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ECOS INDEPENDENTISTAS / Saltémonos la ley, pero tú primero

La ANC ya publica en la web de Consum Estratègic la orden de cierre.

El independentismo, o lo que queda de él, es como un profeta que promete a sus seguidores que pronto, muy pronto, hará un milagro, pero nunca llega el día que lo haga. De vez en cuando, hasta los más fieles pueden darse cuenta de que la fe no mueve montañas y de que el profeta no tiene capacidad de obrar el milagro y ni siquiera tiene ases en la manga. Un ejemplo entre tantos: la ANC mantenía una web, Consum estratègic, cuyo cierre acaba de ordenar el juzgado a resultas de un pleito iniciado hace tiempo por la patronal Foment. Y ¿qué ha hecho la ANC? Pues lo mismo que cualquier hijo de vecino: acatar la orden judicial y seguir pleiteando hasta donde pueda. 

O sea que, como se le reprochó a la presidenta Dolors Feliu en el programa de RTVE “Cafè d’idees”, la ANC acata la legalidad mientras pide a los partidos que se la salten. Como es habitual en ella, contestó sin decir nada. El hecho es que de actuar al margen de la legalidad española, que es en definitiva el mandato del 1 de octubre, se habla, se comenta, se discute, pero nadie está por la labor. Muchos hacen proclamas épicas, pero nadie quiere jugarse la vida ni la hacienda intentando aproximar sus palabras a su conducta. La frustración que esta contradicción genera en sus seguidores es tan previsible como creciente.

Una lista de morosos

Como dice Salvador Sostres en el Diari de Girona el 20 de octubre — La realitat—: «Hoy en Cataluña nadie está contento pero nadie sabe qué hacer. Hay una frustración, existe una impotencia (…) Tenemos problemas, queremos soluciones que no existen, y las que existen y son reales no las queremos, porque la realidad no nos gusta.»

El día siguiente, Sostres, hablando de asuntos concretos, de la breve detención de un hijo de Joan Laporta y de la primero anunciada y luego desmentida contratación por el Barça de Joan M. Piqué —Tothom ho sabrà—, apunta esta reflexión: 

«Hay una lista de gente en Cataluña que lleva muchos años encaramada a un cargo por su militancia. Muchos salvadores de la patria que llevan años diciendo que sirven a un país que no sólo no han mejorado sino que lo han hundido con su manera de pensar y su incompetencia técnica, profesional y moral. Hay una generación de caraduras que yo creo que deberíamos poner en una lista de morosos —de morosidad “nacional”— y obligarles a trabajar en puestos de beneficencia hasta que devuelvan a Cataluña como mínimo parte de la morterada que han cobrado a cambio de hacernos tanto daño.»

También podríamos llegar a un acuerdo: que no les quiten lo bailado, que se queden con lo percibido, pero que dejen de remar en dirección contraria a los intereses del país que dicen defender. Para percibir la magnitud de la tragedia, sólo hay que ver la declaración de apoyo a Mohamed Saïd Badaoui, cuya expulsión de España ha sido dictada por la Audiencia Nacional «por participar en actividades contrarias a la seguridad nacional o que pueden perjudicar las relaciones de España con otros países, o estar implicados en actividades contrarias al orden público». Dicha declaración ha sido aprobada por los portavoces parlamentarios de ERC, JxCat, CUP y EnComúPodem. Hay que ver con qué facilidad, en según que temas, se puede llegar a un amplio consenso en el Parlamento catalán. 

No fueron a por todas

En Vilaweb, día 16, Joan Ramon Resina habla de hacer el duelo del proceso, como si la aceptación de lo ineluctable pudiera parangonarse con el reconocimiento de un fracaso. 

A buenas horas Resina arguye que «la pretensión de independizar un país desde instituciones orgánicas del estado que lo domina no tiene ningún recorrido y es absurdo empeñarse en ella cuando la prueba ya se ha hecho». Esto dicho en 2016 o 2017, y no desde el campo adversario sino en el mismo centro del independentismo, hubiera roto muchas ilusiones sobre lo que podría dar de sí el desafío planteado por el referéndum y la proclamación del Estado catalán subsiguiente; pero, si alguien lo dijo, no se oyó. 

«Del goteo de sinceridades aflorando entre mentiras hemos aprendido que el gobierno de Junts pel Sí nunca tuvo ninguna intención de romper con España.» Pero a los políticos se los juzga por sus actos, no por lo que les cuentan a sus espejos cuando se van a dormir. ¿Que en el fondo no se lo creían? Pues tal vez, pero ¿qué más da? 

«Por eso no escuchó las insinuaciones de apoyo que le hicieron algunos países, a condición, claro está, de que “fueran a por todas”.» Todo esto ya es un suponer. ¿Cuántos, cuáles, países hicieron insinuaciones en ese sentido? Y ¿qué estaban dispuestos a aportar a la victoria? 

«Cuando representantes de un poder extranjero preguntaron a los líderes del proceso cuántos muertos estaban dispuestos a asumir, nuestros Zelenskis respondieron que los catalanes son gente pacífica. Algo que nadie duda, pero éste no era el sentido de la pregunta, porque si los catalanes son mayormente pacíficos, los españoles no lo son.» Resina parece que sabe muchas cosas de las interioridades diplomáticas, que por definición son opacas y nadie va a confirmar ni a desmentir lo que dice. 

Pero no hace falta profundizar mucho para entender que «los líderes de la revolución de las sonrisas creían que la independencia les caería a los pies por ley universal de simpatía, como le cayó a Newton la manzana que le inspiró la ley de la gravedad». Tal vez el error fue pensar que la cortesía con que los representantes extranjeros escuchaban los argumentos de los líderes del proceso significaba algo, un apoyo encubierto, una promesa de ayuda, y no era así.

Resina reconoce un aspecto poco destacado, que «el proceso fue sustantivamente cosa de gente mayor y que la giovinezza [sic] fue relativamente adjetiva. En las imágenes del Primero de Octubre y de las manifestaciones posteriores, en alguna de las cuales pude participar, la media de edad era notoriamente alta. Da la impresión de que la generación que en la transición votó mayoritariamente por el restablecimiento de la monarquía borbónica no quiere irse de este mundo sin corregir el disparo.» Puede ser una interpretación. También es cierto que a esa generación le han reprochado injustamente que el dictador muriese en la cama y le han contado que la II República española fue una democracia ejemplar. Todo pesa. 

«Quizá sea, simplemente, porque los catalanes son un pueblo envejecido, que arrastra una natalidad negativa de muchas décadas. Y cuando la natalidad es baja, la vitalidad se resiente.» Esto abre un debate, siempre aplazado y siempre políticamente incorrecto, sobre la continuidad biológica de las naciones europeas. La natalidad en Europa es un desastre, peor en España, y aún peor en Cataluña. 

En este aspecto, ya lo dijo el escritor Joan Perucho en 2003: con «su índice demográfico (el más bajo del mundo) (…) Cataluña practica un meticuloso suicidio colectivo». ¿Sería el proceso el canto del cisne de un antiguo pueblo que en el fondo, aunque no en los discursos públicos, percibe la inminencia del final? Ya ha dejado dicho Éric Zemmour que «los independentistas catalanes llegan demasiado tarde en una Europa demasiado vieja.»

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