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Opinión/ Non plus Oltra

Mónica Oltra

Suele decirse que al fútbol, frente a lo que le sucede a los toros, le falta literatura o, si se quiere, teorización. Y más aún si se trata de descender a cada una de las suertes. Las banderillas, la faena de muleta y por supuesto la estocada (e incluso la espantá, al decir de Rafael Ortega, el gallo y después el divino calvo) han dado lugar a bibliotecas enteras, poesía incluida, y sin embargo el llamado deporte rey, como bien ha explicado Julián García Candau, carece de todo o casi todo, con la notable excepción de Javier Marías, por supuesto. Y no sólo en España.

Si alguien se anima un día a colmar tan lamentable laguna, tendría que dedicar singular atención a eso que se llama los goles en propia puerta o, dicho en términos jurídicos, la autopunición. Porque sirve como metáfora para explicar muchas cosas y, en lo que ahora nos concierne, el triste sino de lo que fue saludado, en términos orteguianos (recuérdese la famosa conferencia de 1914), como la nueva política. Todo se ha ido en un abrir y cerrar de ojos: un suspiro, sí.

Pongámonos en el estado de ánimo de la sociedad española hace diez o doce años, en plena crisis (y no sólo financiera: del régimen de 78 -la casta- se hablaba en términos gravemente acusatorios). Mucha gente, y no sólo de izquierdas, se ilusionó con el 15-M (“no nos representan”, “listas sin imputados”, “fin de los aforamientos” y demás slogans de lo que constituyó una ola de regeneracionismo, casi como la que hace más de cien años lideró Joaquín Costa) y eso acabó dando lugar, en las elecciones europeas de la primavera de 2014, a la irrupción de un partido político que se conoce con el expresivo nombre de Podemos, que en los comicios de 2015 -generales y también territoriales- pareció haberse consolidado. Fueron muchos los españoles, no necesariamente de la izquierda clásica, que se reconocieron en él. Supo capitalizar el cabreo ambiental, si se quiere explicar así.

Podemos (…) en los comicios de 2015 -generales y también territoriales- pareció haberse consolidado. Fueron muchos los españoles, no necesariamente de la izquierda clásica, que se reconocieron en él. Supo capitalizar el cabreo ambiental, si se quiere explicar así.

Hoy, en los inicios del verano de 2022, no se sabe qué queda de ello, si algo. Y entre los motivos está sin duda la compra, hipoteca mediante, del chalet de Galapagar que se hizo tan famoso: resulta que el líder, que tantas diatribas había lanzado, no creía (pese a haberlo dicho) que Vallecas fuera el mejor sitio para vivir. Era una persona como cualquier otra, hecha de barro. Vaya un fiasco. Un gol en propia puerta, dicho sea con toda precisión.

De Ciudadanos cabe decir algo parecido o incluso más crudo. Se habían colado en el Parlamento de Cataluña en 2005 para hacer frente -ya tocaba que alguien lo hiciera- al nacionalismo obligatorio y, en torno a 2015, supieron captar que en la sociedad española el bipartidismo generaba hartazgo, para decirlo con una palabra suave, de manera que, cuando se extendieron por toda la piel de toro (con un programa que, entre otras cosas, incluía la supresión del Senado y del Consejo General del Poder Judicial, arquetipos de instituciones prostituidas en cuanto entregadas a los partidos para que colocasen a sus cuates), cosecharon millones de votos: habían despertado grandes expectativas. Pero, al igual que en el caso anterior, optaron por defraudarlas. En diciembre de 2017 se habían convertido en el primer partido de Cataluña -toda una hazaña- y he aquí que les entró lo que Jorge Valdano, hablando de los Estadios con más leyenda, llama el miedo escénico: todos los líderes salieron huyendo de allí en tropel y corrieron a refugiarse en una Madrid -una auténtica espantá, sí- que pasó a verse como una nueva Canaán, la tierra de promisión. Lo sucedido entre abril y noviembre de 2019 agravó aún más las cosas. Y, ya el remate, en marzo de 2021 no tuvieron mejor ocurrencia que urdir una revuelta palaciega en la región en la que Ninette instaló su tienda con las modas de París y tener casi ultimada otra en Madrid. No se trató sólo de un gol en propia puerta, como el de Galapagar, sino de toda una serie, extendida en el tiempo a lo largo de varios años y con determinación. Diríanse auténticos pichichis, sólo que las redes donde entraba la pelota eran las suyas, no las ajenas.

