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ANÁLISIS / Pandemia, tensiones geopolíticas e inflación

Negar a la Federación Rusa y a China un papel importante en la escena mundial constituye un completo dislate

El presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin.

Las tasas de inflación en las economías avanzadas han alcanzado en 2021 y 2022 los niveles más elevados en décadas y la emergencia de tensiones geopolíticas latentes entre los grandes bloques mundiales para asegurarse el acceso a recursos claves, como la energía, permite pronosticar que los precios no van a bajar en el futuro inmediato, aunque su crecimiento podría moderarse considerablemente e incluso revertirse si algunos gobiernos, en lugar de azuzar las tensiones, aceptaran volver a la senda del multilateralismo y cesaran en su pretensión de afianzar su hegemonía a toda costa.

Los años de cooperación y búsqueda de entendimiento entre bloques tan dispares como Estados Unidos y la UE, por una parte, Rusia y China, por otra, han terminado abruptamente tras la invasión de Ucrania y dado paso a los horrores y la miseria de la guerra en el corazón de Europa, aunque el deterioro de las relaciones internacionales se remonta bastante más atrás. La inflación economías avanzadas (EA) no se va a curar subiendo los tipos de interés sino limando las tensiones geopolíticas y otorgando un papel protagonista a Rusia y China en el concierto internacional, aunque nos disgusten algunos rasgos de sus instituciones políticas. 

Inflación y fin de la distensión

La inflación en las EA llega tras varias décadas de crecimiento moderado de los precios que habían llevado a la mayoría de los banqueros centrales a creer que se podía compatibilizar un objetivo de inflación de 2%, convertido sin demasiado fundamento en auténtico dogma de buen gobierno de la política monetaria, con crecimientos aceptables de la producción y el empleo. Los flujos de capital hacia países con recursos energéticos y salarios bajos ayudaron a mantener una evolución moderada de los precios en las EA, gracias a las importaciones de bienes procedentes de ‘paraísos’ laborales y medioambientales receptores de esas inversiones, al mismo tiempo que las empresas occidentales allí asentadas y las grandes navieras que transportan los bienes producidos hasta los mercados finales obtienen enormes beneficios para sus accionistas.

La nueva distribución internacional del trabajo se asentó silenciosamente sin ocasionar en principio grandes tensiones sociales en las EA, a pesar de que se creaban menos puestos de trabajo y las clases medias se adelgazaban y aumentaba su dependencia de las cadenas globales de suministro. La UE aprovechó incluso la plácida situación para lanzarse unilateralmente a impulsar la transición ecológica, mientras las emisiones aumentaban en los países donde se producían los bienes que luego se importaban libres de aranceles que gravaran las emisiones realizadas. La situación de calma empezó a cambiar en la pasada década, siendo el triunfo de Trump en las elecciones presidenciales de 2016 un claro síntoma del descontento social existente en algunas áreas de Estados Unidos, aunque detectable también en varios países de la UE donde se ha registrado un notable resurgir del nacionalismo más primario en la esfera de las relaciones internacionales: nosotros primero. 

Las tensiones geopolíticas surgidas tras la anexión de Crimea en 2014 se han agravado en los últimos años por el deseo de reforzar la presencia y capacidad disuasoria y operativa de la OTAN en países de la UE limítrofes con Rusia, siguiendo un patrón muy similar al enfrentamiento vivido en Europa durante los años de guerra fría. El comunicado publicado tras la cumbre celebrada por la organización en Bruselas el 14 junio de 2021 ofrece pocas dudas sobre su diagnóstico de la situación mundial: “las acciones agresivas de Rusia constituyen una amenaza a la seguridad Euro-Atlántica… y la influencia creciente y las políticas internacionales de China presentan retos que debemos afrontar juntos como una Alianza”. En cuanto a las propuestas, la organización aboga por “incrementar el diálogo y la cooperación práctica con los actuales socios, incluyendo la Unión Europea, países aspirantes y nuestros socios en la región Asia Pacífico” (subrayado mío). No deja de ser una anécdota significativa que el comunicado esté disponible en inglés, francés, ruso y ucraniano.

