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JxCAT lucha por sobrevivir a Puigdemont

La nueva cúpula de Junts.

En Argelers de la Marenda (nombre oficial en francés: Argelès-sur-Mer), el sábado 4 de junio, se han reunido los militantes de JxCat para renovar sus cargos. El mismo partido informa: «La presidenta Laura Borràs y el secretario general Jordi Turull encabezarán la nueva dirección de Junts per Catalunya (…) Con un censo de 6.010 militantes, la candidatura fue votada con: presidencia con un 37,62% de los votos, la secretaría general con un 33,51% y la ejecutiva con un 32,89%.» Grosso modo, pues, sólo participó una tercera parte de la militancia.

Muy esperada y aplaudida fue la intervención de Carles Puigdemont, a quien llaman el «presidente legítimo de Cataluña», calificando así implícitamente de ilegítimo a quien preside el gobierno en el que JxCat tienen siete carteras. No sufren lo más mínimo por esta contradicción, ni Pere Aragonès les va a reconvenir. La de los independentistas es una unidad de destino en el reproche.

En su discurso, Puigdemont «ha reafirmado la importancia de Junts per Catalunya para culminar el proceso de independencia», como es lógico, y «ha puesto en valor el trabajo que se hace desde el exilio», que es «donde preservamos muchas de las cosas que España quisiera liquidadas». Como de costumbre, «ha cargado contra un estado español corrupto que espía a políticos y activistas y que menosprecia a los catalanes». En cuanto al gobierno español, «no importa si es de derechas o de izquierdas: es un gobierno que miente e incumple sistemáticamente». Y «los jueces españoles parecen parlamentarios de Vox». 

Por la confrontación, todavía

El editorial de la Vanguardia del domingo 5 habla de esta nueva etapa en Junts per Catalunya, «no exenta de interrogantes». El partido «necesita dar una nueva imagen a un año de las municipales» —para las que aún no tiene candidato a la alcaldía de Barcelona, tras la retirada de Elsa Artadi—. Asimismo, «decidir si mantiene su alianza con ERC» en el gobierno de la Generalitat, por un lado, y «el pacto con el PSC en la Diputación de Barcelona», por otro —pero si un partido renuncia a pactar con los que le son más afines pierde poder e influcencia—. «Y si ratifica su oposición a la mesa de diálogo y la apuesta por la confrontación» —son dos cuestiones distintas: es posible denunciar el escaso avance de un diálogo sin utilizarlo como pretexto para ir a quemar contenedores—.

También recuerda que «al congreso se llegó con un acuerdo cerrado sobre el reparto de cargos y una lista única para la ejecutiva y para los órganos del partido» —con lo que pocas sorpresas se iban a producir—. Ha habido «un reparto salomónico para que una candidatura de síntesis permita una cohabitación que aúne las diferentes corrientes y acabe con las pugnas entre facciones que el partido ha vivido desde su nacimiento». Se habla mucho del reparto de poder, pero estaría bien saber cuáles son esas facciones, qué representa cada una, en qué se diferencian a nivel ideológico.

Siempre con espíritu constructivo, el editorial concluye que «las turbulencias internas y la polifonía no son buenas en política» —aunque sería más acertado hablar de cacofonía en este caso— y que «quizás ha llegado la hora de que Junts decida entre su alma independentista y de confrontación y la de tradición convergente». El alma independentista siempre formó parte de esta tradición, pero también había un elemental sentido común que le impedía perjudicar los intereses y romper la cohesión de la sociedad. 

Despues de tantos años moviendo los hilos para llevar a una cantidad significativa de gente a un «choque de trenes» de resultado más que previsible, les será difícil superar la tentación de seguir hablando de confrontación, de desafío, de embate democrático, de tumbar el régimen… 

Nadie hace caso de Puigdemont

En opinión de Salvador Sostres, en Abc —Cobarde y derrotado—, el de Puigdemont «fue un discurso histérico, gritado, presentando a España como un Estado demoníaco que odia a los catalanes cuando en realidad ha sido el independentismo el que del modo más letal e insólito ha destruido el progreso, el bienestar y la convivencia de los catalanes». 

Este discurso significa «el adiós de un Puigdemont desnortado, desahuciado e ignorado en la práctica por la inmensa mayoría de los catalanes —muchos de ellos, de su propio partido—». A partir de ahora sólo le queda «suplicarle piedad a España, como hicieron los que estaban en la cárcel, o morirse de asco en el deprimente Waterloo donde se encuentra, hasta que sea extraditado o se muera. Haga lo que haga, a nadie puede importarle menos».

El mismo Sostres, en el Diari de Girona —Sàdica burla i derrota—, amplía su visión del tema:

«El huido fundó Junts para exprimir los réditos de una declaración de independencia que nunca defendió y ayer volvió a abandonar a sus acólitos tras no haber ganado ninguna elección en el Parlamento y haber perdido todas las primarias que su partido ha celebrado. El balance de Puigdemont es fácil: cuando no se ha rendido, ha perdido. Como cualquier fanático, se ha ido quedando solo y en el rincón, y hoy Junts es la tercera fuerza en Cataluña, la quinta (de seis) en el Ayuntamiento de Barcelona, y él, un pobre hombre a quien en la práctica nadie hace caso, ni siquiera los que supuestamente son sus estrechos colaboradores.»

A veces Sostres, más que contar lo que pasa, parece que explica lo que cree que va a pasar o lo que le gustaría que pasase: «El delirio de Puigdemont y su relato catastrófico incitaban más a la compasión que a la revuelta (…) Incluso entre los independentistas, el sentimiento mayoritario que el expresidente en estos momentos despierta es la más absoluta de las indiferencias. JxCat era su último contacto con la realidad, pero le ha acabado pareciendo no lo bastante puro, como tampoco le pareció bastante obediente el PDECat.» 