«De Ciudadanos cabe decir algo parecido o incluso más crudo. Se habían colado en el Parlamento de Cataluña en 2005 para hacer frente (…) al nacionalismo obligatorio (…) habían despertado grandes expectativas. Pero, al igual que en el caso anterior, optaron por defraudarlas».

Ahora, con el asunto de la menor que fue objeto de abusos sexuales estando tutelada en Valencia, hemos vuelto a tener una tercera manifestación del fenómeno. La sociedad está cada vez más sensibilizada con ese tipo de escándalos, muy propios de los colegios de curas (y la Iglesia Católica es la primera que se avergüenza de haberlos estado tapando durante tantos años) aunque no privativos de ellos, porque las habas se cuecen en todas partes, incluyendo las residencias de titularidad pública. Resulta que el marido o ex-marido de una dirigente de Compromís andaba en esos asuntos tan feos, y de hecho ha sido condenado, y he aquí que la buena mujer, puesta ante la tesitura, optó por hacer lo mismo que los denostados obispos, esconder el asunto y así proteger al delincuente y olvidarse de la víctima, cuando no abiertamente ofenderla. Y, lo que es peor, su partido, el pasado sábado 18 -víspera de las elecciones andaluzas-, no sólo no le afea su conducta sino que le organiza una fiesta con baile -de San Vito- para cerrar filas. Luego se ha rectificado (más o menos: en el discurso de despedida ni tan siquiera se hizo el esfuerzo de disimular para dedicar unas palabras de solidaridad con la persona que había sido ofendida), y no ha dado tiempo a someterse al test del pueblo soberano, pero todo apunta a que se ha tratado de otro gol en propia puerta que, por supuesto no quedará impune.

Y es que la sociedad se muestra especialmente implacable, sañuda incluso, cuanto más ilusiones habían comenzado por despertarse. En este caso se junta todo: no sólo se trata de persona imputada de un delito, sino que además el crimen consiste en algo tan espantoso como intentar prevalerse del cargo para echar tierra encima de la conducta impresentable de un familiar tan cercano. Lo que se llama rizar el rizo, más aún si resulta que la protagonista de los hechos se había caracterizado por mostrarse tan implacable como el mismísimo Savonarola cuando los concernidos eran los adversarios. La tormenta perfecta. Non plus Oltra. Valencia no iba a fallar: es la tierra de las flores, de la luz y del amor. Blasco Ibáñez y Sorolla no podían haber nacido en otro sitio. Mediterráneo en estado puro.

Pero no creamos que ese tipo de actuaciones -los autogoles, a veces por toda la escuadra- son monopolio de la nueva política. Si vamos a lo de siempre, tan tedioso y previsible como se nos antoje, resulta inevitable acordarse de la boda de El Escorial, el 5 de septiembre de 2002. El entonces Presidente tuvo la peregrina idea de exhibir que en su entorno estaba, como suele decirse, la mejor de cada casa. Se cuentan con los dedos de la mano los invitados que poco después no ingresaron en prisión, donde, por cierto, algunos siguen veinte años más tarde. El anfitrión tenía fama de austero -ya se sabe, Castilla la Vieja- pero las fotos de ese día se llevaron por delante esa reputación en la que tanto empeño había puesto. Y hasta la fecha.

Pablo Iglesias, el tándem Rivera-Arrimadas, Oltra y (antes y ya entre los clásicos) Aznar: suyas son hazañas en las que no hubiese pensado ni el que asó la manteca. La lista, que podría ampliarse, no puede ser más transversal. Y la reflexión resulta obligada: ¿cómo en sus partidos, donde había tanta gente, incluyendo un ejército de asesores de imagen, nadie lo vio? La respuesta, dicho sea evitando lugares comunes, no exige muchas reflexiones: aunque se trata de organizaciones con democracia interna según el Art. 6 de la Constitución, la realidad es muy otra, porque son criaturas caudillistas y verticales –lo de las primarias para elegir candidatos constituye un paripé-, donde al jefe nadie le discute, ni tan siquiera cuando las decisiones son tan delirantes, ridículas y caricaturescas (contraproducentes, para decirlo claro) como las que se han ido exponiendo. Y de los consultores, ¡qué decir! Hay clientes que se saben bien aquello de que quien paga, manda. Y entre los mismos proveedores ha cundido la voz de que quien lo olvide –quien pretenda tener ideas propias- no va a oler un céntimo más.

