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Ecos Independentistas/ Igualdad y Feminismos, ese departamento

Fuente: Igualtat i Feminismes

La existencia del departamento de Igualdad y Feminismos, en manos de ERC, pasa fácilmente desapercibida. Hay que escarbar en su web para encontrar algunas de las hazañas que consigue. Por ejemplo, en 2021 tramita 429 tarjetas sanitarias con el nombre sentido de personas trans* —poner un asterisco al lado del término trans, al parecer, es lo último en ideología de género—. El «nombre sentido» debe ser lo que antes se llamaba un pseudónimo. De esas 429 tarjetas, 260 son para adultos y 169 para menores de edad.

Lo más gracioso es que «las personas trans» que solicitan este trámite todavía no han realizado el cambio de nombre registral (a través del Registro Civil), pero con esta gestión pueden cambiar el nombre de su tarjeta sanitaria por su nombre sentido, gracias a un acuerdo con el Departamento de Salud», con lo que resulta un trámite burocrático superfluo, pues a esas personas no les ahorrará el paso por el Registro Civil si persisten en cambiarse el nombre, es decir si quieren cambiárselo de verdad.

«El cambio sólo requiere la voluntad de la persona, garantizando el derecho de las personas trans* a poder realizarlo sin la necesidad de un diagnóstico médico», con lo que el capricho de un menor de edad, consentido por sus progenitores y sin pasar por consulta, será suficiente para proporcionarle una tarjeta sanitaria nueva. Esta prestación se ha ido incrementando desde que empezó, en 2015, y ya suman 1.386 las tarjetas que se han renovado.

Mujeres y personas gestantes

En febrero de este año presentaron un nuevo modelo de centros de nacimientos con el que «todas las mujeres y personas gestantes» —no concretan por qué procedimiento alguien que no es mujer puede gestar y dar a luz— podrán gozar del «derecho a un parto respetado» y se conseguirá «erradicar la violencia obstétrica». No queda claro qué es esto último, pero sí que tienen mas probabilidades de sufrirla «las mujeres migradas, las mujeres racializadas, las mujeres lesbianas, las mujeres jóvenes y las mujeres con diversidad funcional».

En tan significativa fecha como el 8 de marzo, ese día que fue de la mujer trabajadora y ahora es un cajón de sastre de causas erráticas, anunciaron que investigaban una cadena multinacional de moda que sólo ofrece tallas pequeñas (XS/S), pero no mencionan cuál, con lo que el efecto ejemplarizante que pretendían queda en nada. Y no la mencionan, probablemente, porque esa cadena tiene tanto derecho a especializarse en tallas pequeñas como otra en ofrecer sólo tallas por encima de XL. Allá cada cual con su modelo de negocio y su segmento de clientes.

Pero el departamento de Igualdad y Feminismos aprovecha la anécdota para soltar su parrafada pretendidamente moralizadora: «La presión estética que viven constantemente las mujeres debe dejar de ser normal, provocando una insatisfacción permanente con el cuerpo a lo largo de toda la vida. No es normal que las mujeres sean continuamente juzgadas por su apariencia física y que se impongan unos ideales de belleza sobre cuáles son los cuerpos aceptados y deseados. Tampoco puede ser normal que se haga sentir angustia a las mujeres si engordan o envejecen, o que dejen de hacer deporte o de ir a la playa porque les da vergüenza enseñar el cuerpo. Toda esta presión refuerza los estereotipos de género y afecta a la autoestima.»

Pasan por alto que los ideales de belleza son aplicados y la inquisición constante ejercida por las mismas mujeres, pues los hombres son más bien simples y predecibles en sus gustos y no entran al detalle. Pero no importa, mediante abstracciones mal definidas, como el «patriarcado», la «heteronormatividad» o la «familia tradicional», la culpa siempre será de los hombres y de las mujeres que rechazan toda esta sarta de sandeces y quieren ser libres para tomar sus propias decisiones, en cuestión de estética también.