Así que a las dificultades ocasionadas por los cuellos de botella y las disrupciones en la producción a consecuencia de la pandemia se sumaron las tensiones geopolíticas a las que no son ajenas la estrategia de la OTAN de cerrar filas, ampliar sus miembros en áreas sensibles y reforzar sus capacidades militares operativas para hacer frente a las ‘amenazas’ rusa y china, en Europa y en el Pacífico, respectivamente, que según la Alianza ponen en peligro “el orden internacional basado en el imperio de la ley y buscan socavar la democracia en todo el planeta”. Estamos ante un claro abandono del multilateralismo prevalente desde la descomposición de la Unión Soviética en 1989, ante en un intento perverso y probablemente inútil de imponer una hegemonía que ignora aspectos decisivos de la realidad política y económica: la enorme extensión y reservas minerales de Rusia y el imponente potencial humano y económico de China. Es un hecho indiscutible que la Federación Rusa y la República Popular China constituyen en conjunto una potencia humana y económica de primer orden y que se ha de contar con ellos (no ir contra ellos) si queremos resolver pacíficamente las diferencias territoriales y combatir problemas de orden planetario como el cambio climático. 

Tensiones geopolíticas e inflación

De momento, la estrategia de primar el enfrentamiento con Rusia sólo ha producido una guerra devastadora en el corazón de Europa y fuertes alzas de precios de bienes energéticos y alimentos en toda Europa a causa de las escaseces provocadas por las tensiones territoriales que culminaron en la invasión de Ucrania. Una de las consecuencias más visibles de esta estrategia de renovada confrontación de bloques ha sido la reducción por parte de la UE de las importaciones de gas natural (GN) ruso que, como puede apreciarse en el Gráfico 1, permanecieron más o menos estabilizadas durante el primer semestre de 2021, pero mostraron una fuerte tendencia a disminuir en el segundo semestre, coincidiendo con la recuperación de la actividad económica en las economías europeas a medida que se levantaban las restricciones por la pandemia. 

Gráfico 1. Importaciones de la UE de GN ruso 2019-2022

(En millones de metros cúbicos)

Fuente: International Energy Agency.

La reducción de las importaciones de GN ruso se explica en parte por la tensión creciente entre la Federación Rusa y Ucrania y la consiguiente reducción de los flujos a través de los gasoductos que atraviesan Ucrania. Aunque Putin y Zelenski acordaron en mayo de 2019, con Merkel y Macron haciendo el papel de intermediarios y testigos, implementar un alto el fuego antes de finalizar el año para poner fin a las hostilidades que habían causado ya 13.000 muertos en el este del país, las relaciones entre ambos países siguieron siendo muy tensas. Y si bien el 30 de diciembre de 2019, Rusia y Ucrania firmaron un acuerdo en Viena que ponía fin a algunos de los contenciosos abiertos entre Gazprom, la empresa estatal rusa, y las empresas ucranianas GTSOU y Naftogaz, el acuerdo reducía sustancialmente el tránsito de GN ruso a la UE por territorio ucraniano.

El Gráfico 2 muestra que los flujos acordados en 2019, 60 mil millones de m3 en 2020 y 45 mil millones m3 entre 2021 y 2024, son claramente inferiores a las cifras suministradas incluso en 2014, cuando Rusia se anexionó la península de Crimea y la incorporó a la Federación tras celebrar un referéndum. 

Gráfico 2. Flujos de gas natural ruso a la UE a través de Ucrania

(En miles de millones de metros cúbicos)

Fuente: S&P Global

Gráfico 3. Precios del gas natural en los principales mercados europeos en 2021-2022

Fuente: FMI, procedente de Bloomberg Finance L.P.

Si bien la reducción de los volúmenes importados de Rusia no tuvo un impacto apreciable en los precios del GN en 2020, por la caída de la actividad en la UE a causa de la pandemia, el Gráfico 3 muestra con claridad que los efectos sí se dejaron sentir con fuerza en 2021, cuando las economías empezaron a recuperar la actividad gracias a la puesta en marcha de procesos de vacunación masiva que redujeron la gravedad de las infecciones y posibilitaron levantar gradualmente las restricciones impuestas. En el gráfico pueden observarse dos picos muy notables en octubre y diciembre de 2021, esto es, bastante antes de que Rusia invadiera Ucrania el 24 de febrero de 2022 y la UE impusiera nuevas sanciones y empezara a limitar las compras de bienes energéticos en represalia.

La disminución de las importaciones de GN ruso a través de Ucrania y las subsiguientes alzas del precio en los mercados europeos no puede achacarse a la invasión de Ucrania sino a las tensiones geopolíticas azuzadas por países terceros, interesados en romper los vínculos económicos y diplomáticos y elevar el nivel de la confrontación entre la UE y Rusia. Sólo el tercer y más agudo pico que aparece en el Gráfico 3, a comienzos de marzo, fue fruto de las tensiones registradas en los mercados por el inicio de la invasión de Ucrania, aunque como puede observarse los precios volvieron en pocos días a niveles similares a los alcanzados entre octubre y diciembre del año anterior. La última subida del precio detectable en el gráfico se sitúa ya en junio de 2022 y es fruto, por una parte, de la decisión de Ucrania de reducir en un tercio el flujo de GN destinado a la UE, para reducir los ingresos obtenidos por Rusia, y, por otra parte, del temor a un posible corte total de los suministros en represalia por las sanciones adoptadas por la UE contra Rusia.

