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ECOS INDEPENDENTISTAS / Cumbre y despropósitos en Barcelona

Un grupo de jóvenes han quemado ejemplares de la Constitución y la bandera española ante la admiración de los asistentes a la manifestación de la ANC.

El día 19 pasarán cosas, importantes y de las otras. Importantes, las que señala Enric Juliana en la Vanguardia el pasado día 3: Francia y España firmarán un acuerdo de amistad del máximo rango, se trata del «primer tratado de Amistad y Cooperación Reforzada entre ambos países, acuerdo que situará las relaciones de España con el país vecino al mismo nivel de las relaciones de Francia con Alemania e Italia». Y lo harán en Barcelona «por decisión expresa del presidente Pedro Sánchez».

¿Por qué en Barcelona? «El Gobierno español pretende transmitir dos señales: rúbrica simbólica del reciente pacto entre España, Francia y Portugal para la construcción de un corredor de hidrógeno entre los puertos de Barcelona y Marsella, y un mensaje de normalidad institucional en Catalunya.» Por una parte, «dicho en términos geopolíticos: Barcelona, puerto importante para la OTAN»; por otra, «Sánchez pretende demostrar que su política ha permitido desinflamar Catalunya. “El procés ha concluido”, afirmó el presidente español en fecha reciente.» 

Contra los ilusos enterradores

Esto último ha dolido en ambientes independentistas, y ahí empiezan las cosas poco importantes a que estamos tristemente acostumbrados, es decir el lamento y la gesticulación que enturbian el paisaje sin llegar a impedir que la vida siga adelante. El día de Reyes, Carles Puigdemont nos obsequió con este tweet en funciones de convocatoria: «El día 19 unámonos y movilicémonos para defender el país ante unos ilusos enterradores.» Se entiende, ante los enterradores del proceso, quienes lo dan por muerto cuando en realidad —es decir: en la fantasía de sus mantenedores— sigue adelante. Y para que se vea que este muerto está muy vivo, los convocantes habituales, ANC, Òmnium y Consell de la República, según informa Vilaweb el día 8, convocan una manifestación contra la cumbre hispano-francesa.

«La elección [de Barcelona como sede] ha sido interpretada por muchos independentistas como el reflejo de la voluntad de Sánchez de transmitir al mundo la imagen de que el proceso independentista ha sido liquidado. Lo consideran una provocación, una fantasía y una falsedad teniendo en cuenta que no se ha dado ninguna solución política al conflicto, que todavía hay representantes del movimiento en el exilio, y que hay 500 personas pendientes de juicio por causas relacionadas con el referéndum del 1 de octubre y la posterior represión del estado, que ha afectado a más de 4.000 personas.» Del tratado entre Francia y España, del beneficio o perjuicio que reportará a Cataluña ni se habla; de lo que se trata es de aprovechar el momento para reiterar lo de siempre.

El cascarrabias disfrazado de represaliado

Como dice Màrius Carol el mismo día, en la Vanguardia —El vigía de Waterloo: «Barcelona será la anfitriona del encuentro y podrá mostrarse como una gran metrópoli moderna y acogedora, que quiere su protagonismo en la construcción europea», pero «parece tradición que los catalanes siempre perdamos la oportunidad de tener una oportunidad.» 

Hay ahí un eco de la célebre frase de Abba Eban, ministro de Asuntos Exteriores de Israel, en 1973, refiriéndose a los palestinos: «Nunca pierden una oportunidad de perder una oportunidad.» El problema palestino acabará cuando a los que lo han creado, es decir a las potencias árabes, deje de convenirles. El problema creado por los independentistas —no así el llamado problema catalán, que viene de mucho antes y tiene que ver con la vertebración de España— acabará cuando se decidan a dejar de bordear el código, subvertir los procedimientos y manipular las conciencias.

Por el momento, esperan ocasiones propicias para convocar baños de masas que deberían obrar el milagro de encender otra cadena de acontecimientos similar a la que culminó en octubre de 2017. Dice Carol: «Es como si una parte del independentismo viviera con temor a la vuelta a la normalidad y al sosiego. Puigdemont confía en las instituciones europeas para poder regresar un día a Catalunya, pero difícilmente mejorará su situación intentando boicotear una cumbre de dos socios relevantes.»

Salvador Sostres, en su blog el día 6 —Local i bàrbar—, se reía del asunto: «De esta cumbre pocos independentistas tenían noticia y ahora resulta que deben perder un día de trabajo para ir a tocar la pandereta. El independentismo se ha convertido en una actriz en decadencia que contesta a los insultos de los perfiles anónimos de Twitter (…) No hay ninguna catalanidad que en estos momentos sea exportable, ninguna expresión que no sea grosera, no hay nada en nuestra cultura que sea remarcable ni que se justifique más allá del agravio, del exabrupto, del cascarrabias disfrazado de represaliado, de la absoluta carencia de talento convertida en pretendida ofensa contra cualquier indicio de España.»