Expertas en presión estética

El 28 de abril hay una reunión de «expertas en presión estética» — como siempre, expertas autoproclamadas y sólo reconocidas por la administración que subvenciona sus discutibles actividades— para hablar de un plan para erradicarla. Se trata de «dar una respuesta política a la violencia de los cánones estéticos que producen y perpetúan los estereotipos y discriminaciones de género, raciales y capacitistas, a fin de erradicar esta violencia» e «incrementar la conciencia social sobre el impacto de la presión estética en el bienestar físico y emocional a lo largo de todo el ciclo vital de las personas, especialmente el de las mujeres».

El 16 de mayo anuncian la primera distribución de productos menstruales reutilitzables y medioambientalmente sostenibles, acompañada de «sesiones de educación menstrual a cargo de comadronas, que llegarán a más de 2.600 alumnos, tanto chicos como chicas».

El 20 de julio impulsan un ciclo de formaciones para combatir los rumores que ponen en peligro la convivencia, algo que todo régimen totalitario intenta conseguir sin éxito. Son sesiones «dirigidas a personal de los entes locales, especialmente a responsables de comunicación y prensa, de mediación y de cualquier área en la que se tenga contacto con vecinas y vecinos», es decir a funcionarios municipales, con el objetivo de «combatir la desinformación y rumorología que alimenta los discursos de odio contra determinados colectivos o sectores de la sociedad», «hacer frente a la contaminación informativa» e «incorporar una perspectiva de trabajo comunitario en el abordaje de la convivencia en la diversidad». O sea, insistir en lo que ya se hace: desmentir la realidad y sostener, siempre que se produce un incidente, que se trata de un «hecho aislado». La mejor manera de combatir los rumores, erróneos o malintencionados, es la libertad de expresión y de información; la censura, a la larga, cae por su propio peso.

La sexualización de las mujeres

La ocurrencia más reciente ha sido, el 23 de agosto, esa rara campaña de promoción del topless (tweet): «La sexualización de las mujeres» —a saber qué significa eso— «empieza de pequeñas y nos acompaña toda la vida. Que tengamos que cubrirnos los pechos en algunos espacios es una muestra. Es también discriminación. En el día mundial del topless» —hay días mundiales para cualquier cosa— «reivindicamos la liberación de nuestros cuerpos.»

«Que tengamos que cubrirnos los pechos», pues, dice el gobierno, no es un pudor ancestral, no es una costumbre, no es una norma de conducta; es «discriminación». Siempre el mismo truco: aplicar una palabra de connotación negativa a lo que hasta ahora era natural, para orientar a los ciudadanos en la dirección que se pretende.

Como dice Josep Martí Blanch en el Confidencial: «Nada por el momento sobre los matrimonios forzados, las niñas obligadas a dejar de estudiar con la primera menstruación, la prohibición de trabajar a las mujeres entre según qué colectivos o los velos y burkinis adoptados, no por voluntad, sino por imposición. Estos problemas no existen en la cabeza de Tània Verge [la consejera de Igualdad y Feminismos] o de Pere Aragonès. Para ellos, tan modernos, tan revolucionarios, el problema es el sostén. Como si viviésemos dentro de una película de Andrés Pajares y Fernando Esteso. Pero que viva la revolución. La revolución de la idiotez institucional catalana.»

Y Salvador Sostres en el Diari de GironaVam ser expulsats—, remitiéndose al pecado original, sentencia: «No hace falta creer en Dios, pero hay que saber entender sus enseñanzas, y hay que saber entender el alma, porque si no las abstracciones supuestamente progresistas acaban haciéndonos perder un tiempo terrible a cambio de nada (descontando los cadáveres). Nos tapamos porque la hicimos muy gorda. Eva haciéndose la tentadora, y Adam cayendo de cuatro patas como un bobo. Esta historia es la que siempre se ha repetido y la que todavía hoy marca nuestros días, por mucho que quiera experimentarse socialmente con disparates como decir que los niños tienen vulva —y al revés—, que no sólo no nos han llevado a ninguna parte sino que han hecho un daño terrible a personas demasiado débiles y desorientadas que siguiendo el curso de estas sandeces se han desgraciado la vida.»

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