Costes del conflicto

Se podría argumentar que los países de la UE pecaron de buena voluntad o exceso de confianza al adquirir una fracción muy elevada de GN, petróleo y carbón comprando de su proveedor más cercano y económico, Rusia, pese a los recelos que podían suscitar las poco edificantes políticas de Putin y su entorno político-empresarial. Y el gobierno ruso podría contraargumentar que los gobiernos de los países de la UE explotaron sin demasiados escrúpulos la beneficiosa relación comercial, evitando cuidadosamente reconocer a Rusia como un igual entre pares, e incluso que la UE intentó debilitarla desde el flanco ucraniano alentando las manifestaciones en Maidán que terminaron con el derrocamiento del presidente Yanukovich, elegido democráticamente en 2010.

Resulta harto llamativo, por ejemplo, que la solicitud de la Federación Rusa a la OCDE quedara en suspenso en 2014, en tanto que la organización para el desarrollo anunciara la intención de “responder positivamente a la petición de Ucrania para reforzar los ya existentes lazos de cooperación OCDE-Ucrania”. O que Rusia fuera excluida del G-8, asimismo en 2014, y el intento de Trump de invitarla a participar en la reunión de 2020 fuera vetado por Canadá y Reino Unido. E incluso más sorprendente resulta que Ucrania acabe de convertirse en país asociado de la Oficina Internacional de Energía (IEA) mientras Rusia, uno de los principales productores de energía, esté marginada. 

Sea como fuere, el hecho indiscutible es que el abandono progresivo del multilateralismo a partir de 2014 nos ha devuelto a un escenario donde el principal objetivo de cada actor es causar el mayor daño posible al adversario. Las consecuencias son muy negativas para todos los europeos, empezando por los ucranianos, los más perjudicados por las tensiones y la guerra, pasando por los rusos inmersos en una guerra costosa y sujetos a severas sanciones, y terminando por los ciudadanos de la UE, cuyo bienestar y competitividad están amenazados por el aumento de la inflación y la reducción del crecimiento. Si persistimos en la senda de la confrontación, los países de la UE tendrán que comprar los productos que antes adquirían en Rusia a precios bastante más elevados, dar por amortizadas las inversiones realizadas en gasoductos para transportarlos, y realizar inversiones muy cuantiosas para sustituirlos por otras fuentes de energía. El daño resultará sustancial y duradero y perjudicará, además de los bolsillos de los ciudadanos de a pie, la competitividad de las empresas europeas.

Pero lo peor del caso es que esta guerra económica ni va a servir para poner fin a la catástrofe humanitaria y a la devastación causadas por la guerra en Ucrania, ni tampoco va a servir para hacer caer al gobierno de Putin ni instaurar un gobierno más democrático en Rusia. De momento, los ingresos por las ventas de gas y petróleo entre marzo y julio de 2022 duplican, según la propia IEA, la media de ingresos obtenidos por Rusia en idéntico período en años anteriores, porque la subida de precios más que ha compensado la reducción de las cantidades exportadas.  Negar a la Federación Rusa, con su vasta extensión territorial, ingentes recursos minerales y poderío militar, y a la República Popular China, convertida gracias a las inversiones de los países avanzados en una potencia económica de primer orden, un papel importante en la escena mundial constituye un completo dislate condenado al fracaso.

La historia abunda en ejemplos donde su curso lo intentaron dictar imperios o naciones que pretendían alcanzar una hegemonía indiscutible e indiscutida con resultados generalmente desastrosos ya que acabaron siempre perdiendo el envite. Pero sabido es también que la ambición y la ensoñación son drogas más poderosas que la prudencia y la sabiduría, y la tentación de los gobernantes a recurrir a la amenaza exterior para aglutinar voluntades y enmascarar el fracaso de sus propias políticas, constituye un recurso casi irresistible para quienes nos gobiernan. Muchos tal vez recuerden todavía el fabuloso bulo de las armas de destrucción masiva con las que Hussein amenazaba a medio mundo, un engaño perpetrado por el gobierno de Estados Unidos y secundado por los gobiernos del Reino Unido, España, entre otros, que costó cientos de miles de víctimas inocentes.

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