En definitiva, «no creo que esa movilización que el presidente Puigdemont pide tenga repercusión alguna». Sí, tendrá una cierta repercusión, pues reunirá una cantidad significativa de manifestantes, se producirá algún incidente premeditado, abrirá los noticiarios, y los voceros independentistas lamentarán, de manera muy hipócrita, las restricciones de movimientos que no va a haber más remedio que incrementar por razón de dicha convocatoria.

A la calle saldrá tu tía

Bernat Dedéu, en el Nacional el día 8, reprocha a Puigdemont su pretensión de dirigir el ejército desde Waterloo: «La mayoría de conciudadanos que visitan a Carles Puigdemont en Waterloo vuelven de Bélgica auténticamente aterrorizados, glosando un político que ha perdido el norte, creyéndose todavía capaz de dirigir un ejército de catalanes intrépidos con el fin de proclamar la independencia desde su particular Neverland. Incluso los amigos más íntimos del 130 [NB: Puigdemont es el 130º presidente de la Generalitat, en la desaforada cuenta oficial, que mezcla instituciones de muy distinta naturaleza desde el siglo XIV hasta hoy] te hablan de un hombre excesivamente pasado de fiebre, parapetado en una especie  de Santa Elena desde donde todavía sueña la insurrección de la tribu en las calles del país.»

Pero lo que le reprocha Dedéu no es tanto que siga al pie del cañon virtual sino que no pusiera toda la carne en el asador en el momento mágico de 2017: «Cuando teníamos que protestar, cuando todo el mundo esperaba salir a la calle, fuiste tú, Carles, quien paraste a la gente para irte a comer con amiguis en Girona y después acabar pirándote del país cuando habías prometido quedarte para defender el resultado legítimo de las urnas. Si no te sabe mal, el próximo día 19 a la calle saldrá tu tía.»

Y concluye: «Antes de dirigir el ejército desde Waterloo, Carles, haz un breve repaso a tu currículum insurreccional. No pidas a la gente todo aquello que tú no has tenido el valor de perpetrar. Respétanos y respétate.»

Soberbia y desprecio

Para caldear el ambiente, siempre está a punto Pilar Rahola, que califica el encuentro entre Sánchez y Macron en Barcelona de Tratado de los Pirineos, 2.0, «un auténtico acto de humillación a Catalunya y a sus derechos nacionales», por lo que «tendría que tener una respuesta catalana contundente en la calle». 

Y nos recuerda, en una breve lección de historia, lo que fue aquel tratado, uno más entre los que sirvieron para cerrar la Guerra de los Treinta Años que implicó a toda Europa: «En 1659 Felipe IV de Castilla y Luis XIV de Francia descuartizaron nuestra nación, sin consultar las Cortes Catalanas, a las que les escondieron el pacto hasta 1701, y así perdimos el condado del Rosellón y parte de la Cerdanya. Aunque los territorios cedidos a Francia lucharon durante años por reunificarse con el Principat, Catalunya no ha vuelto a recuperar su integridad territorial.» Cabe recordar que de la reunificación del Principado de Cataluña nunca de habló durante el proceso independentista: el «derecho a decidir» se vindicaba sólo para las cuatro provincias españolas en las que la Generalitat tiene competencia. Si ahora se evoca el Tratado de los Pirineos es para encender los ánimos de los invitados a manifestarse el día 19. Así tenemos: «el imperio pisando la colonia», una cumbre planteada «en términos de soberbia política y de desprecio contra los millones de catalanes que se implicaron en el Primero de Octubre», «un insulto directo a nuestra dignidad, a los millares de represaliados y a la barbarie que sufrimos como pueblo». Más épica, más: «No venimos de cuatro días de revuelta, sino de tres siglos de memoria, resistencia y lucha.»

ERC, en misa y repicando

Para completar el sainete, por una parte el presidente de la Generalitat asistirá a la reunión con Sánchez y Macron, y por otra su partido, ERC, se ha sumado a la convocatoria de protesta. Es decir que los manifestantes de ERC irán a silbar al jefe de gobierno español y al jefe de Estado francés, y estarán codo con codo con otros manifestantes que además silbarán al máximo representante institucional de ERC —y a nadie le escapa que esto es lo que más les pide el cuerpo—.

El día 11, Vicent Partal en Vilasweb —Sobre el cinismo en política— resalta la perplejidad que la jugada provoca en propios y extraños: «Tener el partido manifestándose porque la cumbre es una provocación y participar en la cumbre provocadora, todo a la vez, se explique cómo se explique, nadie lo puede entender.»

Y sospecha —a buenas horas— que los de ERC «han renunciado a tener una ideología, cualquier clase de ideología; que han dejado de pensar en términos de proyecto, de sociedad y ya sólo piensan en preservar el poder, en la gestión de sus prebendas». Cita Andreotti y acusa ERC de estar imitando «la derecha más insensible de la historia de Europa». Como para manifestarse juntos.

Ya dice Rahola que «las entidades no pasan por su momento más excelso, contaminadas todas ellas por el virus de la división tan eficazmente fomentado por el Estado». ¿De verdad hace falta que alguien de fuera fomente la división?

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