante mucho tiempo.

Autodeterminación para todo el mundo

Al argumentar en contra de la secesión de Donetsk y Lugansk, el historiador afirma: «La teoría según la cual una parte del territorio de una vieja nación histórica, si por causa de los movimientos migratorios contemporáneos adquiere una particular coloración lingüística e identitaria, tiene derecho a separarse y “autodeterminarse”, los que la han defendido son los ideólogos y propagandistas de Tabarnia». 

Lo de Tabarnia fue una broma, que no puede compararse con el control de territorios en Ucrania promovido por el gobierno ruso; pero queda pendiente de respuesta la cuestión que se plantearía aquí si una parte del territorio, pongamos la provincia de Barcelona, adoptara mayoritariamente una postura contraria a la de las otras tres. 

Para Culla debería prevalecer la unidad del Principado de Cataluña consagrada por siglos de historia; pero no es ésta la opinión de todo el independentismo. En Vilaweb, el pasado 23 de febrero, Vicent Partal afirmaba nítidamente lo contrario. Una de sus Diez preguntas desde el independentismo era: «¿Donetsk y Lugansk tienen el derecho de proclamarse independientes?» La respuesta: «Sí. Todo el mundo tiene derecho a proclamarse independiente. Cualquier comunidad humana que quiera constituir un estado propio debería poder hacerlo.» Donetsk, Lugansk y se supone que también Tabarnia, si llegase a existir.

Si bien es cierto que seguidamente Partal entiende que «Ucrania tiene el derecho de reivindicar su territorio y negar esa independencia», «la cuestión clave, sin embargo, es saber si hay un “pueblo de Donetsk y Lugansk”, diferenciado del pueblo ruso y que quiere constituir un estado propio o si, en realidad —y yo creo que ocurre esto—, hablamos más bien de una población rusa que ha quedado en Ucrania, por lo que las proclamaciones de independencia sólo son un instrumento para cambiar las fronteras reconocidas entre Rusia y Ucrania».

La recomposición de la frontera entre Rusia y Ucrania sería un buen final para esta guerra, pero la autodeterminación de «cualquier comunidad humana» en cualquier lugar y momento provoca mucha incertidumbre. ¿Qué pasaría si un conjunto significativo de ciudadanos catalanes se organizaran para rechazar la autoridad de la Generalitat? ¿O qué pasaría, por ejemplo, si los marroquíes residentes en España, legalmente unos 950.000 en 2020, deciden autodeterminarse y reclamar leyes propias y quién sabe si un territorio exclusivo?

La enorme humanidad de Cataluña

En el Parlamento de Cataluña, «la consejera de Gobierno Abierto y Acción Exterior, Victòria Alsina», informa el Nacional el miércoles 9, se felicita por «la manera como Catalunya está ayudando a Ucrania en medio de la crisis causada por la invasión rusa del país (…) Decimos “no a la guerra”, y lo hacemos con mentalidad de estado, con profesionalidad, sin sobreactuar y haciendo todo el que podemos». 

Pues ya que lo dice, hay que reconocer que sobreactuación la hay y la seguirá habiendo. Como la del presidente Aragonès en el artículo mencionado al principio, en el que afirma que «Catalunya volverá a demostrar su enorme solidaridad, su enorme humanidad, acogiendo a todo el mundo que huya de una guerra que no quiere a nadie». Y sin reparar en gastos. Como cualquier político cuando aprovecha la ocasión para ponerse espléndido, se ofenderá si le recuerdan que Cataluña no ha empezado esta guerra ni la va a acabar, y que aquí no cabe todo el mundo que necesita auxilio.

Victòria Alsina ha seguido afirmando que «el Govern apuesta por la diplomacia, por el multilateralismo, da apoyo a la UE en las sanciones duras y en la posibilidad de incorporar Ucrania». Dejando de lado el hecho que la incorpración de Ucrania a la UE forma más bien parte del problema que origina la guerra que de su solución, hay que ver cómo el independentismo ha pasado de aspirar a que Cataluña se convierta en un «Estado de derecho, independiente, democrático y social integrado en la Unión Europea» a pedir que, por favor, primero Ucrania.

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