Críticas al socio de Gobierno

Nació Digital creen necesario ofrecer una Guía para entender qué ha pasado en el congreso de Junts. Consideran una sorpresa que Jordi Turull haya obtenido más votos (1.854) que Laura Borràs (1.776) y que dos dirigentes próximos a Borràs, Aurora Madaula y David Torrents, no hayan llegado al 50% de los votos necesarios, lo que no impedirá que formen parte de la nueva ejecutiva —tenemos unas normas pero, si conviene, nos las saltamos—. Han salido reforzados los «perfiles cercanos a Turull», como David Saldoni o Míriam Nogueras, en detrimento de los cercanos a Borràs, como Jaume Alonso-Cuevillas.

La ponencia política —elaborada entre otros por Francesc de Dalmases, muy próximo a Borràs—, según Nació Digital, apuesta «por la confrontación como vía para superar el diálogo sin perder el tono institucional», es decir la cuadratura del círculo. Puigdemont, dicen, «ha transmitido una energía inédita en los últimos meses, al menos en público», y a partir de ahora «el exilio ya no presidirá el partido pero no desaparecerá». No queda claro si el partido ve esto como una buena noticia. 

Las «referencias críticas al socio de gobierno han sido contundentes (…) ¿Qué futuro le espera al Gobierno en estas circunstancias? Nadie espera una ruptura inminente, pero sí tensiones camino de las municipales (…) De las municipales depende el futuro del partido y, por tanto, también el arranque del tándem Borràs – Turull.» Pues las municipales se presentan complicadas, y el duumvirato, basado en la conveniencia y no en la afinidad, se anuncia tumultuoso.

Un SNP embrionario

Como si fuera un objeto político no identificado, Vicent Partal, el domingo 6 en Vilaweb, afirma que tendremos que conocer a JxCat por sus obras. No hacía falta remitirse al Sermón de la Montaña para descubrir que es importante «ver si los hechos son coherentes con las palabras o no». 

«Tanto Borràs como Turull han marcado un perfil claramente independentista y han abogado por precipitar la confrontación con el Estado español, con la voluntad de alcanzar la independencia tan pronto como sea posible. Las palabras suenan bien, claro…» —como que son las mismas desde tiempo inmemorial: suenan a lo de siempre— «… pero después de todo lo que hemos vivido en estos últimos cinco años, ya no valen mucho por sí solas» —flota una cierta decepción en el ambiente—. 

Partal descubre el Mediterráneo cuando afirma que «Junts es todavía un movimiento convulso, que por un lado viene de la tradición de Convergència y por otro quiere ser una especie de SNP muy embrionario». Embrionario, como dicendo: ya les gustaría. Sólo hay que comparar el libro blanco sobre el futuro independiente de Escocia que preparó el SNP con las hojas de ruta que ofrecieron los procesistas catalanes para percibir que juegan en otra liga.

Más: «Junts no es un partido asentado, no se nos aparece como una máquina electoral y organizativa disciplinada como pueda serlo Esquerra hoy o cómo lo era la vieja Convèrgencia de Jordi Pujol.» Es lo que tiene un partido hecho a medida de un líder que no da la talla, lleno de oportunistas que pasaban por allí y consiguieron un puesto en una lista.

Para Partal, «a Junts se le acaba el tiempo de la indefinición» y «tendrá que elegir si quiere ser coherente con lo que dice o no». Seguramente, aunque con la indefinición y las amenazas tremebundas que caen en saco roto no le ha ido tan mal hasta ahora.

Ilusiones perdidas

En el Nacional, Agustí Colomines —El calador de Junts— intenta sobrepasar las anécdotas e ir al grano:

«Estaría bien hacerse una pregunta para saber si nos encontramos ante un cambio de tendencia en Junts o bien estamos hablando de otra cosa. ¿Dónde se celebrará el próximo congreso de Junts? ¿Tendrá lugar en el exilio o, una vez sustituido Puigdemont, se asumirá la “normalidad” que el mismo president denunció, desde el atril de Argelers, que estaba matando el independentismo?»

Destaca que el desencanto que parece afectar a todo el independentismo —«los 700.000 independentistas que se quedaron en casa el 14-F», es decir el 14 de febrero del 2021, fecha de las últimas elecciones autonómicas—, se manifiesta también en este partido: «Lo importante no es qué alma predomina en Junts, sino por qué en dos años la militancia de Junts ha perdido la ilusión y ya no participa en las consultas internas (…) El sistema de votación ha dado el titular que esperaba una de las partes, la que tradicionalmente dispone de los cargos públicos. La que el independentismo cívico y popular critica por inactividad, dejadez y carencia de proyecto.»

Resulta fácil invocar a un «independentismo cívico y popular» que contrasta con, discrepa de, pero sin embargo sigue votando mayoritariamente a los partidos independentistas realmente existentes. Colomines cree que «si el denominado turullismo no se calma (…) el futuro de Junts es más negro que la cueva de Alí Babá». Afirma que el partido «no tiene alternativa a Laura Borràs, quien todavía es la marca pública del partido y la más apreciada por el electorado después de Puigdemont». Y recomienda «salir del despacho oficial de vez en cuando para dar un paseo por la calle y de este modo saber quién te reconoce y quién no». 

Coincide Colomines con Partal en que «es imposible mantener durante mucho tiempo el relato sobre que el tuyo es el partido de la ruptura, al mismo tiempo que es la nueva Convergència. Este papel ya lo interpreta Esquerra». 

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