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ECOS INDEPENDENTISTAS | Las encuestas coinciden: el independentismo retrocede

Concentración separatista.

La tendencia a la baja de las opciones independentistas, lenta pero constante, se detecta de nuevo en las últimas encuestas. Tanto la del CIS como la del CEO anuncian «fuertes bajadas de voto a ERC, Junts y la CUP». Vilaweb habla de pérdida de confianza, un eufemismo; pero subraya que «esta pérdida de confianza, que puede traducirse en abstención o en votos a otros partidos, no altera el apoyo a la independencia, que sigue siendo muy alto».

Según el CIS, en porcentajes de ámbito español, «el voto a los partidos independentistas bajaría del 6,7% al 3,9%, un descenso espectacular de 2,8 puntos, que empieza a hacer pensar en la posibilidad de que los tres partidos sumados tengan la mitad de votos que en 2019». Aunque luego el reparto de escaños no refleje un descenso tan grande, a nadie le escapa que el desencanto está erosionando el apoyo a la secesión. Al cabo de los años, los que desconfiaban del proyecto independentista ha visto confirmados sus temores y se han cargado de razones para seguir oponiéndose. Y los que creyeron en él, ahora se dividen entre los que mantienen la fe a pesar de todos los pesares y los que se sienten defraudados por sus líderes pues el curso de los acontecimientos ha desmentido todos los planes. Para reconciliar los contrarios y mantener viva la llama surgen nuevas iniciativas que se parecen mucho a las viejas.

Superar el desánimo de las bases independentistas

El Món informa de la segunda Conferència Nacional per l’Estat Propi, que dio comienzo el 1 de octubre —la primera fue en 2011 y de ella surgió la Assemblea Nacional Catalana—. Esta vez no se trata de  crear una nueva entidad sino de «generar la catarsis que permita que todos los actores del movimiento, dispersos e incluso enfrentados, se coordinen y repartan el trabajo en lugar de competir». Entonces como ahora, los impulsores se hacen llamar Moviment per la Independència. Ya tienen elaborada una hoja de ruta de 28 páginas y un manifiesto en que reconocen que «la primera etapa de este proceso» acabó en «la celebración del referéndum del 1-O y la posterior declaración de independencia (Parlament de Catalunya. 27/10/2017)».

Sin miedo al tópico de que nunca segundas partes fueron buenas, la misma gente reitera los mismos argumentos: «Por la experiencia secular contrastada, sabemos que la vía de la negociación con España nunca nos llevará a ejercer el derecho de autodeterminación de forma acordada y que, sin una mayoría política y social movilizada en torno a un proyecto compartido, no será posible alcanzar el objetivo de instaurar la República Catalana de forma efectiva en el propio territorio.» Insisten en pedir una estrategia coordinada a todos los partidos con la que «plantear un nuevo embate con garantía de éxito» y  recuedan que «el reconocimiento internacional de la República Catalana sólo será posible después de conseguir el control del propio territorio, demostrando capacidad para asegurar el buen funcionamiento en todos los campos de la actividad social, económica y política». Pero ya sabemos que cualquier intento suyo de controlar el territorio, por breve y pequeño que sea, empeora notablemente funcionamiento de todo el país.

Es algo sorprendente que «nuestro proceso de liberación nacional» se haya «convertido en parte inseparable de un proceso de transformación global que nos permita construir una sociedad plenamente democrática, fundamentada en los valores que deben asegurar la pervivencia de la especie humana en el planeta Tierra: libertad, igualdad, diversidad, equidad, solidaridad, cooperación y sostenibilidad». Quién iba a decir que una secesionilla de nada, vista en perspectiva global, comportaría tantos beneficios a la humanidad entera.

Hablan de «iniciar la segunda etapa del proceso, que nos lleve hasta la instauración definitiva de la República Catalana» —definitiva, como si ya hubiera habido una instauración provisional— y de la necesidad de «superar el desánimo de las bases independentistas», lo que requiere «explicar el conjunto de errores, colectivos y personales, cometidos por los diferentes actores, a partir del año 2014 y, sobre todo, del 2017». Reconocer que ha habido errores es un paso en la buena dirección, sólo falta reconocer que todo esto fue un error.

Si de una manera o de otra no hay pronto un referéndum de autodeterminacion, dicen, «las próximas elecciones autonómicas tendrán que convertirse en elecciones plebiscitarias con un único punto programático: la instauración de la República Catalana derivada de la declaración de independencia del 27 de octubre de 2017 y, como primera consecuencia, el inicio del proceso constituyente». ¿No hemos oído antes esta canción? Exigimos un referéndum; si no es posible, disfrazaremos de plebiscitarias las elecciones autonómicas; si formamos gobierno en la Generalitat, convocaremos un referéndum porque tenemos que contarnos; si nos prohíben hacer el referéndum… Y así ¿hasta cuándo?

Un ejercicio de funambulismo

Los impulsores de esta nueva Conferència Nacional per l’Estat Propi han seguido emitiendo comunicados para perfilar su posición. En el del 12 de noviembre descubren que «los partidos están empeñados en la lucha por la hegemonía política y, en consecuencia, en la imposición de su estrategia, no necesariamente vinculada a la consecución de la independencia» —será porque los partidos independentistas ya han descubierto el límite entre la realidad y el deseo—, pero, en lo que el Món llama «un ejercicio de funambulismo que intenta perfilar una compleja posición respecto a los partidos», añaden: «La independencia no se alcanzará al margen de los partidos». Explicación: «Los resultados electorales de estos últimos 12 años demuestran que existe una masa muy significativa de votantes independentistas que son fieles a unos u otros y sin su apoyo no habrá una mayoría suficiente para instaurar la República Catalana.» Esto parece descartar que aparezca una cuarta opción independentista, como la «lista cívica» que se anunciaba desde la ANC.

Lo que sí dicen es que «los partidos deben dar un paso al lado, cediendo el protagonismo a las otras dos columnas del movimiento por la independencia —sociedad civil y Consell de la República—, que por sus características pueden actuar con mucha más libertad y eficacia, como iremos viendo en los comunicados de las próximas semanas». Esto se puede interpretar como una demanda de protagonismo, que se reflejaría en la presencia de «destacados miembros de la sociedad civil» —es la expresión habitual— en las candidaturas de los partidos, como sucedió en las elecciones llamadas plebiscitarias de septiembre de 2015. En definitiva, nada nuevo bajo el sol.

Los movimientos de masas, que encuadran a la gente que no milita en partidos y que sueñan con volver a organizar las grandes manifestaciones de otro tiempo, siguen siendo los mismos: ANC, que aún no sabe qué quiere ser de mayor, y Òmnium, que prefiere no hacer demasiado ruido mientras tanto. Luego está, en órbita exterior, el Consell per la República, empeñado en tener pleitos y ganarlos ante la justicia europea, y este club de veteranos llamado Moviment per la Independencia que aspira a dar inspiración y consejos, y a reagrupar a todo el mundo. A todo ese mundo, se entiende. ¿Cómo superar el fracaso repitiendo los argumentos y las actuaciones que llevaron a él?

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