«Pablo Iglesias, el tándem Rivera-Arrimadas, Oltra y (antes y ya entre los clásicos) Aznar: suyas son hazañas en las que no hubiese pensado ni el que asó la manteca. La lista, que podría ampliarse, no puede ser más transversal».

Sí, ese tipo de actuaciones esperpénticas no son exclusivas de la nueva política y la surrealista boda de El Escorial (decir que propia de una película de Buñuel es quedarse corto: quizá habría que pensar en una actualización de la inolvidable Cuerda de presos, de 1956, a cargo de Pedro Lazaga, aunque, bien mirado, ninguno como Berlanga), lo pone de relieve groseramente. Pero eso no significa que, a la hora del réquiem por lo que pudo haber sido y no fue –los partidos surgidos de la crisis y que tanto prometían porque supieron captar lo que era una demanda social extendida-, no quepa expresar una reflexión más profunda y nada reconfortante: lo poco que en España duran las ilusiones. En 1812 se aprobó la Constitución de Cádiz, pero dos años más tarde ya estaba aquí de vuelta Fernando VII (el deseado, nada menos). En 1820 el levantamiento de Riego volvió a generar entusiasmos, aunque la cosa duró sólo un trienio. Y lo mismo puede decirse de la gloriosa de 1868 (“¡Viva España con honra”!), con el único consuelo de que el periodo se extendió un poco más, el (mal contado) sexenio. De los júbilos irrefrenables de 14 de abril de 1931 –todos tenemos en la cabeza las fotos de la Puerta del Sol- no hará falta recordar en lo que terminaron un lustro más tarde.

En 1812, 1820, 1868 y 1931 se pensó en efecto que se abría una nueva era, un hasta aquí a una situación que no gustaba. Pero hoy sabemos que lo único que en esas cuatro ocasiones se acabó abriendo fue un paréntesis (un interregno, para decirlo con palabras históricas), con la circunstancia agravante de que lo posterior incluso agravó los males del punto de partida.

Lo de ahora no es idéntico, por muchas razones. Cierto que poco queda de la magia de 1978 (Constitución) y 1986 (incluso en la Comunidad Europea), pero también es verdad -una feliz verdad- que las cosas no han terminado de manera abrupta y manu militari, que era la tradición. El desengaño -la preciosa palabra barroca para lo que hoy se llama desafección- ha venido poco a poco y, si acaso hay que encarnarlo en algo o en alguien, tal vez no sería disparatado poner el foco en la persona de Juan Carlos, el que en su momento fue otro deseado (idolatrado, incluso) que hoy, en la decrepitud de la ancianidad, ha degenerado en un auténtico juguete roto con el que no sabemos qué hacer ni dónde colocar, porque nos recuerda (junto con Jordi Pujol, por supuesto) lo peor de nuestro pasado inmediato. Y desde luego que en el retorno del bipartidismo -algo, por parte, a lo que empuja la ley electoral- hay elementos de discontinuidad, porque el PP y el PSOE de hoy, pese a sus evidentes disfunciones, son distintos, en el sentido de mejores, a lo que eran hace diez o quince años: del susto de 2015-2019, cuando se quedaron con los pensionistas como único apoyo electoral, han aprendido y sólo así se entiende que la sociedad (a diferencia de lo que sucede en Italia o en Francia, por poner dos referencias cercanas) les vaya a dar una segunda oportunidad. Pero, con esos matices y los muchos más que pudieran añadirse, lo cierto es que se ha dejado de hablar del fin de los aforamientos o de la necesidad de que en la gestión pública haya algo más de transparencia.

En eso sí que estamos igual que siempre -igual de mal- y nos cuesta mejorar: el regeneracionismo, (o, dicho en términos del siglo XVIII, el reformismo) está condenado entre nosotros a ser flor de un día: un producto bonito pero fatalmente perecedero, porque nuestro campo de confort debe ser otro –el de siempre-, aunque de vez en cuando digamos que queremos salir de él. O sea, no sólo es que los nuevos políticos, los surgidos a partir de 2011, se hayan metido goles en propia puerta, uno tras otro y de manera imperdonable. Algo adicional debe haber en lo más profundo de nuestra identidad. Igual es que, hablando de las fatalidades del destino, Esquilo llevaba razón. Lo de Oltra, por grave que se antoje, no puede ser un caso aislado.

Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz
Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz
Catedrático de derecho administrativo y abogado.

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